Carta a la generación que no estará aquí dentro de veinte años

Publicado originalmente en el European Green Journal el 11 de julio de 2016, y en ctxt.es el 20 de julio de 2016. English version here.

La Unión Europea ha llegado a una encrucijada de caminos. Los desafíos a los que se enfrenta están poniendo en tela de juicio su propio futuro de integración; y en este contexto, las y los jóvenes se han convertido en un factor fundamental. Están jugando un papel determinante en procesos que, en diferentes lugares y para sorpresa de quienes están a cargo del proyecto europeo, están definiendo nuestra sociedad. Y todo hace pensar que seguirán haciéndolo.

El menosprecio electoral histórico que ha padecido la juventud ha tenido como consecuencia una distribución desproporcionada de los costes de la crisis, que ha empujado a las y los jóvenes hacia los verdaderos extremos de la sociedad. Ese padecimiento ha llevado a la indignación, y la indignación a ser parte de procesos de transformación de enorme trascendencia en la Unión Europea. Los/as jóvenes se han convertido en actores esenciales en cambios políticos tanto de regeneración como de inversión democrática, y esto está ocurriendo sin que todavía la sociedad parezca haber tomado consciencia de ello. El horizonte de la Unión Europea no lo conocemos: puede ser de progreso y unidad, o de desintegración. Pero sea cual sea, la necesidad de incluir a la gente joven entre las soluciones a la encrucijada en la que estamos es incuestionable. Porque ya definen el horizonte de la UE; y porque serán ellos quienes, cuando llegue, seguirán aquí.

El derecho a vivir una vida independiente

Las palabras desempleo y juvenil se han repetido insistentemente la una junto a la otra en los últimos tiempos. Y palabras es, seguramente, la mejor manera de resumir la respuesta política que se ha dado a este problema en los últimos años: palabras, y poco más. Una carencia casi total de acción y de políticas sociales junto a unas cifras de presupuesto del todo insuficientes [1] han permitido que el desempleo juvenil a día de hoy alcance todavía un 45,3% en España y un 48,9% en Grecia [2], mientras que en la UE continúa en un 19,4%. Esto significa que, en ambos países, de cada dos personas menores de 25 años buscando activamente un puesto de trabajo solo una de las dos es capaz de encontrarlo. En relación al desempleo total, la tendencia no ha cambiado prácticamente en los últimos veinte años: el desempleo juvenil y el desempleo total se han mantenido prácticamente paralelos, siendo el primero algo más de dos veces el segundo, tanto en España como en la UE.

Para ser capaces de entender la gravedad de la situación a la que se ha llevado a las y los jóvenes en los últimos años, varios datos completan bien el retrato. A nivel laboral, la tasa de desempleo juvenil de larga duración es un buen ejemplo: en España llega al 39,2%, en Grecia o en Italia supera el 50% y alcanza un 33,6% en la Unión Europea [3]. Esto es: más de un tercio de los/as jóvenes de menos de 25 años que buscan un trabajo en la UE llevan más de 12 meses haciéndolo.

Otro dato significativo es el porcentaje de jóvenes trabajadores/as temporales (71,3% en España, 43,6% en la UE [4]), que refleja bien el tipo y la calidad del empleo al que están abocados los/as jóvenes que sí encuentran uno. Y significativo también es el porcentaje real de trabajadores/as jóvenes autónomos en la Unión Europea: solo un 4% de los 19,4 millones de jóvenes que están trabajando [5]. Este porcentaje, que se ha mantenido constante a lo largo de la crisis, transmite las posibilidades de una propuesta que se ha repetido como un mantra (¡emprended!, les dicen; como si de ánimo fuera su problema) y que responsabiliza al individuo de un problema del que las instituciones deberían asumir las responsabilidades.

El desempleo es una parte, la más visible; pero hay otras. La tasa de riesgo de pobreza y de exclusión social también supera largamente al del resto de grupos de edad: En España, un 38,6% de los/as jóvenes entre 18 y 24 años están en riesgo de exclusión o pobreza (un 31,9% en la UE), mientras la tasa total es del 29,2% (24,4% en la UE) [6]. Además, la evolución de estos datos en los últimos diez años ha sido desproporcionadamente negativa para los/as más jóvenes. En 2005 la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social de los jóvenes en España era incluso menor que la total (21,7% para el rango 18-24 años con respecto a 24,3% para el conjunto de grupos de edad). En la UE, mientras que ha disminuido la tasa total desde 2005 (entonces era de un 25,8%), ha aumentado entre las y los jóvenes.

En Europa, particularmente en el sur, se ha empujado a una parte importante de la sociedad a una situación de drama social sin precedentes. Se ha forzado a cientos de miles de jóvenes a dejar España desde 2011 [7], con el coste que prescindir de su talento, motivación y contribución a sostener el Estado de Bienestar va a suponer en el futuro. Se ha arrebatado las perspectivas de futuro a una parte importante de una generación a la que se califica como perdida, y para la que se da por sentado que cuando por fin la crisis haya terminado ya será demasiado tarde. Se les ha quitado el derecho a vivir una vida independiente y a tomar sus propias decisiones, obligándoles a aceptar cualquier empleo, a trabajar a cualquier precio, a estudiar lo que el mercado laboral dictara, a volver al hogar paterno [8]. Y las consecuencias de todo esto se sabe que perdurarán en el largo plazo afectando al desarrollo tanto personal como profesional.

Hombres blancos de 50 años y en corbata

¿Por qué?, nos preguntamos. ¿Por qué a los/as jóvenes? Para entenderlo, las palabras que mejor explican cómo hemos llegado hasta aquí son otras dos: participación y democracia.

Desde el punto de vista de la élite política, la cuestión ha sido clara. Por debajo de los 18 años los/as jóvenes no pueden votar y por encima generalmente no les interesa la política. A lo largo de la historia reciente han sido un sector electoralmente desmovilizado al que la clase política no ha prestado atención: a quienes tienen más de 60 años sí se les atiende. No han sido un grupo cohesionado de electores que se movilizara en torno a unos intereses concretos —a pesar de ser más de 65 millones de votantes de menos de 30 años en la Unión Europea— y a los que los partidos podían apelar con determinadas políticas. En Economía Política son un caso de libro.

De manera que los parlamentos siguen siendo, mayoritariamente, lugares de trabajo de hombres, blancos, de 50 años y en corbata. Concretamente en el Parlamento Europeo la edad media es de 53 años [9]. En el Congreso de los Diputados ha descendido en la XI legislatura gracias al cambio generacional que ha conllevado la entrada de nuevos partidos, situándose en los 47 años [10], siendo la media de edad en España 43 años. Pero la clase política no ha dejado de envejecer [11]. Los parlamentos no reflejan todavía la diversidad de la sociedad que representan —en términos de género, edad, etnia u otros—, y esa falta de voz y de representación tiene como consecuencia que las y los jóvenes hayan asumido una mayor proporción de los costes que ha tenido la crisis, en todas sus vertientes. Efectivamente, no les representaban, y parece que tampoco buscaban hacerlo.

Lo están cambiando todo

Pero inesperadamente se indignaron. De diferentes maneras, en diferentes sitios y con distintos objetivos, las y los jóvenes han reaccionado. A lo largo y ancho de la Unión Europea la gente joven está jugando un papel determinante en procesos que están definiendo el sentido hacia el que camina el proyecto europeo. En direcciones, además, muy desiguales. No tener esto en cuenta es un error de enorme envergadura que ya está teniendo importantes consecuencias.

Uno de esos procesos fue el que se desencadenó entre los meses de mayo y junio de 2011 en diferentes ciudades españolas. Las y los indignados no fueron un movimiento exclusivamente de gente joven sino un grupo diverso en el que se mezclaron personas de todas las edades. Una de sus señas de identidad era, de hecho, esa transversalidad: tanto social, como generacional o ideológica. Pero el papel central que jugaron los y las jóvenes en la conformación y organización del 15M fue de enorme importancia, más allá del cual sus ideas fueron después compartidas de una forma mucho más extensa.

La repercusión que ha tenido este movimiento ha sido de una envergadura que todavía no concebimos completamente. El empoderamiento de tantas y tantos ciudadanos y el descubrimiento de formas no convencionales de participación han tenido como consecuencia un cambio completo en el mapa político de nuestro país como en 2011 no era imaginable. Un cambio de marco discursivo, que confrontó la narrativa de “No hay alternativa” y la reemplazó por otra donde palabras como transparencia, regeneración, participación, bien común o primarias —que no existían en el vocabulario político más allá del de partidos como EQUO, todavía minoritarios— se volvieron imprescindibles. Un cambio total en la agenda política, que pasó a priorizar el rechazo a la corrupción, los desahucios y la austeridad; y que generó plataformas y proyectos políticos y periodísticos, nuevas corrientes en la arquitectura y transformaciones en nuestra forma de consumir y de comunicarnos. El 15M supuso en definitiva un cambio profundo de la realidad política, cuyas repercusiones llegaron a cruzar océanos y pueden seguirse percibiendo incluso 5 años después. En las plazas de París, mientras escribo estas líneas, las y los indignados de Nuit Debout se mantienen en pie ante una clase política que les teme, consciente de lo que protestas ciudadanas semejantes engendraron en España o en Italia hace muy poco tiempo. Les temen; y tienen razón en hacerlo.

Las consecuencias de ese estallido de movilización y participación en que miles de jóvenes se sumergieron transcendieron, por lo tanto, lo estrictamente electoral. Pero tanto en España como en otros países la implicación política de la gente joven está teniendo unas consecuencias extraordinarias, que deben igualmente analizarse.

En España, los partidos que han sabido movilizar a los/as votantes jóvenes han obtenido unos resultados que eran imprevisibles hace solos unos años. La coalición valenciana Compromís fue uno de los primeros en hacerlo: consiguió crecer entre las elecciones generales de 2011 y las de 2015 del 4,8% de los votos al 25,09%, y lo hizo convirtiéndose en la fuerza más votada en la franja de votantes menores de 34 años [12]. Desde 2015 gobierna también en la Comunidad Valenciana, junto al Partido Socialista.

Otro ejemplo es Podemos. Un partido que se crea en los meses previos a las elecciones Europeas de 2014 y cuya vinculación al movimiento de los/as indignados/as de 2011 es indiscutible, ha conseguido convertirse en una opción real de gobierno en España, para desconcierto de los dos partidos que se reparten el poder desde el fin de la dictadura de Franco. El Centro de Investigaciones Sociológicas estima que el 35% de los menores de 35 años votó a Podemos en las elecciones generales de 2015 [13], mientras que las otras tres fuerzas políticas principales obtuvieron en esa franja de edad alrededor del 15% de los votos. La ruptura generacional y su impacto en el cambio de escenario político en nuestro país se percibe incluso en el partido Ciudadanos, segunda opción entre los/as menores de 35 años y fuerza insignificante entre los sectores de más de 54 años.

La gente joven tiene la capacidad de generar verdaderas transformaciones en el mapa político de nuestros países si se moviliza para votar. Así está ocurriendo en España, pero también en muchos otros países. En direcciones muy diferentes.

En Grecia, en las elecciones de junio de 2012, Syriza (que acababa de conformarse como partido) y Aurora Dorada (partido de ideología fascista) alcanzaron un 26,9% y un 6,9% de los votos respectivamente, y lo hicieron convirtiéndose en las primeras fuerzas entre los menores de 35 años. Syriza obtuvo un 37% de los votos entre los menores de 25 años; mientras que Aurora Dorada, que entraba en el parlamento por primera vez, alcanzó un 13% en esa franja de edad y un 16% entre los/as votantes de 25 a 34 años [14]. El Partido Verde de Inglaterra y Gales, que en los últimos años ha experimentado un aumento extraordinario de porcentaje de voto y de influencia, lo ha hecho aumentando el número de afiliados jóvenes de 1.300 en 2013 a 14.000 en 2015 [15]. En Austria, único país de la UE donde se permite el voto a los mayores de 16 años a escala nacional y donde el ascenso del partido xenófobo FPÖ y del Partido Verde se ha percibido como un tsunami electoral, un 51% de los hombres de menos de 29 años votaron a FPÖ en la primera vuelta según las encuestas [16]. En Francia, el Front National de Marine Le Pen cosecha el 35% de los votos entre los/as votantes de 18 a 35 años. Y podríamos seguir: Holanda, Dinamarca, Polonia… países, todos, con realidades semejantes [17]. Mientras escribo esto, la relevancia que están adquiriendo las y los jóvenes en las semanas previas al referéndum de Reino Unido sobre su pertenencia a la Unión Europea puede resultar decisoria en el resultado de la votación [18].

La influencia de los jóvenes en los mayores desafíos a los que se enfrenta la Unión Europea va más allá, incluso, de lo estrictamente político o electoral. La radicalización de jóvenes europeos reclutados en las afueras de ciudades como Bruselas o París, y su participación en atentados terroristas, debe ser entendida responsabilizando no al Islam, sino a las políticas públicas en materia de juventud y de integración, como señalaba recientemente The New York Times [19]. Debe ser entendida desde una perspectiva mucho más amplia, que contemple la evolución de la exclusión social, laboral y educativa de muchos de esos jóvenes desde hace décadas; y que considere que se convierte en extremista lo que se ha abandonado en los extremos.

El futuro de la Unión Europea depende de ello

El abandono al que se ha sometido históricamente a la población más joven por motivos electorales ha tenido unas consecuencias desproporcionadas en la última década. La crisis económica, las políticas neoliberales que decían combatirla, la falta de integración y la falta de solidaridad de la Unión Europea han empujado a los jóvenes a los verdaderos bordes de la sociedad a nivel social, económico y laboral. Sin embargo, a su vez, la juventud de muchos países de la Unión Europea está reaccionando, de manera organizada o no, conformándose como una fuerza de profunda influencia tanto para la integración como para la desintegración de la UE.

La juventud no es una fuerza homogénea. Los problemas de la gente joven en Alemania no son los mismos de quienes vienen del Sur, por lo que no parece razonable intentar predecir un horizonte colectivo. Lo que sí parece importante es entender que los/as jóvenes son una fuerza catalizadora capaz de generar transformaciones que abarcan la totalidad del espectro político: tanto hacia regeneraciones progresistas basadas en los derechos humanos y en la higiene democrática; como hacia opciones nacionalistas, xenófobas o extremistas. Y esto merece que se le preste atención. La gente joven ya está jugando un papel fundamental en dibujar el horizonte de la Unión Europea. Es el momento de que quienes están a cargo del proyecto europeo lo tengan en cuenta. El futuro de la Unión Europea depende de ello.

 

[1]         http://www.euractiv.com/section/social-europe-jobs/opinion/youth-employment-together-we-can-make-a-change/

[2]         Eurostat, datos de febrero de 2016: http://ec.europa.eu/eurostat/documents/2995521/7225076/3-04042016-BP-EN.pdf/e04dadf1-8c8b-4d9b-af51-bfc2d5ab8c4a

[3]         Eurostat, datos del tercer trimestre de 2015: http://ec.europa.eu/eurostat/web/gdp-and-beyond/quality-of-life/long-term-unemployment-rate

[4]         Jóvenes entre 15 y 24 años. Eurostat, datos de 2015: http://goo.gl/vmgCvb

[5]         Eurofound 2012: http://www.eurofound.europa.eu/publications/report/2012/labour-market-social-policies/neets-young-people-not-in-employment-education-or-training-characteristics-costs-and-policy

[6]         Eurostat, datos de 2014: http://goo.gl/jHY1KQ

[7]         http://www.lasexta.com/noticias/sociedad/ine-cifra-medio-millon-numero-jovenes-que-han-emigrado-crisis-marea-granate-multiplica-cinco_20160103572407eb4beb28d446005f23.html

[8]         La edad media de emancipación de los/as jóvenes es 29,1 años en España (26,2 en la UE) y aumenta imperturbablemente. Eurostat, datos de 2014: http://appsso.eurostat.ec.europa.eu/nui/show.do?dataset=yth_demo_030&lang=en

[9]         http://www.europarl.europa.eu/EPRS/EPRS-Briefing-542150-European-Parliament-Facts-and-Figures-FINAL.pdf

[10]       http://www.elespanol.com/espana/20160118/95490513_0.html

[11]       Los datos señalan que la edad media de los diputados del Congreso en 1979 era de unos 42 años, mientras que en 2008 era de 49. Politikon: http://politikon.es/2013/07/08/cuando-la-politica-se-hizo-vieja/

[12]            El Mundo, 25/10/2015: http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2015/10/25/562bc3f7e2704ee15a8b463d.html

[13]            El Español, 07/05/2016: http://www.elespanol.com/espana/20160507/122987812_0.html

[14]            Golden Dawn and Its Appeal to Greek Youth, Alexandros Sakellariou, Friedrich Ebert Stiftung: http://library.fes.de/pdf-files/bueros/athen/11501.pdf

[15]            Huffington Post, 14/01/2015: http://www.huffingtonpost.co.uk/2015/01/14/why-is-the-green-party-successful-british-youths_n_6470326.html

[16]            Zeit, 25/04/2016: http://www.zeit.de/politik/ausland/2016-04/oesterreich-wahl-norbert-hofer-waehler

[17]            Deutsche Welle, 14/12/2015: http://www.dw.com/en/young-people-vote-far-right-in-europe/a-18917193

[18]            El País, 28/05/2016: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/05/28/actualidad/1464449020_948036.html

[19]            The New York Times, 08/04/2016: http://www.nytimes.com/2016/04/08/world/europe/belgium-brussels-islam-radicalization.html?_r=0

El cambio climático lo cambia todo, empezando por la política

Publicado junto con Florent Marcellesi, en eldiario.es el 14/07/2016.

El cambio climático es el mejor relato contra el capitalismo desregulado. El modelo social, económico y político actual lleva décadas llevándose por delante las leyes y los derechos de la gente, a nivel social, laboral y fiscal. Pero por primera vez se está encontrando con otras leyes, las de los ecosistemas, que están probando de manera definitiva su inviabilidad. El cambio climático recuerda a aquella previsión, vaticinada por Marx, de que el capitalismo se dirige hacia su propia extinción. Pero la diferencia con aquel entonces es que, finalmente, la necesidad de combatir esta amenaza está pasando a ser parte del propio sentido común.

Combatir el cambio climático ya es una narrativa que ocupa la totalidad del espectro político; incluso entre quienes no quieren que el sistema económico cambie. El Acuerdo sobre el clima de París ha jugado un papel fundamental en alcanzar esta hegemonía, consiguiendo que todos los actores políticos, sociales y empresariales (incluyendo multinacionales y fondos de inversión) reconozcan la necesidad de reajustar, en mayor o menor medida, nuestro modelo de producción y de consumo para poner límite al calentamiento global. Unos lo hacen porque quieren vivir una vida mejor y más justa; otros, porque son conscientes de los costes millonarios que conllevaría reaccionar demasiado tarde. Sea por lo que sea, el cambio climático se ha convertido en una nueva normalidad que ya marca la agenda política, social y económica. Y esto es una gran oportunidad.

Porque, como dice Naomi Klein, el cambio climático lo cambia todo. Nos concede la posibilidad de crear un nuevo proyecto de sociedad, transversal e innovador, respondiendo a la vez a los problemas del presente y a los retos del futuro. Cambia la forma en que pensamos, vivimos, producimos, consumimos, gestionamos lo común y hacemos política. Y de la misma forma, muy pronto, empezará a cambiar la manera en que votamos.

Si fuéramos valientes y transformáramos nuestro modelo de desarrollo a otro donde la producción de energía limpia y su gestión de forma descentralizada fueran la piedra angular, resolveríamos simultáneamente varios problemas, además de la cuestión climática: reactivaríamos nuestra economía reemplazando austeridad por inversión verde, crearíamos millones de empleos dignos y sostenibles, volveríamos a poner en mano de la ciudadanía el control de la energía, rechazando tratados de comercio e inversiones como el TTIP o el CETA que ponen en riesgo nuestros derechos, ahorrando miles de millones de euros en importar del exterior energías sucias, al mismo tiempo que dejaríamos de meternos en guerras por el petróleo y de financiar a Estados responsables de la violación sistemática de derechos humanos, mientras actuamos contra la primera causa de migración en el mundo, la climática. El sol y el viento no son solamente dos de los recursos que poseemos con abundancia en nuestro país: además son parte de nuestra identidad, y nuestros mejores aliados para liderar una transición energética donde la solidaridad y la democracia sean la pieza central del presente y el futuro.

Tenemos que aprovechar esta oportunidad. Primero por razones de justicia social: El cambio climático golpea de manera desproporcionada a las personas más vulnerables y a las clases populares y medias. Sus consecuencias afectan intensamente a quienes dependen laboralmente de un clima estable, como en el sector de la agricultura o el turismo; a quienes no tienen dinero para encender la calefacción cuando bajan de forma extrema las temperaturas; a quienes pierden la vida en olas de calor por no tener a nadie que les cuida; a quienes emigran porque sus tierras se han convertido en un desierto; y a quienes, en definitiva, ven mermados sus derechos laborales, sociales y humanos, y sus legítimas perspectivas de futuro.

Pero también por otra razón: porque podemos tener una vida mejor. Combatir las causas del cambio climático significa comer y estar más sanos, respirar aire limpio en nuestras ciudades, tener empleos decentes y estables, movernos con libertad en vez de atrapados en atascos o tener acceso a una energía más barata, menos contaminante, gestionada local y cooperativamente por la ciudadanía. Significa ir más allá de las élites políticas tradicionales y los oligopolios que privatizan los beneficios y socializan las deudas, y diseñar un sistema político y económico cuyo motor sea la igualdad, la calidad de vida y la sostenibilidad. Cuesta imaginar quién podría estar en contra de todo esto.

Ahora o nunca

Publicado en infoLibre el 30/11/2015.

Hoy, 30 de noviembre, los gobiernos de prácticamente todos los países del mundo se reúnen en París con el objetivo de pactar una solución global a uno de los mayores retos del siglo XXI: el cambio climático.

Llevan años preparando este encuentro, y no es para menos. Hambrunas, sequías, cultivos arruinados, fenómenos meteorológicos extremos… escenarios propios de la ciencia ficción que ya están teniendo lugar y que responden a una causa común: el calentamiento global y el cambio que conlleva en el sistema climático.

El clima ha cambiado siempre, y por muchas razones. Ya cambiaba intensamente antes de que los humanos poblásemos el planeta. Pero en los últimos miles de años se ha dado un período de extraordinaria estabilidad climática —el Holoceno— que ha permitido, entre otras causas, el desarrollo de nuestras sociedades. Esta estabilidad, de una enorme fragilidad, se está viendo afectada por el cambio climático. Esa es una de las conclusiones fundamentales del quinto informe de evaluación (AR5) del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), reunido por Naciones Unidas: “el calentamiento del sistema climático es inequívoco, y muchos de los cambios observados desde los años 50 no han tenido precedentes en los últimos milenios”. Otra conclusión clave del informe es que las actividades humanas son la causa principal del cambio climático observado desde mediados del siglo XX.

El clima está cambiando, lo que ya está impactando en nuestra forma de vida de manera significativa, y no estamos reaccionando. A pesar del trabajo de concienciación y de las movilizaciones de las últimas décadas, las emisiones de gases de efecto invernadero —responsables del calentamiento global— no sólo no se están reduciendo, sino que están aumentando a ritmos cada vez más rápidos. Y sus efectos, especialmente graves en las zonas más vulnerables del planeta, los estamos percibiendo también en Europa, con la contaminación de nuestras ciudades y patrones climáticos —como sequías en zonas áridas— que se intensifican.

El cambio climático ya no puede evitarse. La cantidad de gases de efecto invernadero vertida a la atmósfera ya hace irreversible el calentamiento. Lo que aún podemos hacer es limitarlo, si reaccionamos rápido, a un aumento máximo de 2ºC con respecto a tiempos preindustriales, como ha marcado la comunidad científica, y de eso depende la cumbre del COP21, en París. Nos jugamos mucho en muy poco tiempo. Y no debemos olvidar que si debemos reaccionar no es solo por el planeta, ni por la naturaleza, ni por el resto de seres vivos: la biosfera seguiría funcionando después de un cambio de los ecosistemas a gran escala, incluso habría especies que podrían beneficiarse de un calentamiento semejante. Es la vida humana, principalmente, la que se vería amenazada por ese cambio. No lo olvidemos: lo hacemos por nosotros mismos.

El ISIS y el Oro Negro

Publicado en Público el 26/11/2015.

Rosa Martínez, coportavoz de EQUO (@RosaM_Equo)
Guillermo Rodríguez, miembro de EQUO (@willrodrob)

El ISIS tiene todo el dinero que necesita. Eso no era ningún secreto. Entre sus muchas fuentes de financiación —como la extorsión, las donaciones o el tráfico de seres humanos— hay una que sobresale hasta ahora sobre todas las demás: el petróleo. La explotación de campos petrolíferos en Irak y Siria y su exportación ilegal a través de países como Turquía han supuesto la principal fuente de financiación de esta organización terrorista: entre 1 y 3 millones de dólares de ingresos al día, todos los días. A esto hay que sumarle las donaciones particulares, mayoritariamente de hombres acaudalados de los países del Golfo. Otra vez, el petróleo.

El petróleo es una fuente de energía sucia, y no sólo por contaminante. El control de las reservas de petróleo, gas, uranio y otros recursos energéticos mediante la violencia hace mucho que domina la geopolítica del mundo en que vivimos. Conflictos como Afganistán, Irak, Libia o Siria, que generaron la creación y radicalización de grupos yihadistas como el ISIS, son algunos ejemplos de las injerencias occidentales por intereses vinculados a los recursos naturales. Otro ejemplo del precio que pagamos por el petróleo que consumimos: el silencio de la comunidad internacional ante las continuas violaciones de derechos humanos en Arabia Saudí.

Intervenciones militares de países como Francia en Libia o Irak, donde petroleras francesas se reparten beneficios; o en Mali, de donde Francia importa uranio para su producción nuclear, no justifican de ninguna forma matanzas como la del 13 de noviembre en París: responsables son solo los que matan. Sin embargo, cualquier explicación o análisis que las obvie errará en la búsqueda de soluciones.

 Que París sirva para que Europa reaccione. Nuestra excesiva dependencia del exterior de fuentes de energía como el petróleo, el gas o el uranio no es sólo una insensatez, por la inseguridad energética a la que nos exponen conflictos como el de Ucrania; sino también una hipocresía. Este modelo energético confronta el discurso de los valores europeos con las violaciones de derechos humanos a las que sometemos a millones de personas con nuestras guerras y nuestros contratos. Además, es también una gravísima imprudencia, ya que nos impide actuar con responsabilidad ante uno de los mayores retos de la humanidad en el siglo XXI: el cambio climático.

Y no deja de ser paradójico que la Cumbre del Clima, que empieza en París el próximo lunes, se vea mermada política y organizativamente por la misma causa que un acuerdo poderoso y vinculante en esta materia podría combatir. ¿Se imaginan todo lo que ganaríamos usando otras fuentes de energía que no fueran el petróleo? Es evidente, beneficios para la mayor parte de la humanidad, pérdidas para unos pocos.

La buena noticia es que existe una alternativa para reducir nuestra dependencia energética, limitar los conflictos geopolíticos vinculados a los recursos energéticos, dejar de financiar a grupos terroristas y además contribuir a la lucha contra el cambio climático: las energías limpias y renovables. Si conseguimos además que la producción de energía sea controlada por la ciudadanía conseguiremos, al mismo tiempo, redistribuir esta parcela de poder, hoy en manos de grandes multinacionales con muchos intereses y muy pocos escrúpulos. Energías limpias, sí: también en democracia y derechos humanos.

El liderazgo valiente y colectivo que nos hace falta

Rosa y yo hemos compartido muchas cosas. Hemos trabajado juntos, nos hemos peleado, hemos vivido aventuras en países lejanos que seguramente algún día contemos. Y de todos esos momentos buenos y no tan buenos creo que puedo decir que, como la buena amiga que es, la conozco bien. Y creedme: ella es a quien necesitamos en primera línea en estos tiempos tan difíciles, y tan importantes, que tenemos por delante.

Primero porque necesitamos a alguien valiente como ella que nos haga romper el techo de cristal que, en EQUO, nos hemos encontrado. Que vaya a más, que nos abra camino, y que sea capaz de llevarnos adonde hace cuatro años decíamos que nos dirigíamos. Ahora es el momento, eran nuestras palabras. Bueno, ahora, lo es. Y necesitamos a quien pueda de veras ponernos en sus puertas.

Segundo, porque yo no he conocido a muchos que tengan esa capacidad para comunicar, para contarlo: sabemos que nuestro problema ha sido y es que no se nos entiende, ¿por qué no lo cambiamos? Creo que nuestra obligación es conectar con la calle y hacer que nuestro proyecto entre y forme parte del cambio por el que llevamos tanto tiempo trabajando. Eso pasa por poner delante a quien lo pueda hacer: y hoy, Rosa es esa persona.

Y tercero, porque una vez alguien dijo que no se deben esperar resultados diferentes actuando siempre de la misma forma. Y el momento es ahora: la oportunidad está ante nosotros y necesitamos a alguien con la valentía y la fuerza de luchar por nuestros valores y poner a EQUO en todas las bocas y todas las televisiones. De ponernos en el cambio, porque para que de verdad lo sea, sabemos que nos necesitan.

Creo que lo que se plantea detrás de estas votaciones es la decisión de cuál queremos que sea nuestro liderazgo, de cuál queremos que sea nuestro proyecto: el que se conforma en torno a una persona, o el que se construye en torno a un colectivo. Yo creo que lo que Rosa ha sabido construir por encima de todo es un proyecto de todos, y también de todas, una plataforma en la que yo veo representada esa propuesta de regeneración democrática que traemos desde el principio. EQUO, la nueva política, era esto: era donde no se devuelven favores, era que quien de entre todas y todos pensemos que es la mejor, salga elegida. Y creo que esta es una idea que no podemos olvidar para quienes, como EQUO, no buscamos una butaca en el congreso sino liderar un proyecto de transformación incluyente y regenerador.

Porque para mí eso es lo que es Rosa: un liderazgo amable, inclusivo. Un liderazgo que representa todo lo valiente, lo cercano y lo diverso que es nuestro proyecto y que es el cambio en el que ya nos encontramos. El de Ada, el de Mónica, el de Manuela y, también, el de Rosa. El nuestro.

Una historia de placer y sufrimiento

En China viví diez días en un monasterio. Por entonces estaba trabajando en una granja en la provincia de Hubei. El que había sido el maestro budista de la señora en cuya granja trabajaba, un hombre de unos sesenta años, sonriente y muy delgado, vino de visita una mañana. Con un inglés rudimentario, aunque lleno de voluntad, conversamos en la comida y los tés que la siguieron y me propuso que fuera con él a su monasterio. Yo aprendería a meditar y a cambio enseñaría inglés a la decena de estudiantes que allí vivían. Sólo unos días, me dijo. Liudan, la granjera, estaba de acuerdo.

El monasterio estaba a pocas horas de viaje, en una zona inundada de lagos y colinas. Allí conocí a un joven de mi edad que se dedicaba a la meditación: un meditador, me dijo que era. Él también estaba de paso. En una vida anterior, o eso debía de parecerle, había trabajado en el mundo financiero, en Shanghái. Fue él quien me contó esta historia.

Es la historia de Buda, o una parte de su historia. Y seguramente difiera de cualquier otra historia que de él pueda contarse: pero esta es la que aquel joven me contó a mí. Es la historia de otro mediator, pues eso era entonces Buda, aunque su nombre era todavía Siddharta Gautama. Durante muchos años y al igual que muchos como él Buda se dedicó a practicar un tipo de meditación muy similar al que yo estaba aprendiendo en ese monasterio: el samatha. Centrándose en su respiración, con calma, concentrado, conseguía apartar los pensamientos que llegaban a su mente, vaciándola, y de esa manera llegaba a controlar su cuerpo hasta alcanzar el estado final, el samadhi. Dicen que quienes llegan a ese estado pueden aumentar la temperatura de su cuerpo hasta hacerlo arder en llamas.

Sin embargo, Buda seguía sintiendo dolor. Se dio cuenta de que a pesar de ser capaz de controlar su cuerpo no podía controlar el sufrimiento, no podía evitarlo. Fue entonces cuando emprendió un camino que no se había recorrido hasta entonces y que llega hasta el día de hoy: el vipassana. La búsqueda de la verdad, para algunos; la sabiduría, para otros. Otro tipo de meditación que desemboca en el estado en que puedes no sentir, en que dejas de sufrir: el arohato. Buda alcanzó el arohato. Y desde entonces hay muchos como él que le siguen para alcanzarlo.

Me contó también aquel joven que ese camino tiene tres partes: el anicca, el dukkha y el anatta. Se recorre proponiendo que aunque los seres humanos querríamos acabar indefinidamente con el sufrimiento y prologar el placer, aunque querríamos que éste durara para siempre, ambos son transitorios y forman parte necesariamente de nuestra existencia. Aunque intentemos negar el dolor, aunque intentemos evitarlo, el único camino para dejar de sentirlo pasa precisamente por su aceptación. Por aceptarlo, pero como algo que está fuera de nosotros, que nos es ajeno, que no nos conforma. No somos lo que sentimos.

El anatta también plantea algo que de manera parecida se repite en otras religiones a lo largo de todo el mundo: la idea de que todos los seres humanos —junto con el resto de seres, vivos o no, que nos rodean— formamos parte de un mismo ente, que algunos llamaron Dios, otros Pachamama. La sospecha, repetida, de que no hay un yo. De mi tiempo en Asia yo me llevo otra sospecha: la tendencia del ser humano a entregarnos a la inercia, a que todo siga como está, cuanto más avanzamos en el camino hacia comprender nuestra posición en el mundo. Que entender mejor el lugar donde estamos y nuestro papel en él no nos impida intentar cambiarlo.

 

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Hacerse rico es glorioso

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Esas fueron las palabras con las que en los años 80 el exlíder chino Deng Xiaoping marcó el inicio de un cambio que abrió la República Popular China al resto del mundo. Desde entonces, la carrera ha sido frenética, en un país donde los contrastes se perciben desde la calle hasta el Parlamento: el crecimiento colosal, que amenaza la hegemonía estadounidense y la influencia europea, del que es todavía uno de los países más desiguales del planeta; el aumento de las protestas y el activismo pro democracia y derechos humanos, de la mano de su persecución y del aumento del presupuesto de seguridad interior (policial, entre otros) por encima incluso del creciente presupuesto militar; y otros, como la corrupción y su ejemplar –tal vez aparente– limpieza, o la confirmación de que, efectivamente, “el límite de China se encuentra en el cielo”.

Lo que apenas encontré en China fue conciencia. Excepto de unos pocos mayores, a los que la única manera de acceder era en mandarín, la falta de interés y de compromiso era extensa, especialmente entre las y los jóvenes: su gobierno defendía sus intereses y cualquier crítica a sus funciones era seguramente falsa y susceptible de pretender desestabilizar a China y sus habitantes. Era difícil entender si se debía a los laxantes de ese particular libre mercado –en el que la dictadura no la ejercen los mercados, sino el propio gobierno, al que los ciudadanos ni votan ni, en gran número, desean votar–, a la aquiescencia del budismo, del que hablaremos pronto, o a la docilidad impuesta por un gobierno al que no le ha temblado la mano cuando ha visto peligrar su poder. Un ejemplo de ello fue la matanza de Tiananmén, que actuó sobre la población china como si de una violación se tratase, forzando su silencio y su amnesia hasta el día de hoy.

Hay una idea que escuché con insistencia, de jóvenes, mayores y extranjeros: la sociedad china no tiene la edad suficiente. Son inocentes, inmaduros, desconocen lo que les conviene, y necesitan de quienes sí lo saben para que decidan en su lugar. Como niños, me decían, en una metáfora que como tantas otras veces relega la democracia por detrás de la eficiencia, de los que mejor saben cómo hacerlo, de lo que se debe hacer. Pero quién decide a quienes mejor lo hacen, de qué manera se selecciona a los mejores, son preguntas para las que nadie parece tener respuesta, ni dentro ni fuera de China. Y ante eso, la cuestión deja de ser quién lo hará mejor, para convertirse en quién tiene la legitimidad de hacerlo. Como en Europa y en tantas otras partes del mundo, sin la participación de la gente, no hay crecimiento equitativo y sostenible posible.

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Un país que se ahoga

La entrada en Pekín es pegajosa, gris, asfixiante. Una niebla densa envuelve la ciudad, te hace toser, esconde el sol y lo tamiza. Se mantiene durante días, a veces semanas, y solo desaparece cuando la lluvia o el viento se la llevan inesperadamente durante unas horas. Es entonces cuando se puede ver el cielo.

Este esmog, o niebla tóxica, que en medidas menos desproporcionadas tan bien conocemos en Madrid, cubre ya un tercio de la República Popular China y es un recordatorio lo suficientemente poderoso de lo lejos que está este país de alcanzar mínimos de calidad de vida para sus habitantes. Para todas y todos, quiero decir. Porque como advierte Ralph Litzinger, lo cierto es que diferentes clases y grupos sociales experimentan las consecuencias de estos niveles de contaminación de maneras diferentes.

La clases medias, cada vez más concienciadas, envían a sus hijos a colegios que cuentan con protección, los dejan en casa en días de asfixia o buscan formas de que estudien en el extranjero cuando llega el momento. Medidas que no están al alcance de las capas más vulnerables de la sociedad, que padecen sin embargo la crudeza de la contaminación del aire, el 60% de los ríos y el 20% de las tierras de cultivo de un país cuya amenaza ya no está solo en el crecimiento económico y la salud pública: lo está también en la estabilidad política.

Un buen ejemplo es la expansión de industrias tóxicas y refinerías químicas, que tiene lugar precisamente en las provincias más pobres del interior de país, donde se espera, parece, que la población que allí vive acepte cualquier empleo a cualquier precio, aunque el coste de este se pague con su salud y su medio ambiente -se calcula que cada año mueren prematuramente entre 350.000 y 500.000 chinos debido a la contaminación-. Y están diciendo que no piensan hacerlo.

Hay algo que sí está cambiando. Los pequineses están descubriendo que después de todo conseguir que su cielo sea azul es solo cuestión de voluntad: política, entre otras. Y que igual que para la ocasión de la cumbre Asia Pacífico fue posible, lo debe ser también de ahora en adelante.

Lo está descubriendo la ciudadanía, pero puede que lo esté intuyendo también su clase política. China se está convirtiendo en líder del mercado de nuevas tecnologías, y en los próximos 20 años hará la mayor parte de las inversiones globales en energía solar, eólica y en automóviles eléctricos. Está entendiendo dónde se juega el futuro. Está entendiendo, al igual que Estados Unidos, que los líderes de estas tecnologías serán capaces de bajar los costes de producción y de dominar industrias como la del automóvil, de gran importancia para la Unión Europea, por ejemplo. Las implicaciones que tiene apostar por la transición energética no son sólo medioambientales, sino también políticas, económicas y sociales. Solo los ciegos no están siendo capaces de verlo. Y entre ellos, los que nos gobiernan.

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Irnos para cumplir nuestros sueños

Publicado en eldiario.es el 04/01/2015, en el blog de Juventud Sin Futuro #DesdeTodasPartes.

No tienen derecho. En el debate de los cientos de miles de jóvenes que abandonan España para buscar un futuro, en la farsa de la mejora de las cifras de desempleo haciendo que los jóvenes salgamos de las cifras, en la dificultad de dejar a nuestra gente, nuestra tierra e idioma para llegar adonde sí puede haber oportunidades; la mayor crueldad, el mayor abuso, está en el convencimiento de que quienes nos están haciendo esto no tienen derecho a hacerlo.

Somos las pérdidas renunciables. Los daños colaterales. Somos lo que los grandes gobernantes están dispuestos a sacrificar para continuar con esta farsa. Los excesos de las élites financieras internacionales junto con los de nuestra clase política, los silencios de una transición no transitada, los juegos de una mafia que lo ha abarcado todo, y la especulación, y la falta de coraje para cambiar unas estructuras corrompidas, y la vergüenza; son las causas, insólitas, de que seamos parte de una generación sin futuro. Perdida, nos dicen. Y asumen que vamos a tener la templanza de pagar nosotros las consecuencias, de ponerlas a nuestras espaldas, de compensar con nuestras vidas el saqueo, la ineptitud y el abuso de sus acciones. Y se equivocan.

Vamos a recuperar nuestro derecho a elegir, a que se respeten nuestras decisiones. Las de quienes hemos tenido la suerte de tener los medios para irnos a miles de kilómetros de distancia a perseguir nuestros sueños, las de quienes viven encerrados en vidas que no quieren, las de a quienes explotan, las de a quienes utilizan, aprovechándose de nuestra ilusión, nuestra motivación y nuestras ganas de trabajar y luchar por cambiar el mundo a cambio de sueldos de miseria, de precariedad e ingratitud. Las de quienes todavía siguen en esta trampa que es España, que no ofrece trabajo, ni medios para estudiar ni futuro a cientos de miles de jóvenes que nunca especularon, ni llevaron a bancos a la ruina, ni recibieron rescates millonarios. Ni vivieron nunca por encima de sus posibilidades.

Yo, que soy un afortunado, que he podido cambiar contento de continente para dedicarme a lo que quiero, denuncio que no he tenido la posibilidad de quedarme en mi tierra, ni en las cercanías de sus fronteras, si quería cumplir mis sueños. Denuncio que no me han dado esa elección. Y es esa imposibilidad de escoger, esa falta de alternativa, la que se esconde detrás de este sistema corrupto que somete a los jóvenes de nuestro país y de muchos otros. Lo que nos han arrebatado es la capacidad de tomar nuestras decisiones, de vivir una vida independiente. Nos han obligado a aceptar cualquier empleo, a trabajar a cualquier precio, a estudiar lo que el mercado laboral dictara, a volver a vivir con nuestros padres: y si hemos podido evitarlo ha sido solo a un altísimo coste, pagado a menudo en miles de kilómetros. Nos han expuesto a mayores índices de pobreza, de exclusión social, a tasas de desempleo imposibles.

Este país ha renunciado a nosotros, y sin embargo nos necesita. Porque las consecuencias de esa renuncia las pagaremos entre todas y todos. Las pagará nuestra sociedad, las pagará este país dentro de veinte años. Tenemos que demostrar que se equivocan. Tenemos que demostrar que no tienen derecho. Estamos ante la oportunidad de recuperar lo que era nuestro, de no tener que irnos nunca más para cumplir nuestros sueños. Conseguirlo pasa solo por una condición: hacer que se vayan ellos.

Mujeres de Mongolia

Por Rosa Martínez y Guillermo Rodríguez.

Foto de Rosa Martínez
Foto de Rosa Martínez

De la convivencia con familias nómadas mongolas puedes contar muchas cosas, revivir experiencias únicas e incluso sacar lecciones de vida. Sin embargo, elegimos compartir nuestras impresiones sobre el papel de la mujer en la sociedad de Mongolia. En los miles de kilómetros recorridos por estepas y desiertos, fuimos testigos de la invisibilidad y el silencio de muchas mujeres. Asumían la responsabilidad del hogar, del ganado, de la alimentación y del bienestar de los huéspedes, pero lo hacían desde la discreción, desde un segundo plano, que no era evidente, ni grosero, ni manifiestamente discriminatorio. Y sin embargo, para nosotros, viajeros occidentales con gafas violetas, la vida cotidiana de las mujeres en los ger no dejaba de sacudirnos una y otra vez en cada familia y en cualquier momento del día: no oíamos su voz, no compartían ni la conversación ni el momento de descanso que los hombres de la casa (maridos, padres, hermanos) disfrutaban con nosotros, los huéspedes, en el centro de la estancia, mientras ellas se movían en la sombra y el silencio de la periferia del hogar siempre ocupadas.

Y sin embargo, habíamos leído sobre el empoderamiento de la mujer en Mongolia. En los últimos años, las tasas universitarias de las mujeres han sido entre un 60% y un 70% mayores que las de los hombres. Quienes emprenden en Mongolia son ellas, en la medida en que los hombres se quedan con el ganado y abandonan la formación, y comprobamos que los negocios –tiendas, comercios o restaurantes– en núcleos urbanos como la capital o los polvorientos pueblos en medio del desierto eran gestionados mayoritariamente por mujeres.

Pensando en lo que vivimos en Europa, nos preguntábamos si esa liberación que percibíamos en las zonas urbanas tendría un impacto en el hogar y en la relación con sus parejas, si las familias de esas emprendedoras serían diferentes a las que habíamos conocido en la Mongolia rural: ¿sería la emancipación económica un primer paso hacia la emancipación real, como lo había supuesto en Occidente?

Foto de Rosa Martínez
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Hemos de confesar que, en realidad, después de reflexionar sobre esa evidente invisibilidad de las mujeres, no éramos capaces de enumerar grandes diferencias con lo que hasta hace bien poco han vivido las mujeres españolas y siguen viviendo en muchos contextos: El desequilibrio en la carga de trabajo, la sumisión y el servicio a los demás (hombres, familia, huéspedes), el nulo valor o reconocimiento al trabajo de cuidados, la ausencia de voz… Es verdad que en nuestra sociedad se han producido cambios, y que en una gran parte de la sociedad la evidencia ha dejado paso a la sutileza en las formas de discriminación de la mujer. Pero la realidad es que la opresión y discriminación de la mujer hoy en Occidente viene dada precisamente por las aparentes conquistas de empoderamiento y libertad, que se han convertido en parte de los elementos sustentadores del patriarcado del siglo XXI: el trabajo remunerado fuera de casa que se convierte en doble jornada; la libertad para vestirse y mostrar el cuerpo que se ha convertido en la principal herramienta de objetivación sexual de la mujer; o la libertad sexual, que a menudo se ha subordinado a la sexualidad masculina.

El sometimiento de la mujer en las familias nómadas nos fue evidente. Y esto nos hizo por una parte darnos cuenta de que en realidad eran situaciones para nada extrañas o impensables en nuestra sociedad; y por otra recelar de la libertad y emancipación que la independencia económica puede traer a las mujeres mongolas, tal y como ha supuesto a las mujeres en Occidente. En realidad, lejos de hacernos sentir satisfechos por el camino recorrido, esta experiencia nos ha hecho pensar en la profundidad que todavía tiene la discriminación de la mujer en nuestra cultura. Y por supuesto, nos ha recordado la necesidad de continuar la lucha por la igualdad real de las mujeres, tanto allí como aquí.

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