Hacerse rico es glorioso

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Esas fueron las palabras con las que en los años 80 el exlíder chino Deng Xiaoping marcó el inicio de un cambio que abrió la República Popular China al resto del mundo. Desde entonces, la carrera ha sido frenética, en un país donde los contrastes se perciben desde la calle hasta el Parlamento: el crecimiento colosal, que amenaza la hegemonía estadounidense y la influencia europea, del que es todavía uno de los países más desiguales del planeta; el aumento de las protestas y el activismo pro democracia y derechos humanos, de la mano de su persecución y del aumento del presupuesto de seguridad interior (policial, entre otros) por encima incluso del creciente presupuesto militar; y otros, como la corrupción y su ejemplar –tal vez aparente– limpieza, o la confirmación de que, efectivamente, “el límite de China se encuentra en el cielo”.

Lo que apenas encontré en China fue conciencia. Excepto de unos pocos mayores, a los que la única manera de acceder era en mandarín, la falta de interés y de compromiso era extensa, especialmente entre las y los jóvenes: su gobierno defendía sus intereses y cualquier crítica a sus funciones era seguramente falsa y susceptible de pretender desestabilizar a China y sus habitantes. Era difícil entender si se debía a los laxantes de ese particular libre mercado –en el que la dictadura no la ejercen los mercados, sino el propio gobierno, al que los ciudadanos ni votan ni, en gran número, desean votar–, a la aquiescencia del budismo, del que hablaremos pronto, o a la docilidad impuesta por un gobierno al que no le ha temblado la mano cuando ha visto peligrar su poder. Un ejemplo de ello fue la matanza de Tiananmén, que actuó sobre la población china como si de una violación se tratase, forzando su silencio y su amnesia hasta el día de hoy.

Hay una idea que escuché con insistencia, de jóvenes, mayores y extranjeros: la sociedad china no tiene la edad suficiente. Son inocentes, inmaduros, desconocen lo que les conviene, y necesitan de quienes sí lo saben para que decidan en su lugar. Como niños, me decían, en una metáfora que como tantas otras veces relega la democracia por detrás de la eficiencia, de los que mejor saben cómo hacerlo, de lo que se debe hacer. Pero quién decide a quienes mejor lo hacen, de qué manera se selecciona a los mejores, son preguntas para las que nadie parece tener respuesta, ni dentro ni fuera de China. Y ante eso, la cuestión deja de ser quién lo hará mejor, para convertirse en quién tiene la legitimidad de hacerlo. Como en Europa y en tantas otras partes del mundo, sin la participación de la gente, no hay crecimiento equitativo y sostenible posible.

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