Váyanse del poder, si no les molesta

stopVladimir Putin lleva sólo quince años gobernando. Lo digo, quitándole importancia, porque podría hacerlo todavía por otros diez, y todo apunta a que lo hará. No le priven de su mérito: lo hace en un país donde los gobernantes se eligen por sufragio universal y la Constitucion limita los mandatos a sólo dos legislaturas. Pero Vladimir Putin ha podido con estos y con muchos otros obstáculos. Cuando tuvo que abandonar la presidencia en 2008 colocó a su fiel colega Dmitry Medvedev en el puesto, se mudó a la oficina de primer ministro, para cuatro años después volver a intercambiarse el despacho con el bueno de Dmitry. Cuando vio que aún así las cuentas no salían, tampoco se preocupó: enmendó la constitución para prolongar un poquito más la duración de sus legislaturas y cumplir así en el poder el cuarto de siglo.

Cuando un o una gobernante está demasiado tiempo en el poder hay algo que se corrompe. Independientemente de que haya sido elegido en elecciones impecables, de que una mayoría de la población quiera que vuelva a ser ella o él. Tal vez sea porque llega un momento en que las personas necesariamente nos cansamos, y descuidamos el ejercicio de nuestras funciones. Tal vez sea porque tenía razón aquel filósofo griego, sobre el peligro de que las personas prevalezcan sobre las instituciones; porque aquellas pasan, pero estas permanecen. O tal vez sea debido a la dación y devolución de favores, que acaba por no poder sostenerse más. Pero lo indudable es que la limitación de mandatos nos habría evitado asistir al tan triste crepúsculo de algunos o a la longevidad en el poder de otros.

Longevidad que lleva al inevitable desbocamiento de la corrupción. Ya sea un -hasta hace poco- símbolo inderrocable del catalanismo, una ministra del Partido de los Trabajadores de Brasil o el líder de la corriente política denominada putinismo; el exceso de duración en el desempeño del cargo acaba trayendo siempre otros excesos. Lo que es verdad es que no todos la amparan con la misma soltura. Una estudiante de Irkutsk me contaba sobre los intentos del señor Putin de convencer a sus electores, argumentando, de que la corrupción es inherente a cualquier sistema político y que por tanto estos debían asumirla. “Si hay ejemplos como Singapur en que han conseguido erradicar la corrupción, entonces aquí también podemos hacerlo”, contraargumentaba ella.

Los favores se acumulan, el aire se vicia. Y la política necesita savia nueva, nuevas ideas. Nuevas políticas y políticos, no jóvenes o viejos: pero que vengan sin pasado al ejercicio de la política. Que no deban favores. Que puedan llegar a las instituciones con toda la libertad y la fuerza que les da no deberle nada a nadie.

Que vengan sin pasado en la política, pero sí con un sitio al que volver. Que comprendan que la política no es una forma de ganarse la vida, sino un período de contribución del que siempre se acaba saliendo. Que no se tomen nunca más decisiones que antepongan mantenerse en el poder o volver a él al interés general de la ciudadanía.

La mayor parte de las Constituciones del mundo contemplan la limitación de poderes entre sus artículos. En España no existe para la presidencia del Gobierno o de las Comunidades Autónomas, pero curiosamente sí, y me pregunto quién redactaría la magnísima Carta, para la gobernación del Banco de España o para la presidencia del Tribunal Constitucional o del Tribunal de Cuentas. Y debe existir para todos. Aunque el ejemplo de Rusia, como escribía hace muy poco, demuestra que además de artículos constitucionales se tienen que dar también alternativas políticas, creíbles y poderosas, para garantizar la limitación de mandatos y el ejercicio de la democracia. Y líderes con fuerza y valor para llegar a serlo, en este mundo, tenemos muy pocos. Que nos lo digan sino a las y los europeos.

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