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Pide que el camino sea largo

Publicado en Juego de Manos el 7 de marzo de 2017.

El día en que subí al tren en la estación de San Petersburgo no sabía adónde me llevaba. Tenía el billete en el bolsillo, había buscado en las pantallas el número de tren y esperaba en el andén, sentado en mi mochila; pero no tenía en la cabeza adónde me estaba dirigiendo. Hay viajes que se emprenden mirando hacia delante, pensando en la llegada, en quien te espera al final. Viajes en los que se anhelan aventuras y se buscan historias que contar. Pero hay otros que son diferentes. Hay otros en los que importa lo que se deja atrás, no lo que se encuentra; en los que la mirada se dirige hacia uno mismo en vez de a lo que tiene alrededor. Cuando lo que impera es de dónde se viene y no adónde se va, se puede llegar a olvidar el lugar de destino.

Subí al tren y miré mi billete. Un círculo rodeaba mi número de litera, escondido entre caracteres en cirílico y códigos que no era capaz de descifrar. Crucé el vagón hasta el extremo opuesto. La disposición de los compartimentos era asombrosa. Decenas de personas jugaban a las cartas o conversaban en una serie de espacios abiertos, en los que en uno de los lados del pasillo, el más amplio, se enfrentaban, mesa mediante, dos asientos alargados que de noche harían de catre, imaginé, y sobre los cuales se veían abatidos otros dos camastros. Al otro lado del pasillo, paralelas a éste, había otras dos literas, una encima de la otra. Al llegar a la mía, en el lado de la mesa, suspiré. Le había creído entender a la taquillera que la camas inferiores eran de mayor longitud que las de arriba. No lo eran. Dejé la mochila en el suelo y me senté en el asiento. Un hombre de mediana edad, de pelo blanco y tez oscura, leía tumbado en el asiento de enfrente. Sorbía pausadamente el contenido de un pequeño cuenco de metal. «Sus rasgos son mezclados», pensé, «ni de Oriente ni de Occidente». Sería ése el rostro de Siberia. Vestía ropa de viaje, pantalones de pana y chaqueta marrón. Mientras le observaba me di cuenta, demasiado tarde, de que el hombre había levantado la mirada.

Dobrý den —murmuré, titubeante.

El hombre me hizo una leve inclinación de cabeza.

—Buenas tardes —dijo él, en inglés. Tenía un ligero acento, que no supe identificar—. ¿Adónde te diriges?

Vacilé. En ese momento no lo sabía. Lo llevaba escrito en el billete, pero no podía mirarlo para responder. «Puedo mentirle», pensé. En vez de hacerlo, le dije:

—Lo que me importa es que el camino sea largo.

El hombre guardó silencio y, esbozando una sonrisa, respondió:

—Para que haya camino tiene que haber un destino. Aunque sólo sea el de volver.

—Entonces, eso es —contesté—. Estoy volviendo a casa. Mi destino es Madrid.

—Este tren va hacia Vladivostok, así que puedes estar tranquilo. Tu camino será largo —me dijo por respuesta.

Nos miramos un momento y nos echamos a reír. Bajé la cabeza y busqué en mi mochila el termo y una bolsa de té, que había comprado esa mañana en San Petersburgo. Le pregunté dónde estaba el dispensador de agua para cocinar, que había leído que tenían todos los trenes en Rusia, y le ofrecí compartir el té.

—Te lo agradezco, pero estoy servido —me respondió, enseñándome una botella de cristal de contenido transparente—. ¿Te puedo ofrecer yo?

Dudé un instante, y asentí. El hombre se incorporó, cerró el libro y me llenó de vodka el tapón del termo, que utilicé como vaso. Me dijo su nombre, pero no lo recuerdo. Le pregunté adónde se dirigía él y me contó que iba a Pekín, que llevaba años viajando. Hablamos de muchas cosas. De Rusia, del pasado. Me habló de tiempos en los que en ese país todo el mundo tenía comida, trabajo y techo; y aun así, decía, habían sido muy pobres. Me dijo que en su opinión la comida no lo es todo; pero estuvo de acuerdo con que cuando escasea sí lo es. Me contó que todas las religiones del mundo son caminos que suben por la ladera de una misma montaña, y que cada camino es distinto, pero que todos llegan al mismo sitio, la cima de la montaña. Hablamos de Mongolia, de China, de lo que estaba por venir. Le conté entre carcajadas anécdotas del comienzo de mi viaje, y también historias que todavía no habían tenido lugar pero que estaba seguro de que ocurrirían. Le narré mi encuentro en una estación de tren con una diputada de la Duma y lo tensa que había sido nuestra discusión. Le hablé de viajes a caballo por las estepas de Mongolia, le hablé de sentirme libre y solo. Le hablé del miedo. Le conté que viviría en un monasterio budista, que recogería arroz y soja de campos de China, le conté que me sentiría más cercano a personas nacidas en la otra punta del mundo que de algunas que conozco desde que nací. Le hablé de estar lejos, le hablé de pensar en el lugar de donde vienes pero no querer volver. Hablamos. Hablamos de muchas cosas.

En una parada, una vendedora interrumpió nuestra conversación para ofrecernos pescado en salazón que traía en bolsas de papel. Asentimos, y mientras él negociaba con la mujer me di cuenta de que llevábamos mucho tiempo viajando. Los rasgos de los pasajeros que subían al tren habían ido cambiando imperceptiblemente. La prominencia de los pómulos, el rasgamiento de los ojos, el color de la tez. Sonó un silbato y el tren retomó la marcha. Busqué un pequeño reloj que había traído conmigo e intenté ajustar la hora para adecuarla a los husos horarios que habíamos atravesado, pero no lo conseguí. No sabía cuánto tiempo llevábamos viajando. El tren avanzaba, imparable, y las horas pasaban más rápido a su vez. Miré por la ventana y vi que la tundra había dejado paso a las estepas. Delante de mí ya no había ningún hombre, sino tres niños que jugaban con un pequeño teléfono móvil, y no había rastro de pescado, ni de vodka, ni de té. Me sentía aturdido y muy cansado. Decidí levantarme para preguntar a la tripulación dónde nos encontrábamos, pero no me pude incorporar. Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la ventana. «Sólo un momento», recuerdo que pensé. El traqueteo del tren era agradable, suave, cadencioso. Al cabo de un momento me había quedado dormido.

Al despertar, el camastro de enfrente estaba vacío. Fuera se estaba haciendo de día, y el tren bordeaba un lago tan grande que en el horizonte no se podía ver la otra ribera. «Será el mar», me pregunté. En la orilla se veían pequeños muelles y embarcaciones de madera. Mientras miraba por la ventana, el tren penetró en un túnel. De repente la ventana me devolvió mi propio reflejo, y me vi sentado en aquel camastro, despeinado, con la cabeza apoyada en la mano y el codo contra el cristal. Cuando el tren salió por fin del túnel me di cuenta de que aquella ventana me daba al mismo tiempo una imagen doble: la del camino recorrido y la de mi reflejo en él. «Eso es viajar solo», pensé. Verte a ti, mirando el camino.

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Una historia de placer y sufrimiento

En China viví diez días en un monasterio. Por entonces estaba trabajando en una granja en la provincia de Hubei. El que había sido el maestro budista de la señora en cuya granja trabajaba, un hombre de unos sesenta años, sonriente y muy delgado, vino de visita una mañana. Con un inglés rudimentario, aunque lleno de voluntad, conversamos en la comida y los tés que la siguieron y me propuso que fuera con él a su monasterio. Yo aprendería a meditar y a cambio enseñaría inglés a la decena de estudiantes que allí vivían. Sólo unos días, me dijo. Liudan, la granjera, estaba de acuerdo.

El monasterio estaba a pocas horas de viaje, en una zona inundada de lagos y colinas. Allí conocí a un joven de mi edad que se dedicaba a la meditación: un meditador, me dijo que era. Él también estaba de paso. En una vida anterior, o eso debía de parecerle, había trabajado en el mundo financiero, en Shanghái. Fue él quien me contó esta historia.

Es la historia de Buda, o una parte de su historia. Y seguramente difiera de cualquier otra historia que de él pueda contarse: pero esta es la que aquel joven me contó a mí. Es la historia de otro mediator, pues eso era entonces Buda, aunque su nombre era todavía Siddharta Gautama. Durante muchos años y al igual que muchos como él Buda se dedicó a practicar un tipo de meditación muy similar al que yo estaba aprendiendo en ese monasterio: el samatha. Centrándose en su respiración, con calma, concentrado, conseguía apartar los pensamientos que llegaban a su mente, vaciándola, y de esa manera llegaba a controlar su cuerpo hasta alcanzar el estado final, el samadhi. Dicen que quienes llegan a ese estado pueden aumentar la temperatura de su cuerpo hasta hacerlo arder en llamas.

Sin embargo, Buda seguía sintiendo dolor. Se dio cuenta de que a pesar de ser capaz de controlar su cuerpo no podía controlar el sufrimiento, no podía evitarlo. Fue entonces cuando emprendió un camino que no se había recorrido hasta entonces y que llega hasta el día de hoy: el vipassana. La búsqueda de la verdad, para algunos; la sabiduría, para otros. Otro tipo de meditación que desemboca en el estado en que puedes no sentir, en que dejas de sufrir: el arohato. Buda alcanzó el arohato. Y desde entonces hay muchos como él que le siguen para alcanzarlo.

Me contó también aquel joven que ese camino tiene tres partes: el anicca, el dukkha y el anatta. Se recorre proponiendo que aunque los seres humanos querríamos acabar indefinidamente con el sufrimiento y prologar el placer, aunque querríamos que éste durara para siempre, ambos son transitorios y forman parte necesariamente de nuestra existencia. Aunque intentemos negar el dolor, aunque intentemos evitarlo, el único camino para dejar de sentirlo pasa precisamente por su aceptación. Por aceptarlo, pero como algo que está fuera de nosotros, que nos es ajeno, que no nos conforma. No somos lo que sentimos.

El anatta también plantea algo que de manera parecida se repite en otras religiones a lo largo de todo el mundo: la idea de que todos los seres humanos —junto con el resto de seres, vivos o no, que nos rodean— formamos parte de un mismo ente, que algunos llamaron Dios, otros Pachamama. La sospecha, repetida, de que no hay un yo. De mi tiempo en Asia yo me llevo otra sospecha: la tendencia del ser humano a entregarnos a la inercia, a que todo siga como está, cuanto más avanzamos en el camino hacia comprender nuestra posición en el mundo. Que entender mejor el lugar donde estamos y nuestro papel en él no nos impida intentar cambiarlo.

 

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Hacerse rico es glorioso

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Esas fueron las palabras con las que en los años 80 el exlíder chino Deng Xiaoping marcó el inicio de un cambio que abrió la República Popular China al resto del mundo. Desde entonces, la carrera ha sido frenética, en un país donde los contrastes se perciben desde la calle hasta el Parlamento: el crecimiento colosal, que amenaza la hegemonía estadounidense y la influencia europea, del que es todavía uno de los países más desiguales del planeta; el aumento de las protestas y el activismo pro democracia y derechos humanos, de la mano de su persecución y del aumento del presupuesto de seguridad interior (policial, entre otros) por encima incluso del creciente presupuesto militar; y otros, como la corrupción y su ejemplar –tal vez aparente– limpieza, o la confirmación de que, efectivamente, “el límite de China se encuentra en el cielo”.

Lo que apenas encontré en China fue conciencia. Excepto de unos pocos mayores, a los que la única manera de acceder era en mandarín, la falta de interés y de compromiso era extensa, especialmente entre las y los jóvenes: su gobierno defendía sus intereses y cualquier crítica a sus funciones era seguramente falsa y susceptible de pretender desestabilizar a China y sus habitantes. Era difícil entender si se debía a los laxantes de ese particular libre mercado –en el que la dictadura no la ejercen los mercados, sino el propio gobierno, al que los ciudadanos ni votan ni, en gran número, desean votar–, a la aquiescencia del budismo, del que hablaremos pronto, o a la docilidad impuesta por un gobierno al que no le ha temblado la mano cuando ha visto peligrar su poder. Un ejemplo de ello fue la matanza de Tiananmén, que actuó sobre la población china como si de una violación se tratase, forzando su silencio y su amnesia hasta el día de hoy.

Hay una idea que escuché con insistencia, de jóvenes, mayores y extranjeros: la sociedad china no tiene la edad suficiente. Son inocentes, inmaduros, desconocen lo que les conviene, y necesitan de quienes sí lo saben para que decidan en su lugar. Como niños, me decían, en una metáfora que como tantas otras veces relega la democracia por detrás de la eficiencia, de los que mejor saben cómo hacerlo, de lo que se debe hacer. Pero quién decide a quienes mejor lo hacen, de qué manera se selecciona a los mejores, son preguntas para las que nadie parece tener respuesta, ni dentro ni fuera de China. Y ante eso, la cuestión deja de ser quién lo hará mejor, para convertirse en quién tiene la legitimidad de hacerlo. Como en Europa y en tantas otras partes del mundo, sin la participación de la gente, no hay crecimiento equitativo y sostenible posible.

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Un país que se ahoga

La entrada en Pekín es pegajosa, gris, asfixiante. Una niebla densa envuelve la ciudad, te hace toser, esconde el sol y lo tamiza. Se mantiene durante días, a veces semanas, y solo desaparece cuando la lluvia o el viento se la llevan inesperadamente durante unas horas. Es entonces cuando se puede ver el cielo.

Este esmog, o niebla tóxica, que en medidas menos desproporcionadas tan bien conocemos en Madrid, cubre ya un tercio de la República Popular China y es un recordatorio lo suficientemente poderoso de lo lejos que está este país de alcanzar mínimos de calidad de vida para sus habitantes. Para todas y todos, quiero decir. Porque como advierte Ralph Litzinger, lo cierto es que diferentes clases y grupos sociales experimentan las consecuencias de estos niveles de contaminación de maneras diferentes.

La clases medias, cada vez más concienciadas, envían a sus hijos a colegios que cuentan con protección, los dejan en casa en días de asfixia o buscan formas de que estudien en el extranjero cuando llega el momento. Medidas que no están al alcance de las capas más vulnerables de la sociedad, que padecen sin embargo la crudeza de la contaminación del aire, el 60% de los ríos y el 20% de las tierras de cultivo de un país cuya amenaza ya no está solo en el crecimiento económico y la salud pública: lo está también en la estabilidad política.

Un buen ejemplo es la expansión de industrias tóxicas y refinerías químicas, que tiene lugar precisamente en las provincias más pobres del interior de país, donde se espera, parece, que la población que allí vive acepte cualquier empleo a cualquier precio, aunque el coste de este se pague con su salud y su medio ambiente -se calcula que cada año mueren prematuramente entre 350.000 y 500.000 chinos debido a la contaminación-. Y están diciendo que no piensan hacerlo.

Hay algo que sí está cambiando. Los pequineses están descubriendo que después de todo conseguir que su cielo sea azul es solo cuestión de voluntad: política, entre otras. Y que igual que para la ocasión de la cumbre Asia Pacífico fue posible, lo debe ser también de ahora en adelante.

Lo está descubriendo la ciudadanía, pero puede que lo esté intuyendo también su clase política. China se está convirtiendo en líder del mercado de nuevas tecnologías, y en los próximos 20 años hará la mayor parte de las inversiones globales en energía solar, eólica y en automóviles eléctricos. Está entendiendo dónde se juega el futuro. Está entendiendo, al igual que Estados Unidos, que los líderes de estas tecnologías serán capaces de bajar los costes de producción y de dominar industrias como la del automóvil, de gran importancia para la Unión Europea, por ejemplo. Las implicaciones que tiene apostar por la transición energética no son sólo medioambientales, sino también políticas, económicas y sociales. Solo los ciegos no están siendo capaces de verlo. Y entre ellos, los que nos gobiernan.

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Mujeres de Mongolia

Por Rosa Martínez y Guillermo Rodríguez.

Foto de Rosa Martínez
Foto de Rosa Martínez

De la convivencia con familias nómadas mongolas puedes contar muchas cosas, revivir experiencias únicas e incluso sacar lecciones de vida. Sin embargo, elegimos compartir nuestras impresiones sobre el papel de la mujer en la sociedad de Mongolia. En los miles de kilómetros recorridos por estepas y desiertos, fuimos testigos de la invisibilidad y el silencio de muchas mujeres. Asumían la responsabilidad del hogar, del ganado, de la alimentación y del bienestar de los huéspedes, pero lo hacían desde la discreción, desde un segundo plano, que no era evidente, ni grosero, ni manifiestamente discriminatorio. Y sin embargo, para nosotros, viajeros occidentales con gafas violetas, la vida cotidiana de las mujeres en los ger no dejaba de sacudirnos una y otra vez en cada familia y en cualquier momento del día: no oíamos su voz, no compartían ni la conversación ni el momento de descanso que los hombres de la casa (maridos, padres, hermanos) disfrutaban con nosotros, los huéspedes, en el centro de la estancia, mientras ellas se movían en la sombra y el silencio de la periferia del hogar siempre ocupadas.

Y sin embargo, habíamos leído sobre el empoderamiento de la mujer en Mongolia. En los últimos años, las tasas universitarias de las mujeres han sido entre un 60% y un 70% mayores que las de los hombres. Quienes emprenden en Mongolia son ellas, en la medida en que los hombres se quedan con el ganado y abandonan la formación, y comprobamos que los negocios –tiendas, comercios o restaurantes– en núcleos urbanos como la capital o los polvorientos pueblos en medio del desierto eran gestionados mayoritariamente por mujeres.

Pensando en lo que vivimos en Europa, nos preguntábamos si esa liberación que percibíamos en las zonas urbanas tendría un impacto en el hogar y en la relación con sus parejas, si las familias de esas emprendedoras serían diferentes a las que habíamos conocido en la Mongolia rural: ¿sería la emancipación económica un primer paso hacia la emancipación real, como lo había supuesto en Occidente?

Foto de Rosa Martínez
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Hemos de confesar que, en realidad, después de reflexionar sobre esa evidente invisibilidad de las mujeres, no éramos capaces de enumerar grandes diferencias con lo que hasta hace bien poco han vivido las mujeres españolas y siguen viviendo en muchos contextos: El desequilibrio en la carga de trabajo, la sumisión y el servicio a los demás (hombres, familia, huéspedes), el nulo valor o reconocimiento al trabajo de cuidados, la ausencia de voz… Es verdad que en nuestra sociedad se han producido cambios, y que en una gran parte de la sociedad la evidencia ha dejado paso a la sutileza en las formas de discriminación de la mujer. Pero la realidad es que la opresión y discriminación de la mujer hoy en Occidente viene dada precisamente por las aparentes conquistas de empoderamiento y libertad, que se han convertido en parte de los elementos sustentadores del patriarcado del siglo XXI: el trabajo remunerado fuera de casa que se convierte en doble jornada; la libertad para vestirse y mostrar el cuerpo que se ha convertido en la principal herramienta de objetivación sexual de la mujer; o la libertad sexual, que a menudo se ha subordinado a la sexualidad masculina.

El sometimiento de la mujer en las familias nómadas nos fue evidente. Y esto nos hizo por una parte darnos cuenta de que en realidad eran situaciones para nada extrañas o impensables en nuestra sociedad; y por otra recelar de la libertad y emancipación que la independencia económica puede traer a las mujeres mongolas, tal y como ha supuesto a las mujeres en Occidente. En realidad, lejos de hacernos sentir satisfechos por el camino recorrido, esta experiencia nos ha hecho pensar en la profundidad que todavía tiene la discriminación de la mujer en nuestra cultura. Y por supuesto, nos ha recordado la necesidad de continuar la lucha por la igualdad real de las mujeres, tanto allí como aquí.

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El Naadam

El Naadam es un festival tradicional mongol en el que contendientes miden sus habilidades en lucha, arco y caballo. Tiene lugar una vez al año y es un espectáculo extraordinario para los que son amantes de los juegos de guerra, y para los que no.

Las ropas de lucha exigen una explicación: Una leyenda mongola cuenta que una vez una mujer se hizo pasar por hombre, participó de la competición de lucha y barrió a todos sus oponentes masculinos. Desde entonces el chaleco se rediseñó dejando el pecho al descubierto: para identificar así a las mujeres que osasen intentarlo, dado que en habilidad no podían distinguirlas.

Hoy, las mujeres ya forman parte, en minoría, del resto de pruebas, arco y caballo. Pero todavía no de la de lucha.

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A galopar

Magullados, después de días cabalgando, una noticia nos golpea: el refugio nómada donde pensábamos pasar la noche se ha desplazado, y no podemos encontrarlo. En la estepa, la tarde está cayendo. El siguiente puede estar a muchos kilómetros de distancia, no sabemos a cuántos, pero tenemos que apresurarnos.

La noticia nos llega en palabras en mongol y gestos con las manos. Y sabemos sin embargo que la hemos entendido.DSC_0033 copy

Nos dirigimos hacia el Oeste, a galope, con nuestros cinco caballos. Los cantos de Hurlee nos envuelven, sus silbidos nos persiguen; el sol se esconde ante nosotros y la noche se asoma, amenazante: no sabemos, ni podemos saber, cuántas horas nos quedan de viaje. Pero seguimos, veloces, sintiendo el sudor de los caballos y el temor en la garganta. Fuerza, les susurramos. Corred; corred, valientes.

Oscurece. El cielo se cubre de estrellas. Pero nosotros continuamos la marcha, entre el frío y la angustia, despacio, muy juntos, pero muy solos. Viajando seguramente hacia lugares donde nunca habíamos viajado antes.

Cuando encontramos el refugio, nos acogió una familia como todas las que conocimos en las estepas de Mongolia. En sus gers, o yurtas, en los que la existencia de una sola estancia no deja espacio para la intimidad ni apenas para el individuo, descubrimos la hospitalidad de un pueblo que ha aprendido a combatir la intemperie utilizando la pertenencia al grupo, su sociedad. No estás solo. El grupo te acoge, lo acoges: lo necesitas para sobrevivir en la inmensidad deshabitada de esas llanuras.DSC_0714 copy

Juntos somos más fuertes, solos estamos perdidos. Es una forma de sobrevivir, sabia, que contrasta con el individualismo que se filtra poco a poco por las fronteras de Mongolia, y que ya la está invadiendo: la economía de mercado, en forma de libertad de circulación de capitales, y también de aumento de la pobreza, el desempleo, la desigualdad, el expolio de sus recursos naturales y el cambio climático.DSC_0771 copy

El individualismo, la fragmentación social, que como en Occidente en los años setenta llegan también a caballo, galopantes, y que son una cara fundamental, tal vez la más importante, para entender el mundo en que vivimos. Y cómo podemos cambiarlo.DSC_0791 copy

Tierras de Mongolia

Son muchos los días que hacen falta para atravesar Siberia, dejando Europa a las espaldas. Días en que el tren recorre pensamientos y llanuras, salvajes y olvidadas, sobre las que crees que tu mirada es la primera que se posa nunca. Son muchos los valles que se cruzan, los rasgos que cambian en los rostros de quienes se apean, los husos horarios que desfilan mientras el tren avanza sin parada. Y aun así, la llegada a Mongolia no pasa inadvertida.

Van Mongolia

Creo que nunca me he sentido tan apartado, tan lejos, como en las estepas de Mongolia. Hay una sensación de pureza, de libertad; de incursión hacia el pasado, hacia el origen, que se percibe al compartir sonrisas y bebidas con sus gentes; y de intemperie, de tierra fría en invierno y ocre en primavera, de dureza, que en la inmensidad de sus llanuras, en el vacío de su silencio cómplice, reservado, te hace sentir tan libre y tan pequeño.

La naturaleza en Mongolia no se ha tocado. Su pueblo, nómada, ha vivido desde que le alcanza la memoria de la cría del ganado, sin segar su tierra, sin cambiarla. Su creencia, que proviene del chamanismo de sus tierras, se basa en que el ser humano no está en la tierra para luchar contra la naturaleza, sino para convivir con ella. Ha vivido buscando la armonía con su entorno, sin edificar ni trabajar la tierra, yerma, consciente de que su supervivencia dependía de la de su ganado, y este de la tierra que pastaba. Cuando el budismo tibetano se extendió en Mongolia, lo hizo respetando y manteniendo esta forma de entender el mundo; que solo hoy, cuando la globalización se arrastra hacia las tierras de Mongolia, empieza a desaparecer, entre los asentamientos urbanos y los envases olvidados que se ven desde el camino.

Un guía mongol me contó que todas las religiones del mundo son caminos que suben por la ladera de una misma montaña. Cada camino es distinto, pero todos llegan al mismo sitio, la cima de la montaña. Seguramente sea así, pero creo que no todas esas sendas son igual de sabias, o de agradecidas de recorrer, para el que las camina.

 Mongolia Chamanismo

De gulags, inocentes y convictos

GulagsLos gulags, campos de trabajo forzoso que operaron en la URSS durante varias décadas, permanecen silenciosos, como si no quisieran hacer ruido. Quise entrar en uno de ellos y no lo conseguí: hasta los abiertos al público los encontré cerrados. Son vergüenzas, una red numerosísima de razones por las que olvidar la peor creación, posiblemente, de toda la era soviética. Inocentes, convictos, prisioneras políticas, ciudadanos sospechosos de proferir ofensa o insulto; decenas de millones de seres humanos pasaron por estos campos, muchos de ellos tras haberse arriesgado a ocupar el camino de los que detentaban el poder, en un error que cambiaría sus vidas. Muchos de ellos lo hicieron sin la celebración de un juicio. Y muchos también fueron exculpados pocas décadas después, por obra de Boris Yelsin, si es que habían sobrevivido. Amarga disculpa, debió parecerles.

Red de gulags
La red de gulags en Siberia

No conseguí entrar en ellos, pero sí conseguí hablar con una anciana, huérfana de uno de esos campos, que hacía guardia en un pequeño museo de la capital. Sus padres, profesores, habían sido detenidos poco después de que ella naciera, responsabilizados de la formación de un grupo contrarrevolucionario troskista y por la divulgación de propaganda antisoviética. Ellos lo negaron. Su padre fue enviado a un campo de trabajo, sentenciado a muerte y ejecutado pocos años después. Su madre recuperaría la libertad cinco años más tarde. Ambos fueron rehabilitados, en 1992. Llevaban ya mucho tiempo muertos.

Fue Stalin el que convirtió este sistema de campos en lo que fue, y fue tras su muerte que estos campos empezaron a desaparecer. Es verdad que ya antes de él emperadores, zares y faraones habían utilizado la mano de obra más barata de todas, la convicta, para la construcción de sus grandes creaciones; pero fue este hombre el que aportó cierta componente de discrecionalidad, de utilización como herramienta. Haciendo coincidir el momento de mayor expansión de los gulags con el pico de industrialización, y por tanto de necesidad de fuerza de trabajo, de la Unión Soviética, imprimió lo que puede ser una de las coincidencias más sórdidas de la historia de este pueblo, a ambos lados de los Urales. Imprimió otra razón para no olvidar, para recordar la importancia de la memoria, para conocer la historia que nos gusta y también la que nos da miedo. E imprimió un aviso que ha quedado en el aire, como un grito silencioso, y que yo escuché de aquella misma anciana en ese museo de Moscú: Que en aras del cambio social los individuos nunca volvamos a ser prescindibles.