Siempre nos quedará París

Publicado en Ctxt el 3 de diciembre de 2016.

La Cumbre del Clima de este año ha tenido lugar en Marrakech, no en Casablanca. Aun así, las palabras de Humphrey Bogart parecieron escucharse por encima de los aplausos y las críticas en el cierre de la cumbre.

Igual que en la película, el protagonista de esta cumbre, llamada COP22, también ha sido estadounidense. El nombre de Donald Trump ha estado en todas las bocas desde que se conociera su victoria en las elecciones presidenciales en la mañana del tercer día de la cumbre, y desde antes también. Durante la campaña electoral había calificado el cambio climático de “conspiración china” y en repetidas ocasiones había prometido sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París en cuanto fuera posible.

Sin embargo, si hay un gran éxito que nombrar de la Cumbre de Marrakech, ese es la respuesta enérgica y unánime de la comunidad internacional al nuevo presidente electo de Estados Unidos: estás solo, Trump. Todo el planeta, incluyendo países nada sospechosos de activismo ecologista como China, Rusia o Arabia Saudí, ha respaldado el Acuerdo de París y la transición hacia un modelo que limite el calentamiento global y sus impactos más perniciosos para la economía y la vida de la gente. Desde las elecciones estadounidenses ni un solo país ha dado marcha atrás en sus compromisos, y doce más han ratificado el Acuerdo de París. Nada de esto podía darse por descontado la mañana del 9 de noviembre, y el trabajo coordinado de ciudadanos, organizaciones, empresas y gobiernos, demostrando que la transición en la que estamos es imparable, ha sido fundamental.

En una entrevista en The New York Times, Donald Trump ha rechazado repetir su promesa de abandonar el Acuerdo de París y ha asegurado que analizará “cuál será el coste” del cambio climático en las empresas estadounidenses, mientras afirmaba que hay “alguna conexión” entre el cambio climático y la actividad humana. Este es un cambio de dirección, tal vez, que puede tener mucho que ver con lo logrado en Marrakech la semana pasada.

Más allá de la respuesta a Trump, tal vez el único logro de Marrakech haya sido no retroceder con respecto a lo alcanzado en París, lo que no es poco. El nivel de ambición con respecto a la próxima revisión, en 2018, de los planes nacionales para combatir el cambio climático es reducido; e insuficientes son los compromisos de aumentar la financiación para que los países en desarrollo se adapten a los efectos adversos del cambio climático. Efectivamente, como dicen muchos, queda mucho por hacer. Pero Marrakech ha sabido mantener el empuje de París, y la ciudadanía, por medio de empresas e iniciativas en todo el mundo, ha seguido demostrando que la economía real avanza mucho más rápido que la política. La Proclamación de Marrakech firmada por 195 países, si bien no legalmente vinculante, recalca la necesidad de actuar con urgencia contra el cambio climático y destaca la velocidad a la que la transición en la que nos encontramos está teniendo lugar. Esto es una confirmación del apabullante apoyo global que mantiene la lucha contra el cambio climático.

Escuchar a las y los líderes mundiales confirmar su compromiso ha estado bien, pero solo como preludio de lo que vayan a hacer al volver a casa. La Unión Europea tiene ahora la oportunidad de llevar a cabo en Bruselas aquello a lo que se comprometió en Marrakech, con el paquete legislativo sobre renovables, eficiencia energética y gobernanza, de enorme importancia para la transición energética de la UE. La Unión Europea deberá asumir el liderazgo que Estados Unidos parece dispuesto a ceder. El reto es que la Cumbre de Marrakech sea recordada como el momento en que el Acuerdo de París resistió, y como el comienzo de una nueva etapa en la que la lucha contra el cambio climático no solo es unánime, sino el catalizador de una serie de cambios que pueden dar la vuelta al sistema económico y mejorar la vida de mucha gente. Parece que, como decía Bogart en aquel aeropuerto, siempre nos quedará París. Asegurémonos de que Marrakech sea solo el principio.

Esto sí que lo cambia todo

Publicado con Florent Marcellesi en El País el 9 de noviembre de 2016.

La semana pasada entraba en vigor el Acuerdo climático de París en un tiempo récord. Aunque muy insuficiente en muchos aspectos, este acuerdo global es una oportunidad para transformar nuestro modelo económico que no podemos subestimar.

Como si se tratara de una pieza de dominó, el Acuerdo de París ha puesto en marcha una transición imparable. El Acuerdo de Kigali sobre la eliminación progresiva de los gases HFC, poderosamente nocivos para el clima, ha sucedido a iniciativas ciudadanas por todo el mundo. Todas muestran cómo puede combatirse el cambio climático al mismo tiempo que se crean cientos de miles de empleos, se estimula la economía y se refuerza nuestra independencia energética de países en conflicto o de regímenes autoritarios. Ciudades, universidades, grandes grupos empresariales, fondos como el Rockefeller Brothers Fund y compañías aseguradoras como AXA han empezado a desinvertir de fondos vinculados a combustibles fósiles. No lo hacen porque se les haya despertado espontáneamente una conciencia ecologista, sino porque han visto que la transformación de nuestras sociedades para hacer frente al cambio climático es inevitable y que lo económicamente inteligente es adecuarse a este horizonte lo antes posible.

Evidentemente, nos vamos a encontrar obstáculos y resistencias, como puede ser el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que durante la campaña se pronunció en contra del Acuerdo de París. Pese a sus proclamas, Estados Unidos no podrá retirarse del Acuerdo de París en los próximos cuatro años. Tampoco nos lo van a poner fácil las grandes corporaciones energéticas, cuyos beneficios privados e intereses comerciales dependen de un sistema fósil agotado. Pero a estos negacionistas climáticos, hace un año en París, les metimos un gol por toda la escuadra y les ganamos la batalla cultural y el relato. La pregunta dejó de ser si el cambio climático es una amenaza real. La pregunta es ahora qué debemos hacer para enfrentarlo definitivamente. Y en este camino, la alternativa debe ser creíble y en positivo.

Por tanto, en Marrakech, donde ha arrancado esta semana la 22ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (llamada COP22), está encima de la mesa el reto de pasar de las palabras a la acción. Tenemos que convertir en realidad la visión que se esbozó en París el año pasado: mantener el aumento de temperatura mundial por debajo de los 2°C y llevar a cabo esfuerzos para limitarlo a 1,5°C.

Para ello, lo primero es asegurar que 2018 sea el año en que todos los países aumenten la ambición de sus compromisos para combatir el cambio climático que a día de hoy no están en línea con lo acordado en París. Hacerlo en 2018 permitiría a los gobiernos tener en cuenta los resultados que presentará en ese momento el informe especial del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas sobre el objetivo de limitar el aumento de temperatura mundial a 1,5°C: hacerlo después sería hacerlo demasiado tarde. En segundo lugar, es fundamental concretar, con una hoja de ruta definida, cómo van a cumplir los países llamados “desarrollados” con su compromiso de movilizar 100.000 millones de dólares al año antes de 2020 para respaldar los esfuerzos de los países llamados en vías de desarrollo contra el cambio climático.

Esta hoja de ruta, cuyo primer borrador se ha presentado hace unas pocas semanas, es clave para asegurar predictibilidad en la financiación de la que disponen estos países, para permitirles proyectar bien sus planes de acción y para movilizar de esta manera también recursos nacionales. En tercer lugar, es el momento de abordar las demandas de los países más vulnerables (principalmente insulares) sobre la mejor manera de recibir apoyo de la comunidad internacional para afrontar los impactos irreversibles (llamados, en el lenguaje de la convención, “pérdidas y daños”) que el cambio climático ya está teniendo en sus países.

La COP22 es por tanto el primer peldaño para hacer concreto lo que en París solo podía imaginarse. Es la oportunidad de ponernos manos a la obra y de garantizar que la ambición, el compromiso, los tiempos y los recursos que estamos asignando a esta tarea están a la altura de los retos que tenemos por delante. Como dice Naomi Klein, el cambio climático es también una oportunidad para cambiar el sistema en su conjunto. Combatir el cambio climático pasa inevitablemente por la transformación de nuestro sistema económico, de producción y de consumo.

La transición en la que estamos hacia un mundo más justo, más seguro y más limpio es imparable. Dependerá de nuestra capacidad de presión y movilización en las calles y en las instituciones para que llegue de la forma más rápida, planificada y pacífica posible. Manos a la obra.

Florent Marcellesi es eurodiputado de EQUO y Guillermo Rodríguez Robles es coordinador de la campaña de cambio climático del grupo Verdes/ALE en el Parlamento Europeo.

El paraíso de la aviación

Publicado en eldiario.es el 1 de octubre de 2016.

No somos todos iguales. Sé que esta noticia cogerá, a estas alturas, a pocos por sorpresa. Pero créanme cuando les digo que el caso de las compañías aéreas es digno de admiración. Imagínense una empresa con beneficios multimillonarios que se dedica al transporte internacional. Ahora imagínense que lo hace sin pagar impuestos por el combustible que utiliza, con billetes a los que el IVA no es aplicable, que no tiene que cumplir requisitos legalmente vinculantes en materia de eficiencia energética y que no tiene que limitar la contaminación ambiental que genera su actividad. Imagínense una empresa así y se harán una idea de los privilegios de los que disfrutan hasta ahora las compañías aéreas. Eso sí: es posible que no por mucho tiempo.

Es digno de admiración, decía, sobre todo al tener en cuenta la responsabilidad que tiene la aviación internacional ante algunos de los mayores desafíos globales a los que nos enfrentamos. El cambio climático es un ejemplo. La aviación emite cada año tanto CO2 como los 129 países con menos emisiones, y los pronósticos no son alentadores: mientras que en 2010 la industria de la aviación contaba con 2.400 millones de pasajeros, para 2050 se espera alcanzar los 16.000 millones, lo que haría que las emisiones de este sector aumentaran un 300% si no se toman las medidas necesarias para evitarlo.

La aviación no se incluyó en el texto del Acuerdo de París alcanzado en la Cumbre del Clima el año pasado, a pesar de que contener las emisiones de este sector es absolutamente imprescindible para cumplir con el principal compromiso acordado en París: mantener el aumento de la temperatura mundial muy por debajo de los 2°C con respecto a niveles preindustriales y dedicar esfuerzos a limitarlo a 1,5°C. ¿El pretexto? Más allá de la poderosa influencia de la industria aeronáutica en la mayor parte de los gobiernos occidentales, se decidió atribuirle a otro organismo de Naciones Unidas, la Organización de la Aviación Civil Internacional (OACI), la responsabilidad de alcanzar un plan global para limitar las emisiones de la aviación internacional. Un plan en el que la OACI llevaba trabajando, sin mucho éxito, desde hacía casi dos décadas. Lo que en París sí quedó claro fue la fecha: la Asamblea de la OACI se reúne solo una vez cada tres años, y su próxima asamblea del 27 de septiembre al 7 de octubre de 2016 tenía que ser la fecha límite para llegar a un acuerdo. Hacerlo después sería, sencillamente, hacerlo demasiado tarde.

Esa es la razón por la que esta semana los ministros y ministras de transporte de todo el mundo se están reuniendo en Montreal, sede de la OACI, para acordar la puesta en marcha de un mecanismo global de mercado (GMBM, por sus siglas en inglés) que garantice un crecimiento neutro de CO2 en la aviación internacional a partir de 2020. Esto es: un mecanismo que asegure que en 2020 las emisiones de la aviación internacional llegan a un máximo, de manera que todas las emisiones que sobrepasen los niveles de 2020 a partir de ese momento tengan que ser compensadas con otros sectores.

Un mecanismo como este no sería suficiente para cumplir con el objetivo de 2°C acordado en París, y, aun así, el resultado de las negociaciones está dando a entender que el mecanismo acordado podría no cumplir ni siquiera con ese compromiso. Se esperan dos fases voluntarias que pospondrían la entrada en vigor obligada del mecanismo a 2027, lo que conllevaría el crecimiento de las emisiones de la aviación durante todavía la próxima década. Además, el gran número de exenciones que se recogen, la falta de garantías sobre la integridad medioambiental de las compensaciones de CO2 y los intentos de prohibir regulaciones de la aviación a nivel regional (como el Sistema Europeo de Comercio de Derechos de Emisión) son concesiones inaceptables que ponen en cuestión la efectividad del mecanismo que vaya a alcanzarse en Montreal. La tarea de nuestros y nuestras representantes es clara: garantizar la mayor participación posible en las fases voluntarias, si no pueden evitarse; evitar el recuento doble de compensaciones, asegurando que se dota de transparencia al uso de las mismas; y garantizar que la ambición del acuerdo puede revisarse con el paso del tiempo y que los países con más recursos asumen su responsabilidad histórica y son los primeros en dar un paso adelante.

Los excesos de las compañías aéreas les corresponde pagarlos a ellas, no a la ciudadanía. Los costes de la contaminación deben asumirlos sus responsables, y quienes nos representan tienen que entender que su prioridad es defender nuestra salud y nuestra calidad de vida. El compromiso declarado de la OACI es mucho más débil de lo que haría falta para cumplir los objetivos acordados en París, pero tiene el potencial de convertirse en un movimiento en la dirección correcta si ciertas cláusulas se refuerzan y se asegura el mayor compromiso político posible. Es el momento de que la industria de la aviación empiece a contribuir a los desafíos a los que nos enfrentamos. No hay excusas, ni tiempo que perder.

Carta a la generación que no estará aquí dentro de veinte años

Publicado originalmente en el European Green Journal el 11 de julio de 2016, y en ctxt.es el 20 de julio de 2016. English version here.

La Unión Europea ha llegado a una encrucijada de caminos. Los desafíos a los que se enfrenta están poniendo en tela de juicio su propio futuro de integración; y en este contexto, las y los jóvenes se han convertido en un factor fundamental. Están jugando un papel determinante en procesos que, en diferentes lugares y para sorpresa de quienes están a cargo del proyecto europeo, están definiendo nuestra sociedad. Y todo hace pensar que seguirán haciéndolo.

El menosprecio electoral histórico que ha padecido la juventud ha tenido como consecuencia una distribución desproporcionada de los costes de la crisis, que ha empujado a las y los jóvenes hacia los verdaderos extremos de la sociedad. Ese padecimiento ha llevado a la indignación, y la indignación a ser parte de procesos de transformación de enorme trascendencia en la Unión Europea. Los/as jóvenes se han convertido en actores esenciales en cambios políticos tanto de regeneración como de inversión democrática, y esto está ocurriendo sin que todavía la sociedad parezca haber tomado consciencia de ello. El horizonte de la Unión Europea no lo conocemos: puede ser de progreso y unidad, o de desintegración. Pero sea cual sea, la necesidad de incluir a la gente joven entre las soluciones a la encrucijada en la que estamos es incuestionable. Porque ya definen el horizonte de la UE; y porque serán ellos quienes, cuando llegue, seguirán aquí.

El derecho a vivir una vida independiente

Las palabras desempleo y juvenil se han repetido insistentemente la una junto a la otra en los últimos tiempos. Y palabras es, seguramente, la mejor manera de resumir la respuesta política que se ha dado a este problema en los últimos años: palabras, y poco más. Una carencia casi total de acción y de políticas sociales junto a unas cifras de presupuesto del todo insuficientes [1] han permitido que el desempleo juvenil a día de hoy alcance todavía un 45,3% en España y un 48,9% en Grecia [2], mientras que en la UE continúa en un 19,4%. Esto significa que, en ambos países, de cada dos personas menores de 25 años buscando activamente un puesto de trabajo solo una de las dos es capaz de encontrarlo. En relación al desempleo total, la tendencia no ha cambiado prácticamente en los últimos veinte años: el desempleo juvenil y el desempleo total se han mantenido prácticamente paralelos, siendo el primero algo más de dos veces el segundo, tanto en España como en la UE.

Para ser capaces de entender la gravedad de la situación a la que se ha llevado a las y los jóvenes en los últimos años, varios datos completan bien el retrato. A nivel laboral, la tasa de desempleo juvenil de larga duración es un buen ejemplo: en España llega al 39,2%, en Grecia o en Italia supera el 50% y alcanza un 33,6% en la Unión Europea [3]. Esto es: más de un tercio de los/as jóvenes de menos de 25 años que buscan un trabajo en la UE llevan más de 12 meses haciéndolo.

Otro dato significativo es el porcentaje de jóvenes trabajadores/as temporales (71,3% en España, 43,6% en la UE [4]), que refleja bien el tipo y la calidad del empleo al que están abocados los/as jóvenes que sí encuentran uno. Y significativo también es el porcentaje real de trabajadores/as jóvenes autónomos en la Unión Europea: solo un 4% de los 19,4 millones de jóvenes que están trabajando [5]. Este porcentaje, que se ha mantenido constante a lo largo de la crisis, transmite las posibilidades de una propuesta que se ha repetido como un mantra (¡emprended!, les dicen; como si de ánimo fuera su problema) y que responsabiliza al individuo de un problema del que las instituciones deberían asumir las responsabilidades.

El desempleo es una parte, la más visible; pero hay otras. La tasa de riesgo de pobreza y de exclusión social también supera largamente al del resto de grupos de edad: En España, un 38,6% de los/as jóvenes entre 18 y 24 años están en riesgo de exclusión o pobreza (un 31,9% en la UE), mientras la tasa total es del 29,2% (24,4% en la UE) [6]. Además, la evolución de estos datos en los últimos diez años ha sido desproporcionadamente negativa para los/as más jóvenes. En 2005 la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social de los jóvenes en España era incluso menor que la total (21,7% para el rango 18-24 años con respecto a 24,3% para el conjunto de grupos de edad). En la UE, mientras que ha disminuido la tasa total desde 2005 (entonces era de un 25,8%), ha aumentado entre las y los jóvenes.

En Europa, particularmente en el sur, se ha empujado a una parte importante de la sociedad a una situación de drama social sin precedentes. Se ha forzado a cientos de miles de jóvenes a dejar España desde 2011 [7], con el coste que prescindir de su talento, motivación y contribución a sostener el Estado de Bienestar va a suponer en el futuro. Se ha arrebatado las perspectivas de futuro a una parte importante de una generación a la que se califica como perdida, y para la que se da por sentado que cuando por fin la crisis haya terminado ya será demasiado tarde. Se les ha quitado el derecho a vivir una vida independiente y a tomar sus propias decisiones, obligándoles a aceptar cualquier empleo, a trabajar a cualquier precio, a estudiar lo que el mercado laboral dictara, a volver al hogar paterno [8]. Y las consecuencias de todo esto se sabe que perdurarán en el largo plazo afectando al desarrollo tanto personal como profesional.

Hombres blancos de 50 años y en corbata

¿Por qué?, nos preguntamos. ¿Por qué a los/as jóvenes? Para entenderlo, las palabras que mejor explican cómo hemos llegado hasta aquí son otras dos: participación y democracia.

Desde el punto de vista de la élite política, la cuestión ha sido clara. Por debajo de los 18 años los/as jóvenes no pueden votar y por encima generalmente no les interesa la política. A lo largo de la historia reciente han sido un sector electoralmente desmovilizado al que la clase política no ha prestado atención: a quienes tienen más de 60 años sí se les atiende. No han sido un grupo cohesionado de electores que se movilizara en torno a unos intereses concretos —a pesar de ser más de 65 millones de votantes de menos de 30 años en la Unión Europea— y a los que los partidos podían apelar con determinadas políticas. En Economía Política son un caso de libro.

De manera que los parlamentos siguen siendo, mayoritariamente, lugares de trabajo de hombres, blancos, de 50 años y en corbata. Concretamente en el Parlamento Europeo la edad media es de 53 años [9]. En el Congreso de los Diputados ha descendido en la XI legislatura gracias al cambio generacional que ha conllevado la entrada de nuevos partidos, situándose en los 47 años [10], siendo la media de edad en España 43 años. Pero la clase política no ha dejado de envejecer [11]. Los parlamentos no reflejan todavía la diversidad de la sociedad que representan —en términos de género, edad, etnia u otros—, y esa falta de voz y de representación tiene como consecuencia que las y los jóvenes hayan asumido una mayor proporción de los costes que ha tenido la crisis, en todas sus vertientes. Efectivamente, no les representaban, y parece que tampoco buscaban hacerlo.

Lo están cambiando todo

Pero inesperadamente se indignaron. De diferentes maneras, en diferentes sitios y con distintos objetivos, las y los jóvenes han reaccionado. A lo largo y ancho de la Unión Europea la gente joven está jugando un papel determinante en procesos que están definiendo el sentido hacia el que camina el proyecto europeo. En direcciones, además, muy desiguales. No tener esto en cuenta es un error de enorme envergadura que ya está teniendo importantes consecuencias.

Uno de esos procesos fue el que se desencadenó entre los meses de mayo y junio de 2011 en diferentes ciudades españolas. Las y los indignados no fueron un movimiento exclusivamente de gente joven sino un grupo diverso en el que se mezclaron personas de todas las edades. Una de sus señas de identidad era, de hecho, esa transversalidad: tanto social, como generacional o ideológica. Pero el papel central que jugaron los y las jóvenes en la conformación y organización del 15M fue de enorme importancia, más allá del cual sus ideas fueron después compartidas de una forma mucho más extensa.

La repercusión que ha tenido este movimiento ha sido de una envergadura que todavía no concebimos completamente. El empoderamiento de tantas y tantos ciudadanos y el descubrimiento de formas no convencionales de participación han tenido como consecuencia un cambio completo en el mapa político de nuestro país como en 2011 no era imaginable. Un cambio de marco discursivo, que confrontó la narrativa de “No hay alternativa” y la reemplazó por otra donde palabras como transparencia, regeneración, participación, bien común o primarias —que no existían en el vocabulario político más allá del de partidos como EQUO, todavía minoritarios— se volvieron imprescindibles. Un cambio total en la agenda política, que pasó a priorizar el rechazo a la corrupción, los desahucios y la austeridad; y que generó plataformas y proyectos políticos y periodísticos, nuevas corrientes en la arquitectura y transformaciones en nuestra forma de consumir y de comunicarnos. El 15M supuso en definitiva un cambio profundo de la realidad política, cuyas repercusiones llegaron a cruzar océanos y pueden seguirse percibiendo incluso 5 años después. En las plazas de París, mientras escribo estas líneas, las y los indignados de Nuit Debout se mantienen en pie ante una clase política que les teme, consciente de lo que protestas ciudadanas semejantes engendraron en España o en Italia hace muy poco tiempo. Les temen; y tienen razón en hacerlo.

Las consecuencias de ese estallido de movilización y participación en que miles de jóvenes se sumergieron transcendieron, por lo tanto, lo estrictamente electoral. Pero tanto en España como en otros países la implicación política de la gente joven está teniendo unas consecuencias extraordinarias, que deben igualmente analizarse.

En España, los partidos que han sabido movilizar a los/as votantes jóvenes han obtenido unos resultados que eran imprevisibles hace solos unos años. La coalición valenciana Compromís fue uno de los primeros en hacerlo: consiguió crecer entre las elecciones generales de 2011 y las de 2015 del 4,8% de los votos al 25,09%, y lo hizo convirtiéndose en la fuerza más votada en la franja de votantes menores de 34 años [12]. Desde 2015 gobierna también en la Comunidad Valenciana, junto al Partido Socialista.

Otro ejemplo es Podemos. Un partido que se crea en los meses previos a las elecciones Europeas de 2014 y cuya vinculación al movimiento de los/as indignados/as de 2011 es indiscutible, ha conseguido convertirse en una opción real de gobierno en España, para desconcierto de los dos partidos que se reparten el poder desde el fin de la dictadura de Franco. El Centro de Investigaciones Sociológicas estima que el 35% de los menores de 35 años votó a Podemos en las elecciones generales de 2015 [13], mientras que las otras tres fuerzas políticas principales obtuvieron en esa franja de edad alrededor del 15% de los votos. La ruptura generacional y su impacto en el cambio de escenario político en nuestro país se percibe incluso en el partido Ciudadanos, segunda opción entre los/as menores de 35 años y fuerza insignificante entre los sectores de más de 54 años.

La gente joven tiene la capacidad de generar verdaderas transformaciones en el mapa político de nuestros países si se moviliza para votar. Así está ocurriendo en España, pero también en muchos otros países. En direcciones muy diferentes.

En Grecia, en las elecciones de junio de 2012, Syriza (que acababa de conformarse como partido) y Aurora Dorada (partido de ideología fascista) alcanzaron un 26,9% y un 6,9% de los votos respectivamente, y lo hicieron convirtiéndose en las primeras fuerzas entre los menores de 35 años. Syriza obtuvo un 37% de los votos entre los menores de 25 años; mientras que Aurora Dorada, que entraba en el parlamento por primera vez, alcanzó un 13% en esa franja de edad y un 16% entre los/as votantes de 25 a 34 años [14]. El Partido Verde de Inglaterra y Gales, que en los últimos años ha experimentado un aumento extraordinario de porcentaje de voto y de influencia, lo ha hecho aumentando el número de afiliados jóvenes de 1.300 en 2013 a 14.000 en 2015 [15]. En Austria, único país de la UE donde se permite el voto a los mayores de 16 años a escala nacional y donde el ascenso del partido xenófobo FPÖ y del Partido Verde se ha percibido como un tsunami electoral, un 51% de los hombres de menos de 29 años votaron a FPÖ en la primera vuelta según las encuestas [16]. En Francia, el Front National de Marine Le Pen cosecha el 35% de los votos entre los/as votantes de 18 a 35 años. Y podríamos seguir: Holanda, Dinamarca, Polonia… países, todos, con realidades semejantes [17]. Mientras escribo esto, la relevancia que están adquiriendo las y los jóvenes en las semanas previas al referéndum de Reino Unido sobre su pertenencia a la Unión Europea puede resultar decisoria en el resultado de la votación [18].

La influencia de los jóvenes en los mayores desafíos a los que se enfrenta la Unión Europea va más allá, incluso, de lo estrictamente político o electoral. La radicalización de jóvenes europeos reclutados en las afueras de ciudades como Bruselas o París, y su participación en atentados terroristas, debe ser entendida responsabilizando no al Islam, sino a las políticas públicas en materia de juventud y de integración, como señalaba recientemente The New York Times [19]. Debe ser entendida desde una perspectiva mucho más amplia, que contemple la evolución de la exclusión social, laboral y educativa de muchos de esos jóvenes desde hace décadas; y que considere que se convierte en extremista lo que se ha abandonado en los extremos.

El futuro de la Unión Europea depende de ello

El abandono al que se ha sometido históricamente a la población más joven por motivos electorales ha tenido unas consecuencias desproporcionadas en la última década. La crisis económica, las políticas neoliberales que decían combatirla, la falta de integración y la falta de solidaridad de la Unión Europea han empujado a los jóvenes a los verdaderos bordes de la sociedad a nivel social, económico y laboral. Sin embargo, a su vez, la juventud de muchos países de la Unión Europea está reaccionando, de manera organizada o no, conformándose como una fuerza de profunda influencia tanto para la integración como para la desintegración de la UE.

La juventud no es una fuerza homogénea. Los problemas de la gente joven en Alemania no son los mismos de quienes vienen del Sur, por lo que no parece razonable intentar predecir un horizonte colectivo. Lo que sí parece importante es entender que los/as jóvenes son una fuerza catalizadora capaz de generar transformaciones que abarcan la totalidad del espectro político: tanto hacia regeneraciones progresistas basadas en los derechos humanos y en la higiene democrática; como hacia opciones nacionalistas, xenófobas o extremistas. Y esto merece que se le preste atención. La gente joven ya está jugando un papel fundamental en dibujar el horizonte de la Unión Europea. Es el momento de que quienes están a cargo del proyecto europeo lo tengan en cuenta. El futuro de la Unión Europea depende de ello.

 

[1]         http://www.euractiv.com/section/social-europe-jobs/opinion/youth-employment-together-we-can-make-a-change/

[2]         Eurostat, datos de febrero de 2016: http://ec.europa.eu/eurostat/documents/2995521/7225076/3-04042016-BP-EN.pdf/e04dadf1-8c8b-4d9b-af51-bfc2d5ab8c4a

[3]         Eurostat, datos del tercer trimestre de 2015: http://ec.europa.eu/eurostat/web/gdp-and-beyond/quality-of-life/long-term-unemployment-rate

[4]         Jóvenes entre 15 y 24 años. Eurostat, datos de 2015: http://goo.gl/vmgCvb

[5]         Eurofound 2012: http://www.eurofound.europa.eu/publications/report/2012/labour-market-social-policies/neets-young-people-not-in-employment-education-or-training-characteristics-costs-and-policy

[6]         Eurostat, datos de 2014: http://goo.gl/jHY1KQ

[7]         http://www.lasexta.com/noticias/sociedad/ine-cifra-medio-millon-numero-jovenes-que-han-emigrado-crisis-marea-granate-multiplica-cinco_20160103572407eb4beb28d446005f23.html

[8]         La edad media de emancipación de los/as jóvenes es 29,1 años en España (26,2 en la UE) y aumenta imperturbablemente. Eurostat, datos de 2014: http://appsso.eurostat.ec.europa.eu/nui/show.do?dataset=yth_demo_030&lang=en

[9]         http://www.europarl.europa.eu/EPRS/EPRS-Briefing-542150-European-Parliament-Facts-and-Figures-FINAL.pdf

[10]       http://www.elespanol.com/espana/20160118/95490513_0.html

[11]       Los datos señalan que la edad media de los diputados del Congreso en 1979 era de unos 42 años, mientras que en 2008 era de 49. Politikon: http://politikon.es/2013/07/08/cuando-la-politica-se-hizo-vieja/

[12]            El Mundo, 25/10/2015: http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2015/10/25/562bc3f7e2704ee15a8b463d.html

[13]            El Español, 07/05/2016: http://www.elespanol.com/espana/20160507/122987812_0.html

[14]            Golden Dawn and Its Appeal to Greek Youth, Alexandros Sakellariou, Friedrich Ebert Stiftung: http://library.fes.de/pdf-files/bueros/athen/11501.pdf

[15]            Huffington Post, 14/01/2015: http://www.huffingtonpost.co.uk/2015/01/14/why-is-the-green-party-successful-british-youths_n_6470326.html

[16]            Zeit, 25/04/2016: http://www.zeit.de/politik/ausland/2016-04/oesterreich-wahl-norbert-hofer-waehler

[17]            Deutsche Welle, 14/12/2015: http://www.dw.com/en/young-people-vote-far-right-in-europe/a-18917193

[18]            El País, 28/05/2016: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/05/28/actualidad/1464449020_948036.html

[19]            The New York Times, 08/04/2016: http://www.nytimes.com/2016/04/08/world/europe/belgium-brussels-islam-radicalization.html?_r=0

El cambio climático lo cambia todo, empezando por la política

Publicado junto con Florent Marcellesi, en eldiario.es el 14/07/2016.

El cambio climático es el mejor relato contra el capitalismo desregulado. El modelo social, económico y político actual lleva décadas llevándose por delante las leyes y los derechos de la gente, a nivel social, laboral y fiscal. Pero por primera vez se está encontrando con otras leyes, las de los ecosistemas, que están probando de manera definitiva su inviabilidad. El cambio climático recuerda a aquella previsión, vaticinada por Marx, de que el capitalismo se dirige hacia su propia extinción. Pero la diferencia con aquel entonces es que, finalmente, la necesidad de combatir esta amenaza está pasando a ser parte del propio sentido común.

Combatir el cambio climático ya es una narrativa que ocupa la totalidad del espectro político; incluso entre quienes no quieren que el sistema económico cambie. El Acuerdo sobre el clima de París ha jugado un papel fundamental en alcanzar esta hegemonía, consiguiendo que todos los actores políticos, sociales y empresariales (incluyendo multinacionales y fondos de inversión) reconozcan la necesidad de reajustar, en mayor o menor medida, nuestro modelo de producción y de consumo para poner límite al calentamiento global. Unos lo hacen porque quieren vivir una vida mejor y más justa; otros, porque son conscientes de los costes millonarios que conllevaría reaccionar demasiado tarde. Sea por lo que sea, el cambio climático se ha convertido en una nueva normalidad que ya marca la agenda política, social y económica. Y esto es una gran oportunidad.

Porque, como dice Naomi Klein, el cambio climático lo cambia todo. Nos concede la posibilidad de crear un nuevo proyecto de sociedad, transversal e innovador, respondiendo a la vez a los problemas del presente y a los retos del futuro. Cambia la forma en que pensamos, vivimos, producimos, consumimos, gestionamos lo común y hacemos política. Y de la misma forma, muy pronto, empezará a cambiar la manera en que votamos.

Si fuéramos valientes y transformáramos nuestro modelo de desarrollo a otro donde la producción de energía limpia y su gestión de forma descentralizada fueran la piedra angular, resolveríamos simultáneamente varios problemas, además de la cuestión climática: reactivaríamos nuestra economía reemplazando austeridad por inversión verde, crearíamos millones de empleos dignos y sostenibles, volveríamos a poner en mano de la ciudadanía el control de la energía, rechazando tratados de comercio e inversiones como el TTIP o el CETA que ponen en riesgo nuestros derechos, ahorrando miles de millones de euros en importar del exterior energías sucias, al mismo tiempo que dejaríamos de meternos en guerras por el petróleo y de financiar a Estados responsables de la violación sistemática de derechos humanos, mientras actuamos contra la primera causa de migración en el mundo, la climática. El sol y el viento no son solamente dos de los recursos que poseemos con abundancia en nuestro país: además son parte de nuestra identidad, y nuestros mejores aliados para liderar una transición energética donde la solidaridad y la democracia sean la pieza central del presente y el futuro.

Tenemos que aprovechar esta oportunidad. Primero por razones de justicia social: El cambio climático golpea de manera desproporcionada a las personas más vulnerables y a las clases populares y medias. Sus consecuencias afectan intensamente a quienes dependen laboralmente de un clima estable, como en el sector de la agricultura o el turismo; a quienes no tienen dinero para encender la calefacción cuando bajan de forma extrema las temperaturas; a quienes pierden la vida en olas de calor por no tener a nadie que les cuida; a quienes emigran porque sus tierras se han convertido en un desierto; y a quienes, en definitiva, ven mermados sus derechos laborales, sociales y humanos, y sus legítimas perspectivas de futuro.

Pero también por otra razón: porque podemos tener una vida mejor. Combatir las causas del cambio climático significa comer y estar más sanos, respirar aire limpio en nuestras ciudades, tener empleos decentes y estables, movernos con libertad en vez de atrapados en atascos o tener acceso a una energía más barata, menos contaminante, gestionada local y cooperativamente por la ciudadanía. Significa ir más allá de las élites políticas tradicionales y los oligopolios que privatizan los beneficios y socializan las deudas, y diseñar un sistema político y económico cuyo motor sea la igualdad, la calidad de vida y la sostenibilidad. Cuesta imaginar quién podría estar en contra de todo esto.

Ahora o nunca

Publicado en infoLibre el 30/11/2015.

Hoy, 30 de noviembre, los gobiernos de prácticamente todos los países del mundo se reúnen en París con el objetivo de pactar una solución global a uno de los mayores retos del siglo XXI: el cambio climático.

Llevan años preparando este encuentro, y no es para menos. Hambrunas, sequías, cultivos arruinados, fenómenos meteorológicos extremos… escenarios propios de la ciencia ficción que ya están teniendo lugar y que responden a una causa común: el calentamiento global y el cambio que conlleva en el sistema climático.

El clima ha cambiado siempre, y por muchas razones. Ya cambiaba intensamente antes de que los humanos poblásemos el planeta. Pero en los últimos miles de años se ha dado un período de extraordinaria estabilidad climática —el Holoceno— que ha permitido, entre otras causas, el desarrollo de nuestras sociedades. Esta estabilidad, de una enorme fragilidad, se está viendo afectada por el cambio climático. Esa es una de las conclusiones fundamentales del quinto informe de evaluación (AR5) del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), reunido por Naciones Unidas: “el calentamiento del sistema climático es inequívoco, y muchos de los cambios observados desde los años 50 no han tenido precedentes en los últimos milenios”. Otra conclusión clave del informe es que las actividades humanas son la causa principal del cambio climático observado desde mediados del siglo XX.

El clima está cambiando, lo que ya está impactando en nuestra forma de vida de manera significativa, y no estamos reaccionando. A pesar del trabajo de concienciación y de las movilizaciones de las últimas décadas, las emisiones de gases de efecto invernadero —responsables del calentamiento global— no sólo no se están reduciendo, sino que están aumentando a ritmos cada vez más rápidos. Y sus efectos, especialmente graves en las zonas más vulnerables del planeta, los estamos percibiendo también en Europa, con la contaminación de nuestras ciudades y patrones climáticos —como sequías en zonas áridas— que se intensifican.

El cambio climático ya no puede evitarse. La cantidad de gases de efecto invernadero vertida a la atmósfera ya hace irreversible el calentamiento. Lo que aún podemos hacer es limitarlo, si reaccionamos rápido, a un aumento máximo de 2ºC con respecto a tiempos preindustriales, como ha marcado la comunidad científica, y de eso depende la cumbre del COP21, en París. Nos jugamos mucho en muy poco tiempo. Y no debemos olvidar que si debemos reaccionar no es solo por el planeta, ni por la naturaleza, ni por el resto de seres vivos: la biosfera seguiría funcionando después de un cambio de los ecosistemas a gran escala, incluso habría especies que podrían beneficiarse de un calentamiento semejante. Es la vida humana, principalmente, la que se vería amenazada por ese cambio. No lo olvidemos: lo hacemos por nosotros mismos.

El ISIS y el Oro Negro

Publicado en Público el 26/11/2015.

Rosa Martínez, coportavoz de EQUO (@RosaM_Equo)
Guillermo Rodríguez, miembro de EQUO (@willrodrob)

El ISIS tiene todo el dinero que necesita. Eso no era ningún secreto. Entre sus muchas fuentes de financiación —como la extorsión, las donaciones o el tráfico de seres humanos— hay una que sobresale hasta ahora sobre todas las demás: el petróleo. La explotación de campos petrolíferos en Irak y Siria y su exportación ilegal a través de países como Turquía han supuesto la principal fuente de financiación de esta organización terrorista: entre 1 y 3 millones de dólares de ingresos al día, todos los días. A esto hay que sumarle las donaciones particulares, mayoritariamente de hombres acaudalados de los países del Golfo. Otra vez, el petróleo.

El petróleo es una fuente de energía sucia, y no sólo por contaminante. El control de las reservas de petróleo, gas, uranio y otros recursos energéticos mediante la violencia hace mucho que domina la geopolítica del mundo en que vivimos. Conflictos como Afganistán, Irak, Libia o Siria, que generaron la creación y radicalización de grupos yihadistas como el ISIS, son algunos ejemplos de las injerencias occidentales por intereses vinculados a los recursos naturales. Otro ejemplo del precio que pagamos por el petróleo que consumimos: el silencio de la comunidad internacional ante las continuas violaciones de derechos humanos en Arabia Saudí.

Intervenciones militares de países como Francia en Libia o Irak, donde petroleras francesas se reparten beneficios; o en Mali, de donde Francia importa uranio para su producción nuclear, no justifican de ninguna forma matanzas como la del 13 de noviembre en París: responsables son solo los que matan. Sin embargo, cualquier explicación o análisis que las obvie errará en la búsqueda de soluciones.

 Que París sirva para que Europa reaccione. Nuestra excesiva dependencia del exterior de fuentes de energía como el petróleo, el gas o el uranio no es sólo una insensatez, por la inseguridad energética a la que nos exponen conflictos como el de Ucrania; sino también una hipocresía. Este modelo energético confronta el discurso de los valores europeos con las violaciones de derechos humanos a las que sometemos a millones de personas con nuestras guerras y nuestros contratos. Además, es también una gravísima imprudencia, ya que nos impide actuar con responsabilidad ante uno de los mayores retos de la humanidad en el siglo XXI: el cambio climático.

Y no deja de ser paradójico que la Cumbre del Clima, que empieza en París el próximo lunes, se vea mermada política y organizativamente por la misma causa que un acuerdo poderoso y vinculante en esta materia podría combatir. ¿Se imaginan todo lo que ganaríamos usando otras fuentes de energía que no fueran el petróleo? Es evidente, beneficios para la mayor parte de la humanidad, pérdidas para unos pocos.

La buena noticia es que existe una alternativa para reducir nuestra dependencia energética, limitar los conflictos geopolíticos vinculados a los recursos energéticos, dejar de financiar a grupos terroristas y además contribuir a la lucha contra el cambio climático: las energías limpias y renovables. Si conseguimos además que la producción de energía sea controlada por la ciudadanía conseguiremos, al mismo tiempo, redistribuir esta parcela de poder, hoy en manos de grandes multinacionales con muchos intereses y muy pocos escrúpulos. Energías limpias, sí: también en democracia y derechos humanos.

El liderazgo valiente y colectivo que nos hace falta

Rosa y yo hemos compartido muchas cosas. Hemos trabajado juntos, nos hemos peleado, hemos vivido aventuras en países lejanos que seguramente algún día contemos. Y de todos esos momentos buenos y no tan buenos creo que puedo decir que, como la buena amiga que es, la conozco bien. Y creedme: ella es a quien necesitamos en primera línea en estos tiempos tan difíciles, y tan importantes, que tenemos por delante.

Primero porque necesitamos a alguien valiente como ella que nos haga romper el techo de cristal que, en EQUO, nos hemos encontrado. Que vaya a más, que nos abra camino, y que sea capaz de llevarnos adonde hace cuatro años decíamos que nos dirigíamos. Ahora es el momento, eran nuestras palabras. Bueno, ahora, lo es. Y necesitamos a quien pueda de veras ponernos en sus puertas.

Segundo, porque yo no he conocido a muchos que tengan esa capacidad para comunicar, para contarlo: sabemos que nuestro problema ha sido y es que no se nos entiende, ¿por qué no lo cambiamos? Creo que nuestra obligación es conectar con la calle y hacer que nuestro proyecto entre y forme parte del cambio por el que llevamos tanto tiempo trabajando. Eso pasa por poner delante a quien lo pueda hacer: y hoy, Rosa es esa persona.

Y tercero, porque una vez alguien dijo que no se deben esperar resultados diferentes actuando siempre de la misma forma. Y el momento es ahora: la oportunidad está ante nosotros y necesitamos a alguien con la valentía y la fuerza de luchar por nuestros valores y poner a EQUO en todas las bocas y todas las televisiones. De ponernos en el cambio, porque para que de verdad lo sea, sabemos que nos necesitan.

Creo que lo que se plantea detrás de estas votaciones es la decisión de cuál queremos que sea nuestro liderazgo, de cuál queremos que sea nuestro proyecto: el que se conforma en torno a una persona, o el que se construye en torno a un colectivo. Yo creo que lo que Rosa ha sabido construir por encima de todo es un proyecto de todos, y también de todas, una plataforma en la que yo veo representada esa propuesta de regeneración democrática que traemos desde el principio. EQUO, la nueva política, era esto: era donde no se devuelven favores, era que quien de entre todas y todos pensemos que es la mejor, salga elegida. Y creo que esta es una idea que no podemos olvidar para quienes, como EQUO, no buscamos una butaca en el congreso sino liderar un proyecto de transformación incluyente y regenerador.

Porque para mí eso es lo que es Rosa: un liderazgo amable, inclusivo. Un liderazgo que representa todo lo valiente, lo cercano y lo diverso que es nuestro proyecto y que es el cambio en el que ya nos encontramos. El de Ada, el de Mónica, el de Manuela y, también, el de Rosa. El nuestro.

Una historia de placer y sufrimiento

En China viví diez días en un monasterio. Por entonces estaba trabajando en una granja en la provincia de Hubei. El que había sido el maestro budista de la señora en cuya granja trabajaba, un hombre de unos sesenta años, sonriente y muy delgado, vino de visita una mañana. Con un inglés rudimentario, aunque lleno de voluntad, conversamos en la comida y los tés que la siguieron y me propuso que fuera con él a su monasterio. Yo aprendería a meditar y a cambio enseñaría inglés a la decena de estudiantes que allí vivían. Sólo unos días, me dijo. Liudan, la granjera, estaba de acuerdo.

El monasterio estaba a pocas horas de viaje, en una zona inundada de lagos y colinas. Allí conocí a un joven de mi edad que se dedicaba a la meditación: un meditador, me dijo que era. Él también estaba de paso. En una vida anterior, o eso debía de parecerle, había trabajado en el mundo financiero, en Shanghái. Fue él quien me contó esta historia.

Es la historia de Buda, o una parte de su historia. Y seguramente difiera de cualquier otra historia que de él pueda contarse: pero esta es la que aquel joven me contó a mí. Es la historia de otro mediator, pues eso era entonces Buda, aunque su nombre era todavía Siddharta Gautama. Durante muchos años y al igual que muchos como él Buda se dedicó a practicar un tipo de meditación muy similar al que yo estaba aprendiendo en ese monasterio: el samatha. Centrándose en su respiración, con calma, concentrado, conseguía apartar los pensamientos que llegaban a su mente, vaciándola, y de esa manera llegaba a controlar su cuerpo hasta alcanzar el estado final, el samadhi. Dicen que quienes llegan a ese estado pueden aumentar la temperatura de su cuerpo hasta hacerlo arder en llamas.

Sin embargo, Buda seguía sintiendo dolor. Se dio cuenta de que a pesar de ser capaz de controlar su cuerpo no podía controlar el sufrimiento, no podía evitarlo. Fue entonces cuando emprendió un camino que no se había recorrido hasta entonces y que llega hasta el día de hoy: el vipassana. La búsqueda de la verdad, para algunos; la sabiduría, para otros. Otro tipo de meditación que desemboca en el estado en que puedes no sentir, en que dejas de sufrir: el arohato. Buda alcanzó el arohato. Y desde entonces hay muchos como él que le siguen para alcanzarlo.

Me contó también aquel joven que ese camino tiene tres partes: el anicca, el dukkha y el anatta. Se recorre proponiendo que aunque los seres humanos querríamos acabar indefinidamente con el sufrimiento y prologar el placer, aunque querríamos que éste durara para siempre, ambos son transitorios y forman parte necesariamente de nuestra existencia. Aunque intentemos negar el dolor, aunque intentemos evitarlo, el único camino para dejar de sentirlo pasa precisamente por su aceptación. Por aceptarlo, pero como algo que está fuera de nosotros, que nos es ajeno, que no nos conforma. No somos lo que sentimos.

El anatta también plantea algo que de manera parecida se repite en otras religiones a lo largo de todo el mundo: la idea de que todos los seres humanos —junto con el resto de seres, vivos o no, que nos rodean— formamos parte de un mismo ente, que algunos llamaron Dios, otros Pachamama. La sospecha, repetida, de que no hay un yo. De mi tiempo en Asia yo me llevo otra sospecha: la tendencia del ser humano a entregarnos a la inercia, a que todo siga como está, cuanto más avanzamos en el camino hacia comprender nuestra posición en el mundo. Que entender mejor el lugar donde estamos y nuestro papel en él no nos impida intentar cambiarlo.

 

DSC_0929 copy

Hacerse rico es glorioso

DSC_0642 copy

Esas fueron las palabras con las que en los años 80 el exlíder chino Deng Xiaoping marcó el inicio de un cambio que abrió la República Popular China al resto del mundo. Desde entonces, la carrera ha sido frenética, en un país donde los contrastes se perciben desde la calle hasta el Parlamento: el crecimiento colosal, que amenaza la hegemonía estadounidense y la influencia europea, del que es todavía uno de los países más desiguales del planeta; el aumento de las protestas y el activismo pro democracia y derechos humanos, de la mano de su persecución y del aumento del presupuesto de seguridad interior (policial, entre otros) por encima incluso del creciente presupuesto militar; y otros, como la corrupción y su ejemplar –tal vez aparente– limpieza, o la confirmación de que, efectivamente, “el límite de China se encuentra en el cielo”.

Lo que apenas encontré en China fue conciencia. Excepto de unos pocos mayores, a los que la única manera de acceder era en mandarín, la falta de interés y de compromiso era extensa, especialmente entre las y los jóvenes: su gobierno defendía sus intereses y cualquier crítica a sus funciones era seguramente falsa y susceptible de pretender desestabilizar a China y sus habitantes. Era difícil entender si se debía a los laxantes de ese particular libre mercado –en el que la dictadura no la ejercen los mercados, sino el propio gobierno, al que los ciudadanos ni votan ni, en gran número, desean votar–, a la aquiescencia del budismo, del que hablaremos pronto, o a la docilidad impuesta por un gobierno al que no le ha temblado la mano cuando ha visto peligrar su poder. Un ejemplo de ello fue la matanza de Tiananmén, que actuó sobre la población china como si de una violación se tratase, forzando su silencio y su amnesia hasta el día de hoy.

Hay una idea que escuché con insistencia, de jóvenes, mayores y extranjeros: la sociedad china no tiene la edad suficiente. Son inocentes, inmaduros, desconocen lo que les conviene, y necesitan de quienes sí lo saben para que decidan en su lugar. Como niños, me decían, en una metáfora que como tantas otras veces relega la democracia por detrás de la eficiencia, de los que mejor saben cómo hacerlo, de lo que se debe hacer. Pero quién decide a quienes mejor lo hacen, de qué manera se selecciona a los mejores, son preguntas para las que nadie parece tener respuesta, ni dentro ni fuera de China. Y ante eso, la cuestión deja de ser quién lo hará mejor, para convertirse en quién tiene la legitimidad de hacerlo. Como en Europa y en tantas otras partes del mundo, sin la participación de la gente, no hay crecimiento equitativo y sostenible posible.

DSC_0126 copy