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Siempre nos quedará París

Publicado en Ctxt el 3 de diciembre de 2016.

La Cumbre del Clima de este año ha tenido lugar en Marrakech, no en Casablanca. Aun así, las palabras de Humphrey Bogart parecieron escucharse por encima de los aplausos y las críticas en el cierre de la cumbre.

Igual que en la película, el protagonista de esta cumbre, llamada COP22, también ha sido estadounidense. El nombre de Donald Trump ha estado en todas las bocas desde que se conociera su victoria en las elecciones presidenciales en la mañana del tercer día de la cumbre, y desde antes también. Durante la campaña electoral había calificado el cambio climático de “conspiración china” y en repetidas ocasiones había prometido sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París en cuanto fuera posible.

Sin embargo, si hay un gran éxito que nombrar de la Cumbre de Marrakech, ese es la respuesta enérgica y unánime de la comunidad internacional al nuevo presidente electo de Estados Unidos: estás solo, Trump. Todo el planeta, incluyendo países nada sospechosos de activismo ecologista como China, Rusia o Arabia Saudí, ha respaldado el Acuerdo de París y la transición hacia un modelo que limite el calentamiento global y sus impactos más perniciosos para la economía y la vida de la gente. Desde las elecciones estadounidenses ni un solo país ha dado marcha atrás en sus compromisos, y doce más han ratificado el Acuerdo de París. Nada de esto podía darse por descontado la mañana del 9 de noviembre, y el trabajo coordinado de ciudadanos, organizaciones, empresas y gobiernos, demostrando que la transición en la que estamos es imparable, ha sido fundamental.

En una entrevista en The New York Times, Donald Trump ha rechazado repetir su promesa de abandonar el Acuerdo de París y ha asegurado que analizará “cuál será el coste” del cambio climático en las empresas estadounidenses, mientras afirmaba que hay “alguna conexión” entre el cambio climático y la actividad humana. Este es un cambio de dirección, tal vez, que puede tener mucho que ver con lo logrado en Marrakech la semana pasada.

Más allá de la respuesta a Trump, tal vez el único logro de Marrakech haya sido no retroceder con respecto a lo alcanzado en París, lo que no es poco. El nivel de ambición con respecto a la próxima revisión, en 2018, de los planes nacionales para combatir el cambio climático es reducido; e insuficientes son los compromisos de aumentar la financiación para que los países en desarrollo se adapten a los efectos adversos del cambio climático. Efectivamente, como dicen muchos, queda mucho por hacer. Pero Marrakech ha sabido mantener el empuje de París, y la ciudadanía, por medio de empresas e iniciativas en todo el mundo, ha seguido demostrando que la economía real avanza mucho más rápido que la política. La Proclamación de Marrakech firmada por 195 países, si bien no legalmente vinculante, recalca la necesidad de actuar con urgencia contra el cambio climático y destaca la velocidad a la que la transición en la que nos encontramos está teniendo lugar. Esto es una confirmación del apabullante apoyo global que mantiene la lucha contra el cambio climático.

Escuchar a las y los líderes mundiales confirmar su compromiso ha estado bien, pero solo como preludio de lo que vayan a hacer al volver a casa. La Unión Europea tiene ahora la oportunidad de llevar a cabo en Bruselas aquello a lo que se comprometió en Marrakech, con el paquete legislativo sobre renovables, eficiencia energética y gobernanza, de enorme importancia para la transición energética de la UE. La Unión Europea deberá asumir el liderazgo que Estados Unidos parece dispuesto a ceder. El reto es que la Cumbre de Marrakech sea recordada como el momento en que el Acuerdo de París resistió, y como el comienzo de una nueva etapa en la que la lucha contra el cambio climático no solo es unánime, sino el catalizador de una serie de cambios que pueden dar la vuelta al sistema económico y mejorar la vida de mucha gente. Parece que, como decía Bogart en aquel aeropuerto, siempre nos quedará París. Asegurémonos de que Marrakech sea solo el principio.

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Se valiente. #VotaValiente.

Me he creído este proceso. Esa es la principal razón por la que me presenté, en su momento, a estas primarias. Me he creído que en Equo podemos hacer política de otra manera. Me he creído que aquí no tiene que haber candidatos naturales, que aquí no hay favores que devolver ni puestos decididos de antemano. En Equo nos creemos la democracia, y la ejercemos, de una vez por todas. Hasta el punto que alguien como yo, que un día salí a la calle y que desde la invisibilidad he trabajado por aportar a este proyecto, he podido exponer mis ideas, defenderlas, y llegar a una segunda vuelta y, tal vez, al Parlamento Europeo. Me he creído que la política tradicional, en Equo, se ha acabado. Que ya no valen políticos profesionales, que ya no valen decisiones tomadas anticipadamente. Que los votos no están decididos hasta que no han hablado todos los candidatos.

Y sé que puede sorprender. Sé que todavía nos cuesta. Pero yo ya me he creído que podemos hacerlo. Yo me he creído que estamos cambiando la historia, y que a partir de ahora nos enfrentaremos a unas elecciones con las que elegir a aquel o aquella que más nos convenza: primero a nosotros, después a la calle y por último al parlamento. Y me presento, con mis 25 años, con la experiencia que hasta ahora he ganado y con la fuerza que siento para luchar por el mundo en el que creo, para encabezar la lista de Equo a las elecciones europeas. Y estoy dispuesto a convenceros. Os pido, sólo, una cosa: que seáis valientes.

Valientes para poner la ecología política encima de la mesa, y para luchar por ella en cada enmienda, en cada resolución, en cada negociación parlamentaria. Valientes para salir a las calles a gritar y a convencer de que nos estamos ahogando, de que el planeta no puede esperar más y de que, juntos, podemos construir una alternativa que asegure nuestro medio y nuestras sociedades. Valientes para mostrar que ya sabemos cómo hacerlo, que hay un plan, y que si en la calle somos lo suficientemente numerosos no habrá nada, ni nadie, que pueda silenciarnos: desde las instituciones pondremos fin a la dictadura de mercados y mercaderes, y devolveremos la soberanía a sus verdaderos dueños, nosotros mismos; ejerceremos la democracia, no como un partido tradicional, sino como una red de ciudadanos, viva, en movimiento, y dispuesta a avanzar hasta que cedan los muros de un sistema demasiado viejo como para seguir respondiendo; y aseguraremos el reparto, aseguraremos que lo primero sean las personas y que, por encima de todo, nuestra obligación sea garantizar que todos y cada uno de nosotros tenemos los mínimos para vivir plena y dignamente. Para asegurar que nadie, nunca más, vuelve a quedar atrás.

Quiero dar las gracias a toda la gente que de una forma u otra me ha apoyado, y que ha creído que no había que tener miedo para cambiarlo todo, para pedirlo todo. Para votar valiente.

Por una Europa imaginada sin miedo.

#VotaValiente

Impacta Europa

Publicado en Infolibre, “Impacta Europa”, 28/01/2014

Ahora podemos reinventar Europa“, escribía hace algunas semanas Florent Marcellesi en el diario.es. “La podemos reinventar y construir desde la ecología política”, afirmaba, enumerando los retos a los que se enfrenta la Unión Europea y la alternativa por la que muchos creemos que hay que comprometerse: la de una Europa de la solidaridad y de los derechos humanos, centrada en garantizar el bien común a las generaciones presentes y futuras, liderando una transición ecológica capaz de responder simultáneamente tanto al drama social como a la crisis medioambiental en la que nos encontramos.

Sin embargo, me pregunto: ¿tenemos tiempo de reinventar Europa? Como izquierda verde del sur de Europa, con grandes expectativas de futuro pero minoritaria, todavía, ¿cuál es nuestra función, cuál debe ser nuestro mensaje para las próximas elecciones europeas?
Tenemos claras las causas que nos han traído hasta aquí. Y sabemos exactamente qué cambio de rumbo deben de tomar ahora nuestras sociedades, el necesario viraje hacia un modelo energético, productivo y democrático definitivamente justo y sostenible. Pero en la Europa cobarde y vendida en la que vivimos, adueñada por finanzas y mercados, ¿nos corresponden de verdad discursos vencedores? ¿Debemos centrar nuestro mensaje en un horizonte decrecionista, en ambiciosas asambleas constituyentes paneuropeas y en escenarios de bonanza económica en los que no nos encontramos, o debemos asumir lo inmediato de una crisis que apenas deja tiempo para ensoñaciones futuristas, sino para respuestas urgentes y completas, respuestas verdes, pero que contesten la realidad de miseria y entrampamiento en la que se encuentran hoy millones de personas en nuestro país y en el resto de Europa?

Porque lo que necesitamos ahora es crecimiento, no nos equivoquemos. Crecimiento en educación, sanidad y derechos sociales; crecimiento en la lucha contra la pobreza y la exclusión social, que curiosamente son competencias comunitarias; crecimiento en la devolución del Estado de Bienestar y en la inversión por parte de las instituciones en una transición ecológica que creará empleos y frenará nuestra marcha imparable hacia el suicidio medioambiental. La implementación de un Green New Deal, en definitiva, como la solución y salida definitivas de una espiral que ni siquiera los que la crearon parecen capaces de dominar, y que debe centrarse en tres ejes principales: la reducción de las desigualdades como primer reto fundamental, tanto en términos de ingresos (mínimos y máximos) como de participación (de grupos discriminados, por ejemplo, por edad o género); la recuperación democrática, que acerque las instituciones y la toma de decisiones a sus verdaderos dueños, la ciudadanía; y el renacimiento industrial y sostenible, basado en la justicia social y los límites climáticos.

No podemos confundir visiones de futuro, horizontes compartidos, con las acciones necesarias para salir de donde estamos, porque nos arriesgamos a no ser entendidos. No debemos confundir nuestro contexto, nuestro discurso de épocas mejores, con nuestra fuerza y capacidad reales, que no serán ni mucho menos despreciables: una o un representante de Equo tendrá la oportunidad de ejercer un impacto real en el Parlamento Europeo, tendrá la oportunidad de ejercer cambios concretos y cruciales que mejoren la vida de las personas de manera decisiva. Incluso un único representante, así es. No porque, evidentemente, éste vaya a conseguir en soledad instaurar una Renta Básica para cada ciudadano de la Unión Europea en los próximos años. Sino porque con su incansable trabajo luchará en cada enmienda, en cada negociación y en cada resolución parlamentaria; y vencerá, en la búsqueda de consensos, en la denuncia constante de la decisiones tomadas a espaldas de la ciudadanía, en la exposición de aquellos que venden Europa a los intereses de otros que no somos ni los ciudadanos ni las ciudadanas. Y convencerá, empujando a favor de una Renta Mínima Universal para los que más la necesitan en estos tiempos de urgencia, como llevan haciendo los Verdes en el Parlamento Europeo desde hace años. Y vencerá, al demostrar que la transición ecológica que los verdes exigimos es posible, y que el camino hacia una democracia más directa en la que se incluya a los ciudadanos en la toma de decisiones se recorre sencillamente con la voluntad política de hacerlo.

Es hora de salir de las reflexiones de despacho, y actuar. Es hora de bajar de la teoría de los cielos a la arena de la realidad política europea, y de ensuciarse, y de tomar decisiones valientes que cambien el rumbo que se está llevando hasta ahora, y que mejoren directamente las vidas de los que peor lo están pasando. Es hora de entrar en Europa, e impactar. Y de empujar hasta que cedan, hasta que salgan los que se aferran a un poder que no les pertenece. Es hora de ceñirnos al contexto, y de dar las respuestas que la gravedad del ahora nos requiere. Ya tendremos tiempo, cuando la tormenta amaine, de hablar de otros horizontes. Es hora de cambiarlo todo. Es hora de impactar Europa.

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Guillermo Rodríguez es consejero político de Juventud en el grupo Verdes/ALE del Parlamento Europeo y candidato en las primarias de Equo a las elecciones europeas

Europa importa: Una victoria que contar

Os quiero hablar de una victoria. Una victoria conseguida gracias a Europa; pero una victoria conseguida, por encima de todo, por los ciudadanos y las ciudadanas madrileñas. Y una victoria conseguida por Equo, cuando muy en sus primeros momentos decidió denunciar a las autoridades europeas el incumplimiento de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid del derecho europeo y en concreto de la directiva 2008/50/CE, sobre la calidad del aire en la capital.

Los niveles de contaminación de Madrid, debidos principalmente al tráfico y en segundo lugar a la industria, son conocidos por todos. Su consecuencia es a veces olvidada: Un problema de salud pública de verdadera gravedad. Asma, problemas cardiovasculares, cáncer de pulmón e incluso muertes prematuras (cada año 16.000 en España y 1.700 solo en Madrid debido a la contaminación del aire, según la Comisión Europea) son la materialización más negra de esta realidad, en una ciudad cuyos gobernantes se niegan a elaborar planes ambiciosos para luchar contra esta situación y fomentan precisamente proyectos del todo insostenibles, como el ya fallido Eurovegas, o un crecimiento basado en la construcción que va exactamente en la dirección contraria a lo marcado por la legislación europea.

Y es que esta legislación, concretamente en materia de medio ambiente, es una de las razones por las que podemos estar agradecidos a la Unión Europea: Muchos pensamos que sin ella, y a pesar de sus últimos pasos hacia atrás, países como España nunca hubieran avanzado en medidas fundamentales para responder a la amenaza de cambio climático y a la contaminación en nuestro planeta.

Una de estas medidas es la directiva 2008/50/CE, que ensambló las diferentes normativas sobre la calidad del aire desarrolladas desde los años 90, y que recoge entre otras cosas los valores máximos tolerables (por hora, día, o año) de una serie de sustancias tóxicas como las partículas en suspensión (PM10 o PM2,5), el dióxido de nitrógeno (NO2) o el ozono troposférico. En este ámbito, son los Estados miembros los que tienen la obligación de incorporar (en unos plazos definidos) el derecho de la Unión a su ordenamiento jurídico, y es obligación de la Comisión Europea supervisar y ejecutar acción legal en caso de infracción por parte del Estado miembro.

¿Y quién puede denunciar una infracción? Lo puede hacer la propia Comisión, otro Estado miembro, o cualquier ciudadano de la Unión por medio del Comité de Peticiones de Parlamento Europeo.

Así lo hizo Alejandro Sánchez en nombre de la Fundación EQUO en marzo de 2011. Denunció que la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid estaban incumpliendo los límites máximos vigentes desde hacía años, que estaban recolocando las estaciones de medición de zonas más a otras menos contaminantes y que estaban implementando medidas, como el Plan de Carreteras 2007-2011, que suponían un empeoramiento de los niveles de contaminación en la Comunidad.

Y la Comisión contestó. Que con respecto a la recolocación de las estaciones de medición, no tenía suficiente información. Que con respecto a planes de carreteras, la directiva no tenía suficiente competencia. Que con respecto a algunas de las substancias señaladas, aun había lugar para posibles moratorias o a la recolección de otros datos más favorables al gobierno matritense.

Pero también que, con respecto a una de las substancias señaladas, el PM10, en una de las zonas señaladas, el Corredor del Henares, sí veía un incumplimiento claro por parte del gobierno de la Comunidad de Madrid. Y por la misma señaló que comenzaba un procedimiento de infracción, dirigido al Tribunal de Justicia de Luxemburgo, que exigiría al gobierno de la Comunidad de Madrid el cumplimiento de la legislación comunitaria bajo amenaza de multas millonarias, de los que su gobierno, entonces el de Esperanza Aguirre, debería ser el único responsable.

Y así acabo una victoria, en la que los ciudadanos, por medio de Equo, forzaron al gobierno de la Comunidad de Madrid a cambiar sus políticas por el bienestar y la salud de los madrileños. Y en la que, gracias entre otras cosas a la Unión Europea, vencimos.

Seguramente esta fuera la primera de muchas victorias.