Un país que se ahoga

La entrada en Pekín es pegajosa, gris, asfixiante. Una niebla densa envuelve la ciudad, te hace toser, esconde el sol y lo tamiza. Se mantiene durante días, a veces semanas, y solo desaparece cuando la lluvia o el viento se la llevan inesperadamente durante unas horas. Es entonces cuando se puede ver el cielo.

Este esmog, o niebla tóxica, que en medidas menos desproporcionadas tan bien conocemos en Madrid, cubre ya un tercio de la República Popular China y es un recordatorio lo suficientemente poderoso de lo lejos que está este país de alcanzar mínimos de calidad de vida para sus habitantes. Para todas y todos, quiero decir. Porque como advierte Ralph Litzinger, lo cierto es que diferentes clases y grupos sociales experimentan las consecuencias de estos niveles de contaminación de maneras diferentes.

La clases medias, cada vez más concienciadas, envían a sus hijos a colegios que cuentan con protección, los dejan en casa en días de asfixia o buscan formas de que estudien en el extranjero cuando llega el momento. Medidas que no están al alcance de las capas más vulnerables de la sociedad, que padecen sin embargo la crudeza de la contaminación del aire, el 60% de los ríos y el 20% de las tierras de cultivo de un país cuya amenaza ya no está solo en el crecimiento económico y la salud pública: lo está también en la estabilidad política.

Un buen ejemplo es la expansión de industrias tóxicas y refinerías químicas, que tiene lugar precisamente en las provincias más pobres del interior de país, donde se espera, parece, que la población que allí vive acepte cualquier empleo a cualquier precio, aunque el coste de este se pague con su salud y su medio ambiente -se calcula que cada año mueren prematuramente entre 350.000 y 500.000 chinos debido a la contaminación-. Y están diciendo que no piensan hacerlo.

Hay algo que sí está cambiando. Los pequineses están descubriendo que después de todo conseguir que su cielo sea azul es solo cuestión de voluntad: política, entre otras. Y que igual que para la ocasión de la cumbre Asia Pacífico fue posible, lo debe ser también de ahora en adelante.

Lo está descubriendo la ciudadanía, pero puede que lo esté intuyendo también su clase política. China se está convirtiendo en líder del mercado de nuevas tecnologías, y en los próximos 20 años hará la mayor parte de las inversiones globales en energía solar, eólica y en automóviles eléctricos. Está entendiendo dónde se juega el futuro. Está entendiendo, al igual que Estados Unidos, que los líderes de estas tecnologías serán capaces de bajar los costes de producción y de dominar industrias como la del automóvil, de gran importancia para la Unión Europea, por ejemplo. Las implicaciones que tiene apostar por la transición energética no son sólo medioambientales, sino también políticas, económicas y sociales. Solo los ciegos no están siendo capaces de verlo. Y entre ellos, los que nos gobiernan.

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Irnos para cumplir nuestros sueños

Publicado en eldiario.es el 04/01/2015, en el blog de Juventud Sin Futuro #DesdeTodasPartes.

No tienen derecho. En el debate de los cientos de miles de jóvenes que abandonan España para buscar un futuro, en la farsa de la mejora de las cifras de desempleo haciendo que los jóvenes salgamos de las cifras, en la dificultad de dejar a nuestra gente, nuestra tierra e idioma para llegar adonde sí puede haber oportunidades; la mayor crueldad, el mayor abuso, está en el convencimiento de que quienes nos están haciendo esto no tienen derecho a hacerlo.

Somos las pérdidas renunciables. Los daños colaterales. Somos lo que los grandes gobernantes están dispuestos a sacrificar para continuar con esta farsa. Los excesos de las élites financieras internacionales junto con los de nuestra clase política, los silencios de una transición no transitada, los juegos de una mafia que lo ha abarcado todo, y la especulación, y la falta de coraje para cambiar unas estructuras corrompidas, y la vergüenza; son las causas, insólitas, de que seamos parte de una generación sin futuro. Perdida, nos dicen. Y asumen que vamos a tener la templanza de pagar nosotros las consecuencias, de ponerlas a nuestras espaldas, de compensar con nuestras vidas el saqueo, la ineptitud y el abuso de sus acciones. Y se equivocan.

Vamos a recuperar nuestro derecho a elegir, a que se respeten nuestras decisiones. Las de quienes hemos tenido la suerte de tener los medios para irnos a miles de kilómetros de distancia a perseguir nuestros sueños, las de quienes viven encerrados en vidas que no quieren, las de a quienes explotan, las de a quienes utilizan, aprovechándose de nuestra ilusión, nuestra motivación y nuestras ganas de trabajar y luchar por cambiar el mundo a cambio de sueldos de miseria, de precariedad e ingratitud. Las de quienes todavía siguen en esta trampa que es España, que no ofrece trabajo, ni medios para estudiar ni futuro a cientos de miles de jóvenes que nunca especularon, ni llevaron a bancos a la ruina, ni recibieron rescates millonarios. Ni vivieron nunca por encima de sus posibilidades.

Yo, que soy un afortunado, que he podido cambiar contento de continente para dedicarme a lo que quiero, denuncio que no he tenido la posibilidad de quedarme en mi tierra, ni en las cercanías de sus fronteras, si quería cumplir mis sueños. Denuncio que no me han dado esa elección. Y es esa imposibilidad de escoger, esa falta de alternativa, la que se esconde detrás de este sistema corrupto que somete a los jóvenes de nuestro país y de muchos otros. Lo que nos han arrebatado es la capacidad de tomar nuestras decisiones, de vivir una vida independiente. Nos han obligado a aceptar cualquier empleo, a trabajar a cualquier precio, a estudiar lo que el mercado laboral dictara, a volver a vivir con nuestros padres: y si hemos podido evitarlo ha sido solo a un altísimo coste, pagado a menudo en miles de kilómetros. Nos han expuesto a mayores índices de pobreza, de exclusión social, a tasas de desempleo imposibles.

Este país ha renunciado a nosotros, y sin embargo nos necesita. Porque las consecuencias de esa renuncia las pagaremos entre todas y todos. Las pagará nuestra sociedad, las pagará este país dentro de veinte años. Tenemos que demostrar que se equivocan. Tenemos que demostrar que no tienen derecho. Estamos ante la oportunidad de recuperar lo que era nuestro, de no tener que irnos nunca más para cumplir nuestros sueños. Conseguirlo pasa solo por una condición: hacer que se vayan ellos.