El Buen Vivir: La lucha y narrativa de EQUO

Leyendo la ponencia política que se discutirá este fin de semana en la Asamblea Federal de EQUO, me he dado cuenta de que las tres batallas de EQUO, la equidad, la sostenibilidad y la regeneración de la democracia, son hoy más actuales que nunca.

En estos cuatro años el sistema neoliberal ha continuado su descomposición, arrastrándonos con él en su decadencia. La sobreexplotación de personas y recursos para satisfacer los intereses de una minoría cada vez más despreciable ya no se soporta más. Sus estertores de corrupción, paro y pobreza empiezan a llegarnos roncos, delirantes, ante una calle que desafiante se despierta, preparada para recuperar lo que nos pertenece, lo público y la democracia; preparada para transformar un sistema que ya está a punto de romperse. Aquellas tres razones que nos reunieron una vez son hoy el objetivo de millones de personas, y no habíamos nunca hasta ahora estado tan cerca de alcanzarlas.

Ha llegado la hora de decir basta. Ha llegado el momento de dejar de sacrificar a la mayor parte de la población para el beneficio de unos pocos. Ha llegado el momento de que todas y todos tengamos las mismas oportunidades, de que nadie tenga que tener suerte para salir adelante: de que el objetivo último y primero de quienes nos gobiernan sea garantizar los derechos y necesidades de las personas, en una sociedad posible, que tenga en cuenta su entorno y que conozca sus límites; porque los suyos serán los nuestros. Ha llegado el momento de entender que es insensato pensar que podemos vivir ajenos a nuestro contexto; que esa es la peor de las utopías. Y de explicar que por lo que nosotros estamos luchando es una sociedad sostenible en lo social y en lo económico, sin hambre ni exclusión, sin discriminación, con estructuras financieras al servicio de la gente y no de sí mismas; y también en lo ambiental, porque en un país como España apostar por el sol, el viento y la gestión eficiente de la energía es apostar por la prosperidad económica, la creación de empleo y el bienestar social. Estamos luchando por una sociedad que se sostenga, y que lo haga con democracia: sólo siendo la ciudadanía quienes llevemos a cabo esta transformación recuperando nuestras instituciones podremos conseguirlo.

Estamos en una situación de emergencia, y también lo más cerca que hemos estado nunca de poder cambiarla. Es en este escenario de oportunidad donde EQUO tenemos que contribuir con esas alternativas poderosas, posibles y completas, esas alternativas que con rigor llevamos tanto tiempo trabajando, para llevar a cabo lo que en EQUO sabemos hacer: crear empleos, enfrentando el cambio global en el que nos encontramos con las oportunidades que tiene nuestro país; garantizar nuestras necesidades y derechos, conscientes de que esa es la responsabilidad de quienes llegan a las instituciones; asegurar el equilibrio de las cuentas públicas, a base de medidas de sostenibilidad económica y medioambiental y de justicia fiscal y social; y acabar con esa corrupción asquerosa, con ese abuso y perversión del poder, construyendo estructuras de gestión y participación radicalmente democráticas.

Garantizar el Buen Vivir, en definitiva. El interés de todas y todos, las necesidades básicas de todas las personas pero también su desarrollo personal, su elección individual. El Buen Vivir como valor universal, de inclusión, de equidad, de democracia.

Esta es nuestra lucha, por la que en EQUO seguiremos batallando. Y con la que seremos parte del cambio social que está a punto de cambiarlo todo.

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Una CEF como el partido en que creemos y el país por que luchamos

En EQUO estamos eligiendo estas semanas a quienes serán las y los miembros de nuestra próxima CEF, la Comisión Ejecutiva Federal: a quienes asumirán una buena parte del trabajo y el liderazgo para avanzar por los meses cruciales e inciertos que tenemos por delante.

Yo a esta nueva CEF le quiero pedir osadía, antes de nada. Quiero una CEF de valientes. Una CEF de personas que sean capaces de dejar sus zonas de confort para conseguir catapultar este proyecto todo lo alto que puede llegar a estar. Quiero no volver a escuchar la denuncia quejumbrosa de que es que los medios no nos sacan, es que los medios son injustos, es que a ellos sí y a nosotros no: que no se quejen y se metan, nos metan; porque esa es antes que nada su responsabilidad.

Una CEF que se ciña al contexto. Que entienda el momento en el que estamos y sus oportunidades de cambio, que persiga que seamos precisamente aquel partido que prometimos ser cuando empezamosAhora es el momento, decíamos. Que caiga en la cuenta de que no somos los únicos seres humanos en el planeta que estamos luchando por una sociedad más justa, sostenible y democrática. Que se entere de qué queremos ser la mayoría de simpatizantes y votantes de este partido: una herramienta de cambio de nuestra sociedad; lo que pasa por conectar con la calle, recibir su confianza -también en forma de voto-, llegar a las instituciones y cambiar las cosas. Que sea capaz de elaborar mensajes y estrategias que conecten con la ciudadanía, que sepa explicar nuestro mensaje: tenemos una solución, un plan que puede arreglar este país desde cada una de sus vertientes. ¿Por qué no lo estamos contando? ¿Por qué no nos hacemos entender? Pediría que quienes no tengan interés en contestar a estas preguntas se abstengan de presentar candidatura.

Una CEF como el partido en el que creo y el país por el que lucho: inflexiblemente feminista, donde el liderazgo femenino sea completo, sin amputaciones, donde no haya floreros. Un liderazgo femenino al que se le den los medios para serlo. Una CEF radicalmente democrática, donde todas y todos veamos lo que se hace y entendamos por qué, donde se rindan cuentas y por tanto haya responsabilidades concretadas. Y sostenible, sí, también económicamente. Si no queremos caer en la profunda vergüenza de no haber podido aplicar nuestros principios ni siquiera a nuestra propia estructura.

Tenemos un objetivo muy claro: ser parte del cambio social que posiblemente esté a punto de darse, luchar por que éste tenga lugar y convertirlo en verde cuando llegue el momento. Que quienes presenten sus candidaturas presenten también su compromiso.

De gulags, inocentes y convictos

GulagsLos gulags, campos de trabajo forzoso que operaron en la URSS durante varias décadas, permanecen silenciosos, como si no quisieran hacer ruido. Quise entrar en uno de ellos y no lo conseguí: hasta los abiertos al público los encontré cerrados. Son vergüenzas, una red numerosísima de razones por las que olvidar la peor creación, posiblemente, de toda la era soviética. Inocentes, convictos, prisioneras políticas, ciudadanos sospechosos de proferir ofensa o insulto; decenas de millones de seres humanos pasaron por estos campos, muchos de ellos tras haberse arriesgado a ocupar el camino de los que detentaban el poder, en un error que cambiaría sus vidas. Muchos de ellos lo hicieron sin la celebración de un juicio. Y muchos también fueron exculpados pocas décadas después, por obra de Boris Yelsin, si es que habían sobrevivido. Amarga disculpa, debió parecerles.

Red de gulags
La red de gulags en Siberia

No conseguí entrar en ellos, pero sí conseguí hablar con una anciana, huérfana de uno de esos campos, que hacía guardia en un pequeño museo de la capital. Sus padres, profesores, habían sido detenidos poco después de que ella naciera, responsabilizados de la formación de un grupo contrarrevolucionario troskista y por la divulgación de propaganda antisoviética. Ellos lo negaron. Su padre fue enviado a un campo de trabajo, sentenciado a muerte y ejecutado pocos años después. Su madre recuperaría la libertad cinco años más tarde. Ambos fueron rehabilitados, en 1992. Llevaban ya mucho tiempo muertos.

Fue Stalin el que convirtió este sistema de campos en lo que fue, y fue tras su muerte que estos campos empezaron a desaparecer. Es verdad que ya antes de él emperadores, zares y faraones habían utilizado la mano de obra más barata de todas, la convicta, para la construcción de sus grandes creaciones; pero fue este hombre el que aportó cierta componente de discrecionalidad, de utilización como herramienta. Haciendo coincidir el momento de mayor expansión de los gulags con el pico de industrialización, y por tanto de necesidad de fuerza de trabajo, de la Unión Soviética, imprimió lo que puede ser una de las coincidencias más sórdidas de la historia de este pueblo, a ambos lados de los Urales. Imprimió otra razón para no olvidar, para recordar la importancia de la memoria, para conocer la historia que nos gusta y también la que nos da miedo. E imprimió un aviso que ha quedado en el aire, como un grito silencioso, y que yo escuché de aquella misma anciana en ese museo de Moscú: Que en aras del cambio social los individuos nunca volvamos a ser prescindibles.

Váyanse del poder, si no les molesta

stopVladimir Putin lleva sólo quince años gobernando. Lo digo, quitándole importancia, porque podría hacerlo todavía por otros diez, y todo apunta a que lo hará. No le priven de su mérito: lo hace en un país donde los gobernantes se eligen por sufragio universal y la Constitucion limita los mandatos a sólo dos legislaturas. Pero Vladimir Putin ha podido con estos y con muchos otros obstáculos. Cuando tuvo que abandonar la presidencia en 2008 colocó a su fiel colega Dmitry Medvedev en el puesto, se mudó a la oficina de primer ministro, para cuatro años después volver a intercambiarse el despacho con el bueno de Dmitry. Cuando vio que aún así las cuentas no salían, tampoco se preocupó: enmendó la constitución para prolongar un poquito más la duración de sus legislaturas y cumplir así en el poder el cuarto de siglo.

Cuando un o una gobernante está demasiado tiempo en el poder hay algo que se corrompe. Independientemente de que haya sido elegido en elecciones impecables, de que una mayoría de la población quiera que vuelva a ser ella o él. Tal vez sea porque llega un momento en que las personas necesariamente nos cansamos, y descuidamos el ejercicio de nuestras funciones. Tal vez sea porque tenía razón aquel filósofo griego, sobre el peligro de que las personas prevalezcan sobre las instituciones; porque aquellas pasan, pero estas permanecen. O tal vez sea debido a la dación y devolución de favores, que acaba por no poder sostenerse más. Pero lo indudable es que la limitación de mandatos nos habría evitado asistir al tan triste crepúsculo de algunos o a la longevidad en el poder de otros.

Longevidad que lleva al inevitable desbocamiento de la corrupción. Ya sea un -hasta hace poco- símbolo inderrocable del catalanismo, una ministra del Partido de los Trabajadores de Brasil o el líder de la corriente política denominada putinismo; el exceso de duración en el desempeño del cargo acaba trayendo siempre otros excesos. Lo que es verdad es que no todos la amparan con la misma soltura. Una estudiante de Irkutsk me contaba sobre los intentos del señor Putin de convencer a sus electores, argumentando, de que la corrupción es inherente a cualquier sistema político y que por tanto estos debían asumirla. “Si hay ejemplos como Singapur en que han conseguido erradicar la corrupción, entonces aquí también podemos hacerlo”, contraargumentaba ella.

Los favores se acumulan, el aire se vicia. Y la política necesita savia nueva, nuevas ideas. Nuevas políticas y políticos, no jóvenes o viejos: pero que vengan sin pasado al ejercicio de la política. Que no deban favores. Que puedan llegar a las instituciones con toda la libertad y la fuerza que les da no deberle nada a nadie.

Que vengan sin pasado en la política, pero sí con un sitio al que volver. Que comprendan que la política no es una forma de ganarse la vida, sino un período de contribución del que siempre se acaba saliendo. Que no se tomen nunca más decisiones que antepongan mantenerse en el poder o volver a él al interés general de la ciudadanía.

La mayor parte de las Constituciones del mundo contemplan la limitación de poderes entre sus artículos. En España no existe para la presidencia del Gobierno o de las Comunidades Autónomas, pero curiosamente sí, y me pregunto quién redactaría la magnísima Carta, para la gobernación del Banco de España o para la presidencia del Tribunal Constitucional o del Tribunal de Cuentas. Y debe existir para todos. Aunque el ejemplo de Rusia, como escribía hace muy poco, demuestra que además de artículos constitucionales se tienen que dar también alternativas políticas, creíbles y poderosas, para garantizar la limitación de mandatos y el ejercicio de la democracia. Y líderes con fuerza y valor para llegar a serlo, en este mundo, tenemos muy pocos. Que nos lo digan sino a las y los europeos.

Utopía o necesidad: una historia de democracia directa

Novgorod_torgOs voy a contar una historia. Una historia que a mí me contó una vendedora de Kazan en uno de esos trenes interminables que recorren la tundra siberiana. Es, más bien, lo que yo pude entender de aquella historia, contada entre arrebatos en ruso y susurros en inglés. Pero es sin duda una historia de movilización popular, de empoderamiento ciudadano: una historia sobre cómo la organización de nuestras sociedades no siempre nos ha sido impuesta, y sobre cómo nuestra participación en la gestión de lo común es no solo posible y eficiente, sino un imperativo para asegurar el reparto justo de lo que es de todas y todos.

Esta historia comienza en el reino de Novgorod, en el medievo eslavo. Una revolución no necesariamente violenta derroca a un despótico príncipe que durante su gobierno sólo había sembrado pobreza y desigualdad entre la población, mientras engordaba sanos a sus próximos, cortesanos y familiares de sangre real, con la riqueza de una región que tenía para todos; pero no para todos repartía.

Tras deponer a su príncipe en 1136, las y los revolucionarios se organizan en una asamblea ciudadana que se convierte en la autoridad suprema del Estado. Durante trescientos años ejerce como la más alta institución en materia legislativa y judicial del reino de Novgorod: discute de asuntos de gobierno y de armamento, redacta leyes, nombra y destituye a sus gobernantes. Oficiales, príncipes y arzobispos son elegidos por la ciudadanía en la asamblea popular, y se les exige firmar un contrato en que se detallan sus responsabilidades y se proteje los intereses de la población, que tiene potestad para revocar su mandato.

El procedimiento de la asamblea era bien sencillo: Independientemente de las reuniones ordinarias, cualquier persona podía convocar la asamblea haciendo repicar la campana de la torre de la ciudad. Acto seguido sus habitantes, conocedores de sus obligaciones, se reunían ante la catedral para discutir el eventual asunto de urgencia. Y esta fue la razón, sin duda, por la que una de las primeras cosas que hizo Iván III cuando consiguió invadir el reino en 1478 y someterlo a su control fue arrebatar la campana de la torre y llevársela a Moscú. Arrebató una herramienta, un símbolo de democracia; consciente de la fuerza imparable que tienen estos, en ocasiones, para fundar o arrasar imperios.

Este tipo de asambleas, que ejercían diferentes tipos de democracia directa, existieron en numerosas regiones de influencia eslava con el nombre de Veche y son similares a otros como los Thing escandinavos o los Landsgemeinde que todavía se practican en ciertos cantones suizos. Son ejemplos de que la estructuración de modelos de democracia participativa no sólo se puede acometer con enorme efectividad, sino que es una necesidad imperativa para el desarrollo justo de nuestras sociedades.

Porque la justicia social no es solamente una cuestión de distribución, sino que lo es también de igualdad en respeto, dignidad y reconocimiento. La justicia social implica ser iguales también como sujetos de derecho, capaces de participar, decidir y gestionar por igual: la justicia social implica la existencia de una estructura verdaderamente democrática. Y asegurar esta es condición necesaria para garantizar aquella.

Hoy, la región de Novgorod es un caso insólito de éxito económico, social y político en Rusia. Y esta podría ser nuestra historia.