Una historia de placer y sufrimiento

En China viví diez días en un monasterio. Por entonces estaba trabajando en una granja en la provincia de Hubei. El que había sido el maestro budista de la señora en cuya granja trabajaba, un hombre de unos sesenta años, sonriente y muy delgado, vino de visita una mañana. Con un inglés rudimentario, aunque lleno de voluntad, conversamos en la comida y los tés que la siguieron y me propuso que fuera con él a su monasterio. Yo aprendería a meditar y a cambio enseñaría inglés a la decena de estudiantes que allí vivían. Sólo unos días, me dijo. Liudan, la granjera, estaba de acuerdo.

El monasterio estaba a pocas horas de viaje, en una zona inundada de lagos y colinas. Allí conocí a un joven de mi edad que se dedicaba a la meditación: un meditador, me dijo que era. Él también estaba de paso. En una vida anterior, o eso debía de parecerle, había trabajado en el mundo financiero, en Shanghái. Fue él quien me contó esta historia.

Es la historia de Buda, o una parte de su historia. Y seguramente difiera de cualquier otra historia que de él pueda contarse: pero esta es la que aquel joven me contó a mí. Es la historia de otro mediator, pues eso era entonces Buda, aunque su nombre era todavía Siddharta Gautama. Durante muchos años y al igual que muchos como él Buda se dedicó a practicar un tipo de meditación muy similar al que yo estaba aprendiendo en ese monasterio: el samatha. Centrándose en su respiración, con calma, concentrado, conseguía apartar los pensamientos que llegaban a su mente, vaciándola, y de esa manera llegaba a controlar su cuerpo hasta alcanzar el estado final, el samadhi. Dicen que quienes llegan a ese estado pueden aumentar la temperatura de su cuerpo hasta hacerlo arder en llamas.

Sin embargo, Buda seguía sintiendo dolor. Se dio cuenta de que a pesar de ser capaz de controlar su cuerpo no podía controlar el sufrimiento, no podía evitarlo. Fue entonces cuando emprendió un camino que no se había recorrido hasta entonces y que llega hasta el día de hoy: el vipassana. La búsqueda de la verdad, para algunos; la sabiduría, para otros. Otro tipo de meditación que desemboca en el estado en que puedes no sentir, en que dejas de sufrir: el arohato. Buda alcanzó el arohato. Y desde entonces hay muchos como él que le siguen para alcanzarlo.

Me contó también aquel joven que ese camino tiene tres partes: el anicca, el dukkha y el anatta. Se recorre proponiendo que aunque los seres humanos querríamos acabar indefinidamente con el sufrimiento y prologar el placer, aunque querríamos que éste durara para siempre, ambos son transitorios y forman parte necesariamente de nuestra existencia. Aunque intentemos negar el dolor, aunque intentemos evitarlo, el único camino para dejar de sentirlo pasa precisamente por su aceptación. Por aceptarlo, pero como algo que está fuera de nosotros, que nos es ajeno, que no nos conforma. No somos lo que sentimos.

El anatta también plantea algo que de manera parecida se repite en otras religiones a lo largo de todo el mundo: la idea de que todos los seres humanos —junto con el resto de seres, vivos o no, que nos rodean— formamos parte de un mismo ente, que algunos llamaron Dios, otros Pachamama. La sospecha, repetida, de que no hay un yo. De mi tiempo en Asia yo me llevo otra sospecha: la tendencia del ser humano a entregarnos a la inercia, a que todo siga como está, cuanto más avanzamos en el camino hacia comprender nuestra posición en el mundo. Que entender mejor el lugar donde estamos y nuestro papel en él no nos impida intentar cambiarlo.

 

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Hacerse rico es glorioso

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Esas fueron las palabras con las que en los años 80 el exlíder chino Deng Xiaoping marcó el inicio de un cambio que abrió la República Popular China al resto del mundo. Desde entonces, la carrera ha sido frenética, en un país donde los contrastes se perciben desde la calle hasta el Parlamento: el crecimiento colosal, que amenaza la hegemonía estadounidense y la influencia europea, del que es todavía uno de los países más desiguales del planeta; el aumento de las protestas y el activismo pro democracia y derechos humanos, de la mano de su persecución y del aumento del presupuesto de seguridad interior (policial, entre otros) por encima incluso del creciente presupuesto militar; y otros, como la corrupción y su ejemplar –tal vez aparente– limpieza, o la confirmación de que, efectivamente, “el límite de China se encuentra en el cielo”.

Lo que apenas encontré en China fue conciencia. Excepto de unos pocos mayores, a los que la única manera de acceder era en mandarín, la falta de interés y de compromiso era extensa, especialmente entre las y los jóvenes: su gobierno defendía sus intereses y cualquier crítica a sus funciones era seguramente falsa y susceptible de pretender desestabilizar a China y sus habitantes. Era difícil entender si se debía a los laxantes de ese particular libre mercado –en el que la dictadura no la ejercen los mercados, sino el propio gobierno, al que los ciudadanos ni votan ni, en gran número, desean votar–, a la aquiescencia del budismo, del que hablaremos pronto, o a la docilidad impuesta por un gobierno al que no le ha temblado la mano cuando ha visto peligrar su poder. Un ejemplo de ello fue la matanza de Tiananmén, que actuó sobre la población china como si de una violación se tratase, forzando su silencio y su amnesia hasta el día de hoy.

Hay una idea que escuché con insistencia, de jóvenes, mayores y extranjeros: la sociedad china no tiene la edad suficiente. Son inocentes, inmaduros, desconocen lo que les conviene, y necesitan de quienes sí lo saben para que decidan en su lugar. Como niños, me decían, en una metáfora que como tantas otras veces relega la democracia por detrás de la eficiencia, de los que mejor saben cómo hacerlo, de lo que se debe hacer. Pero quién decide a quienes mejor lo hacen, de qué manera se selecciona a los mejores, son preguntas para las que nadie parece tener respuesta, ni dentro ni fuera de China. Y ante eso, la cuestión deja de ser quién lo hará mejor, para convertirse en quién tiene la legitimidad de hacerlo. Como en Europa y en tantas otras partes del mundo, sin la participación de la gente, no hay crecimiento equitativo y sostenible posible.

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