La huida de los jóvenes: Una fuga lenta pero implacable

No llevan maletas de cartón, ni hay aglomeraciones en el andén de la despedida. No se marchan en grupo, sino uno a uno. Aparentemente nada les obliga”, escribía hace tres años Concha Caballero en el artículo llamado, como la obra de Balzac, las Ilusiones perdidas. Desde entonces muy poco ha cambiado. Una fuga lenta pero implacable de los y las jóvenes de nuestro país continúa, día a día, año a año, sin que nadie parezca notarlo. Sin que desde el gobierno nos lleguen nociones de que conocen el problema o pretenden solucionarlo.

Lo que nos llega son sus ánimos a encabezar la huida, como si de una excursión campestre se tratara. “Irse a Alemania es estar en casa”, dicen. Solución sencilla para reducir las cifras de desempleo, hacer que los desempleados salgan de las cifras.

La realidad es que la movilidad voluntaria de la que tanto oímos hablar es difícil de definir. Porque voluntaria es una decisión cuando se tiene la posibilidad de rechazarla o cuando, al menos, se tiene una alternativa que escoger. Y muchos jóvenes en este momento lo cierto es que no la tienen.

La huida de las y los jóvenes de nuestros países tiene dos consecuencias inevitables. Una es el coste social que conlleva dejar familia, tierra e idioma para enfrentarse, con la duda de si será de manera definitiva, a la dureza y a la intemperie de la distancia. La otra, la fuga de cerebros, demoledora, que precisamente despide a los que podrían cambiar las cosas en el país en que se formaron.

Porque esta nueva forma de emigración es diferente. Ahora se van los más preparados, que serán aceptados con mucho gusto al otro lado de nuestras fronteras. Pero la cuestión que queda es, yéndose los que pueden hacerlo, ¿qué ocurre con los que se quedan? ¿La peor cara de esta realidad está en los que tienen la suerte -y los medios- para marcharse? ¿O parece que está en los que no los tienen?

Avergüenza que esta movilidad exterior de colorete y pintalabios se dibuje como la solución dorada ante lo que está viviendo, de forma cada vez más insostenible, la juventud en países como España. La solución tiene que encontrarse en enfrentar las desigualdades geográficas en Europa, en crear opciones de empleo en la propia comunidad y, por qué no, en facilitar el futuro retorno de la gente joven a sus países de origen.

Como en las Ilusiones Perdidas de Balzac, muchos valientes continúan dirigiéndose hacia sus destinos, tal vez ya no buscando la gloria, sino un trabajo con que vivir con dignidad. Esperemos poder, y en mejor grado que Lucien, volver a casa.

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