Sistemas binarios II

ComcapEl sistema comunista y el capitalista tienen una cosa en común: son ambos sistemas fracasados. Y mientras que del primero lo tenemos bastante claro, gracias a la propaganda del mundo en que vivimos, sobre el segundo uno todavía escucha contradicciones. No es difícil encontrarse con afirmaciones que aseguren que lo que mejor hace nuestro sistema y en lo que ningún otro puede igualársele es la defensa de la libertad; o que reconociendo las imperfecciones del mismo constaten que, sencillamente, hasta ahora no ha existido un sistema que haya funcionado mejor para las sociedades que ha organizado.

Me parecen ideas tan arraigadas como sorprendentes. En un planeta en el que existe la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades, la libertad no puede ser más que una mentirosa invención; porque no es libertad la que se sostiene sobre la sumisión de otros. Desgraciadamente nuestras libertades, así como el sistema en que vivimos, se sustentan precisamente sobre la falta de libertades y de derechos de otros muchos que nacieron demasiado lejos como para disfrutar de este sistema en vez de padecerlo. Sistema que ha sacrificado hasta ahora a cientos de millones de personas de la forma más cruel y violenta que se puede imaginar: abandonándolas hasta que mueren de hambre. Es verdad que podía decirse que el sistema capitalista había funcionado bien, hasta hace poco tiempo, para una pequeña minoría. Ahora ya no funciona para prácticamente nadie.

El sistema comunista, con su imperdonable represión de las libertades individuales y el ejercicio de la democracia, nos enseñó una lección de extraordinaria importancia: demostró que la pobreza material es una decisión política. Demostró que su erradicación es algo que se puede lograr responsabilizando a las instituciones y poniendo el peso de la sociedad a hombros de los que más tienen y no sobre los más vulnerables. Aunque solo esto no sea suficiente. Una profesora de Vladivostok me confesó en un tren: “En esos tiempos todo el mundo tenía comida, trabajo y un techo; y aun así, eramos pobres”. “La comida no lo es todo”, decía un antiguo estudiante del Berlín de la RDA, “que no nos paguen, pero que nos dejen decir lo que nos de la gana”. El fin de la miseria es solo el primero de los pasos -el más urgente- que deben acometer las instituciones en su defensa de los derechos de las y los ciudadanos: después deben venir todos los demás.

Los sistemas que han organizado nuestras sociedades hasta ahora no han sabido responder de forma completa a las cuestiones que, como la lucha de clases o la organización democrática, han acompañado al ser humano desde el principio. Pero hay otros problemas que estos sistemas no han tenido que enfrentar hasta ahora, y nosotros sí debemos hacerlo. La cuestión del acceso y propiedad de los recursos -especialmente los energéticos- es posiblemente la más importante y está rigiendo ya el juego de poderes del mundo en que vivimos. Necesitamos de nuevas apuestas completas y valientes, que haciendo de la justicia social uno de los motores principales del sistema y teniendo en cuenta lo inminente de los imperativos medioambientales, aprendan de los intentos fallidos de organización de nuestras sociedades hasta ahora para hacer frente a la crisis de civilización más grave en que de forma global nos hemos encontrado.

Necesitamos una alternativa. Y parece que estamos en el momento de crearla.

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