Utopía o necesidad: una historia de democracia directa

Novgorod_torgOs voy a contar una historia. Una historia que a mí me contó una vendedora de Kazan en uno de esos trenes interminables que recorren la tundra siberiana. Es, más bien, lo que yo pude entender de aquella historia, contada entre arrebatos en ruso y susurros en inglés. Pero es sin duda una historia de movilización popular, de empoderamiento ciudadano: una historia sobre cómo la organización de nuestras sociedades no siempre nos ha sido impuesta, y sobre cómo nuestra participación en la gestión de lo común es no solo posible y eficiente, sino un imperativo para asegurar el reparto justo de lo que es de todas y todos.

Esta historia comienza en el reino de Novgorod, en el medievo eslavo. Una revolución no necesariamente violenta derroca a un despótico príncipe que durante su gobierno sólo había sembrado pobreza y desigualdad entre la población, mientras engordaba sanos a sus próximos, cortesanos y familiares de sangre real, con la riqueza de una región que tenía para todos; pero no para todos repartía.

Tras deponer a su príncipe en 1136, las y los revolucionarios se organizan en una asamblea ciudadana que se convierte en la autoridad suprema del Estado. Durante trescientos años ejerce como la más alta institución en materia legislativa y judicial del reino de Novgorod: discute de asuntos de gobierno y de armamento, redacta leyes, nombra y destituye a sus gobernantes. Oficiales, príncipes y arzobispos son elegidos por la ciudadanía en la asamblea popular, y se les exige firmar un contrato en que se detallan sus responsabilidades y se proteje los intereses de la población, que tiene potestad para revocar su mandato.

El procedimiento de la asamblea era bien sencillo: Independientemente de las reuniones ordinarias, cualquier persona podía convocar la asamblea haciendo repicar la campana de la torre de la ciudad. Acto seguido sus habitantes, conocedores de sus obligaciones, se reunían ante la catedral para discutir el eventual asunto de urgencia. Y esta fue la razón, sin duda, por la que una de las primeras cosas que hizo Iván III cuando consiguió invadir el reino en 1478 y someterlo a su control fue arrebatar la campana de la torre y llevársela a Moscú. Arrebató una herramienta, un símbolo de democracia; consciente de la fuerza imparable que tienen estos, en ocasiones, para fundar o arrasar imperios.

Este tipo de asambleas, que ejercían diferentes tipos de democracia directa, existieron en numerosas regiones de influencia eslava con el nombre de Veche y son similares a otros como los Thing escandinavos o los Landsgemeinde que todavía se practican en ciertos cantones suizos. Son ejemplos de que la estructuración de modelos de democracia participativa no sólo se puede acometer con enorme efectividad, sino que es una necesidad imperativa para el desarrollo justo de nuestras sociedades.

Porque la justicia social no es solamente una cuestión de distribución, sino que lo es también de igualdad en respeto, dignidad y reconocimiento. La justicia social implica ser iguales también como sujetos de derecho, capaces de participar, decidir y gestionar por igual: la justicia social implica la existencia de una estructura verdaderamente democrática. Y asegurar esta es condición necesaria para garantizar aquella.

Hoy, la región de Novgorod es un caso insólito de éxito económico, social y político en Rusia. Y esta podría ser nuestra historia.

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