Hacerse rico es glorioso

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Esas fueron las palabras con las que en los años 80 el exlíder chino Deng Xiaoping marcó el inicio de un cambio que abrió la República Popular China al resto del mundo. Desde entonces, la carrera ha sido frenética, en un país donde los contrastes se perciben desde la calle hasta el Parlamento: el crecimiento colosal, que amenaza la hegemonía estadounidense y la influencia europea, del que es todavía uno de los países más desiguales del planeta; el aumento de las protestas y el activismo pro democracia y derechos humanos, de la mano de su persecución y del aumento del presupuesto de seguridad interior (policial, entre otros) por encima incluso del creciente presupuesto militar; y otros, como la corrupción y su ejemplar –tal vez aparente– limpieza, o la confirmación de que, efectivamente, “el límite de China se encuentra en el cielo”.

Lo que apenas encontré en China fue conciencia. Excepto de unos pocos mayores, a los que la única manera de acceder era en mandarín, la falta de interés y de compromiso era extensa, especialmente entre las y los jóvenes: su gobierno defendía sus intereses y cualquier crítica a sus funciones era seguramente falsa y susceptible de pretender desestabilizar a China y sus habitantes. Era difícil entender si se debía a los laxantes de ese particular libre mercado –en el que la dictadura no la ejercen los mercados, sino el propio gobierno, al que los ciudadanos ni votan ni, en gran número, desean votar–, a la aquiescencia del budismo, del que hablaremos pronto, o a la docilidad impuesta por un gobierno al que no le ha temblado la mano cuando ha visto peligrar su poder. Un ejemplo de ello fue la matanza de Tiananmén, que actuó sobre la población china como si de una violación se tratase, forzando su silencio y su amnesia hasta el día de hoy.

Hay una idea que escuché con insistencia, de jóvenes, mayores y extranjeros: la sociedad china no tiene la edad suficiente. Son inocentes, inmaduros, desconocen lo que les conviene, y necesitan de quienes sí lo saben para que decidan en su lugar. Como niños, me decían, en una metáfora que como tantas otras veces relega la democracia por detrás de la eficiencia, de los que mejor saben cómo hacerlo, de lo que se debe hacer. Pero quién decide a quienes mejor lo hacen, de qué manera se selecciona a los mejores, son preguntas para las que nadie parece tener respuesta, ni dentro ni fuera de China. Y ante eso, la cuestión deja de ser quién lo hará mejor, para convertirse en quién tiene la legitimidad de hacerlo. Como en Europa y en tantas otras partes del mundo, sin la participación de la gente, no hay crecimiento equitativo y sostenible posible.

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Un país que se ahoga

La entrada en Pekín es pegajosa, gris, asfixiante. Una niebla densa envuelve la ciudad, te hace toser, esconde el sol y lo tamiza. Se mantiene durante días, a veces semanas, y solo desaparece cuando la lluvia o el viento se la llevan inesperadamente durante unas horas. Es entonces cuando se puede ver el cielo.

Este esmog, o niebla tóxica, que en medidas menos desproporcionadas tan bien conocemos en Madrid, cubre ya un tercio de la República Popular China y es un recordatorio lo suficientemente poderoso de lo lejos que está este país de alcanzar mínimos de calidad de vida para sus habitantes. Para todas y todos, quiero decir. Porque como advierte Ralph Litzinger, lo cierto es que diferentes clases y grupos sociales experimentan las consecuencias de estos niveles de contaminación de maneras diferentes.

La clases medias, cada vez más concienciadas, envían a sus hijos a colegios que cuentan con protección, los dejan en casa en días de asfixia o buscan formas de que estudien en el extranjero cuando llega el momento. Medidas que no están al alcance de las capas más vulnerables de la sociedad, que padecen sin embargo la crudeza de la contaminación del aire, el 60% de los ríos y el 20% de las tierras de cultivo de un país cuya amenaza ya no está solo en el crecimiento económico y la salud pública: lo está también en la estabilidad política.

Un buen ejemplo es la expansión de industrias tóxicas y refinerías químicas, que tiene lugar precisamente en las provincias más pobres del interior de país, donde se espera, parece, que la población que allí vive acepte cualquier empleo a cualquier precio, aunque el coste de este se pague con su salud y su medio ambiente -se calcula que cada año mueren prematuramente entre 350.000 y 500.000 chinos debido a la contaminación-. Y están diciendo que no piensan hacerlo.

Hay algo que sí está cambiando. Los pequineses están descubriendo que después de todo conseguir que su cielo sea azul es solo cuestión de voluntad: política, entre otras. Y que igual que para la ocasión de la cumbre Asia Pacífico fue posible, lo debe ser también de ahora en adelante.

Lo está descubriendo la ciudadanía, pero puede que lo esté intuyendo también su clase política. China se está convirtiendo en líder del mercado de nuevas tecnologías, y en los próximos 20 años hará la mayor parte de las inversiones globales en energía solar, eólica y en automóviles eléctricos. Está entendiendo dónde se juega el futuro. Está entendiendo, al igual que Estados Unidos, que los líderes de estas tecnologías serán capaces de bajar los costes de producción y de dominar industrias como la del automóvil, de gran importancia para la Unión Europea, por ejemplo. Las implicaciones que tiene apostar por la transición energética no son sólo medioambientales, sino también políticas, económicas y sociales. Solo los ciegos no están siendo capaces de verlo. Y entre ellos, los que nos gobiernan.

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Irnos para cumplir nuestros sueños

Publicado en eldiario.es el 04/01/2015, en el blog de Juventud Sin Futuro #DesdeTodasPartes.

No tienen derecho. En el debate de los cientos de miles de jóvenes que abandonan España para buscar un futuro, en la farsa de la mejora de las cifras de desempleo haciendo que los jóvenes salgamos de las cifras, en la dificultad de dejar a nuestra gente, nuestra tierra e idioma para llegar adonde sí puede haber oportunidades; la mayor crueldad, el mayor abuso, está en el convencimiento de que quienes nos están haciendo esto no tienen derecho a hacerlo.

Somos las pérdidas renunciables. Los daños colaterales. Somos lo que los grandes gobernantes están dispuestos a sacrificar para continuar con esta farsa. Los excesos de las élites financieras internacionales junto con los de nuestra clase política, los silencios de una transición no transitada, los juegos de una mafia que lo ha abarcado todo, y la especulación, y la falta de coraje para cambiar unas estructuras corrompidas, y la vergüenza; son las causas, insólitas, de que seamos parte de una generación sin futuro. Perdida, nos dicen. Y asumen que vamos a tener la templanza de pagar nosotros las consecuencias, de ponerlas a nuestras espaldas, de compensar con nuestras vidas el saqueo, la ineptitud y el abuso de sus acciones. Y se equivocan.

Vamos a recuperar nuestro derecho a elegir, a que se respeten nuestras decisiones. Las de quienes hemos tenido la suerte de tener los medios para irnos a miles de kilómetros de distancia a perseguir nuestros sueños, las de quienes viven encerrados en vidas que no quieren, las de a quienes explotan, las de a quienes utilizan, aprovechándose de nuestra ilusión, nuestra motivación y nuestras ganas de trabajar y luchar por cambiar el mundo a cambio de sueldos de miseria, de precariedad e ingratitud. Las de quienes todavía siguen en esta trampa que es España, que no ofrece trabajo, ni medios para estudiar ni futuro a cientos de miles de jóvenes que nunca especularon, ni llevaron a bancos a la ruina, ni recibieron rescates millonarios. Ni vivieron nunca por encima de sus posibilidades.

Yo, que soy un afortunado, que he podido cambiar contento de continente para dedicarme a lo que quiero, denuncio que no he tenido la posibilidad de quedarme en mi tierra, ni en las cercanías de sus fronteras, si quería cumplir mis sueños. Denuncio que no me han dado esa elección. Y es esa imposibilidad de escoger, esa falta de alternativa, la que se esconde detrás de este sistema corrupto que somete a los jóvenes de nuestro país y de muchos otros. Lo que nos han arrebatado es la capacidad de tomar nuestras decisiones, de vivir una vida independiente. Nos han obligado a aceptar cualquier empleo, a trabajar a cualquier precio, a estudiar lo que el mercado laboral dictara, a volver a vivir con nuestros padres: y si hemos podido evitarlo ha sido solo a un altísimo coste, pagado a menudo en miles de kilómetros. Nos han expuesto a mayores índices de pobreza, de exclusión social, a tasas de desempleo imposibles.

Este país ha renunciado a nosotros, y sin embargo nos necesita. Porque las consecuencias de esa renuncia las pagaremos entre todas y todos. Las pagará nuestra sociedad, las pagará este país dentro de veinte años. Tenemos que demostrar que se equivocan. Tenemos que demostrar que no tienen derecho. Estamos ante la oportunidad de recuperar lo que era nuestro, de no tener que irnos nunca más para cumplir nuestros sueños. Conseguirlo pasa solo por una condición: hacer que se vayan ellos.

Mujeres de Mongolia

Por Rosa Martínez y Guillermo Rodríguez.

Foto de Rosa Martínez
Foto de Rosa Martínez

De la convivencia con familias nómadas mongolas puedes contar muchas cosas, revivir experiencias únicas e incluso sacar lecciones de vida. Sin embargo, elegimos compartir nuestras impresiones sobre el papel de la mujer en la sociedad de Mongolia. En los miles de kilómetros recorridos por estepas y desiertos, fuimos testigos de la invisibilidad y el silencio de muchas mujeres. Asumían la responsabilidad del hogar, del ganado, de la alimentación y del bienestar de los huéspedes, pero lo hacían desde la discreción, desde un segundo plano, que no era evidente, ni grosero, ni manifiestamente discriminatorio. Y sin embargo, para nosotros, viajeros occidentales con gafas violetas, la vida cotidiana de las mujeres en los ger no dejaba de sacudirnos una y otra vez en cada familia y en cualquier momento del día: no oíamos su voz, no compartían ni la conversación ni el momento de descanso que los hombres de la casa (maridos, padres, hermanos) disfrutaban con nosotros, los huéspedes, en el centro de la estancia, mientras ellas se movían en la sombra y el silencio de la periferia del hogar siempre ocupadas.

Y sin embargo, habíamos leído sobre el empoderamiento de la mujer en Mongolia. En los últimos años, las tasas universitarias de las mujeres han sido entre un 60% y un 70% mayores que las de los hombres. Quienes emprenden en Mongolia son ellas, en la medida en que los hombres se quedan con el ganado y abandonan la formación, y comprobamos que los negocios –tiendas, comercios o restaurantes– en núcleos urbanos como la capital o los polvorientos pueblos en medio del desierto eran gestionados mayoritariamente por mujeres.

Pensando en lo que vivimos en Europa, nos preguntábamos si esa liberación que percibíamos en las zonas urbanas tendría un impacto en el hogar y en la relación con sus parejas, si las familias de esas emprendedoras serían diferentes a las que habíamos conocido en la Mongolia rural: ¿sería la emancipación económica un primer paso hacia la emancipación real, como lo había supuesto en Occidente?

Foto de Rosa Martínez
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Hemos de confesar que, en realidad, después de reflexionar sobre esa evidente invisibilidad de las mujeres, no éramos capaces de enumerar grandes diferencias con lo que hasta hace bien poco han vivido las mujeres españolas y siguen viviendo en muchos contextos: El desequilibrio en la carga de trabajo, la sumisión y el servicio a los demás (hombres, familia, huéspedes), el nulo valor o reconocimiento al trabajo de cuidados, la ausencia de voz… Es verdad que en nuestra sociedad se han producido cambios, y que en una gran parte de la sociedad la evidencia ha dejado paso a la sutileza en las formas de discriminación de la mujer. Pero la realidad es que la opresión y discriminación de la mujer hoy en Occidente viene dada precisamente por las aparentes conquistas de empoderamiento y libertad, que se han convertido en parte de los elementos sustentadores del patriarcado del siglo XXI: el trabajo remunerado fuera de casa que se convierte en doble jornada; la libertad para vestirse y mostrar el cuerpo que se ha convertido en la principal herramienta de objetivación sexual de la mujer; o la libertad sexual, que a menudo se ha subordinado a la sexualidad masculina.

El sometimiento de la mujer en las familias nómadas nos fue evidente. Y esto nos hizo por una parte darnos cuenta de que en realidad eran situaciones para nada extrañas o impensables en nuestra sociedad; y por otra recelar de la libertad y emancipación que la independencia económica puede traer a las mujeres mongolas, tal y como ha supuesto a las mujeres en Occidente. En realidad, lejos de hacernos sentir satisfechos por el camino recorrido, esta experiencia nos ha hecho pensar en la profundidad que todavía tiene la discriminación de la mujer en nuestra cultura. Y por supuesto, nos ha recordado la necesidad de continuar la lucha por la igualdad real de las mujeres, tanto allí como aquí.

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El Naadam

El Naadam es un festival tradicional mongol en el que contendientes miden sus habilidades en lucha, arco y caballo. Tiene lugar una vez al año y es un espectáculo extraordinario para los que son amantes de los juegos de guerra, y para los que no.

Las ropas de lucha exigen una explicación: Una leyenda mongola cuenta que una vez una mujer se hizo pasar por hombre, participó de la competición de lucha y barrió a todos sus oponentes masculinos. Desde entonces el chaleco se rediseñó dejando el pecho al descubierto: para identificar así a las mujeres que osasen intentarlo, dado que en habilidad no podían distinguirlas.

Hoy, las mujeres ya forman parte, en minoría, del resto de pruebas, arco y caballo. Pero todavía no de la de lucha.

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A galopar

Magullados, después de días cabalgando, una noticia nos golpea: el refugio nómada donde pensábamos pasar la noche se ha desplazado, y no podemos encontrarlo. En la estepa, la tarde está cayendo. El siguiente puede estar a muchos kilómetros de distancia, no sabemos a cuántos, pero tenemos que apresurarnos.

La noticia nos llega en palabras en mongol y gestos con las manos. Y sabemos sin embargo que la hemos entendido.DSC_0033 copy

Nos dirigimos hacia el Oeste, a galope, con nuestros cinco caballos. Los cantos de Hurlee nos envuelven, sus silbidos nos persiguen; el sol se esconde ante nosotros y la noche se asoma, amenazante: no sabemos, ni podemos saber, cuántas horas nos quedan de viaje. Pero seguimos, veloces, sintiendo el sudor de los caballos y el temor en la garganta. Fuerza, les susurramos. Corred; corred, valientes.

Oscurece. El cielo se cubre de estrellas. Pero nosotros continuamos la marcha, entre el frío y la angustia, despacio, muy juntos, pero muy solos. Viajando seguramente hacia lugares donde nunca habíamos viajado antes.

Cuando encontramos el refugio, nos acogió una familia como todas las que conocimos en las estepas de Mongolia. En sus gers, o yurtas, en los que la existencia de una sola estancia no deja espacio para la intimidad ni apenas para el individuo, descubrimos la hospitalidad de un pueblo que ha aprendido a combatir la intemperie utilizando la pertenencia al grupo, su sociedad. No estás solo. El grupo te acoge, lo acoges: lo necesitas para sobrevivir en la inmensidad deshabitada de esas llanuras.DSC_0714 copy

Juntos somos más fuertes, solos estamos perdidos. Es una forma de sobrevivir, sabia, que contrasta con el individualismo que se filtra poco a poco por las fronteras de Mongolia, y que ya la está invadiendo: la economía de mercado, en forma de libertad de circulación de capitales, y también de aumento de la pobreza, el desempleo, la desigualdad, el expolio de sus recursos naturales y el cambio climático.DSC_0771 copy

El individualismo, la fragmentación social, que como en Occidente en los años setenta llegan también a caballo, galopantes, y que son una cara fundamental, tal vez la más importante, para entender el mundo en que vivimos. Y cómo podemos cambiarlo.DSC_0791 copy

Tierras de Mongolia

Son muchos los días que hacen falta para atravesar Siberia, dejando Europa a las espaldas. Días en que el tren recorre pensamientos y llanuras, salvajes y olvidadas, sobre las que crees que tu mirada es la primera que se posa nunca. Son muchos los valles que se cruzan, los rasgos que cambian en los rostros de quienes se apean, los husos horarios que desfilan mientras el tren avanza sin parada. Y aun así, la llegada a Mongolia no pasa inadvertida.

Van Mongolia

Creo que nunca me he sentido tan apartado, tan lejos, como en las estepas de Mongolia. Hay una sensación de pureza, de libertad; de incursión hacia el pasado, hacia el origen, que se percibe al compartir sonrisas y bebidas con sus gentes; y de intemperie, de tierra fría en invierno y ocre en primavera, de dureza, que en la inmensidad de sus llanuras, en el vacío de su silencio cómplice, reservado, te hace sentir tan libre y tan pequeño.

La naturaleza en Mongolia no se ha tocado. Su pueblo, nómada, ha vivido desde que le alcanza la memoria de la cría del ganado, sin segar su tierra, sin cambiarla. Su creencia, que proviene del chamanismo de sus tierras, se basa en que el ser humano no está en la tierra para luchar contra la naturaleza, sino para convivir con ella. Ha vivido buscando la armonía con su entorno, sin edificar ni trabajar la tierra, yerma, consciente de que su supervivencia dependía de la de su ganado, y este de la tierra que pastaba. Cuando el budismo tibetano se extendió en Mongolia, lo hizo respetando y manteniendo esta forma de entender el mundo; que solo hoy, cuando la globalización se arrastra hacia las tierras de Mongolia, empieza a desaparecer, entre los asentamientos urbanos y los envases olvidados que se ven desde el camino.

Un guía mongol me contó que todas las religiones del mundo son caminos que suben por la ladera de una misma montaña. Cada camino es distinto, pero todos llegan al mismo sitio, la cima de la montaña. Seguramente sea así, pero creo que no todas esas sendas son igual de sabias, o de agradecidas de recorrer, para el que las camina.

 Mongolia Chamanismo

El Buen Vivir: La lucha y narrativa de EQUO

Leyendo la ponencia política que se discutirá este fin de semana en la Asamblea Federal de EQUO, me he dado cuenta de que las tres batallas de EQUO, la equidad, la sostenibilidad y la regeneración de la democracia, son hoy más actuales que nunca.

En estos cuatro años el sistema neoliberal ha continuado su descomposición, arrastrándonos con él en su decadencia. La sobreexplotación de personas y recursos para satisfacer los intereses de una minoría cada vez más despreciable ya no se soporta más. Sus estertores de corrupción, paro y pobreza empiezan a llegarnos roncos, delirantes, ante una calle que desafiante se despierta, preparada para recuperar lo que nos pertenece, lo público y la democracia; preparada para transformar un sistema que ya está a punto de romperse. Aquellas tres razones que nos reunieron una vez son hoy el objetivo de millones de personas, y no habíamos nunca hasta ahora estado tan cerca de alcanzarlas.

Ha llegado la hora de decir basta. Ha llegado el momento de dejar de sacrificar a la mayor parte de la población para el beneficio de unos pocos. Ha llegado el momento de que todas y todos tengamos las mismas oportunidades, de que nadie tenga que tener suerte para salir adelante: de que el objetivo último y primero de quienes nos gobiernan sea garantizar los derechos y necesidades de las personas, en una sociedad posible, que tenga en cuenta su entorno y que conozca sus límites; porque los suyos serán los nuestros. Ha llegado el momento de entender que es insensato pensar que podemos vivir ajenos a nuestro contexto; que esa es la peor de las utopías. Y de explicar que por lo que nosotros estamos luchando es una sociedad sostenible en lo social y en lo económico, sin hambre ni exclusión, sin discriminación, con estructuras financieras al servicio de la gente y no de sí mismas; y también en lo ambiental, porque en un país como España apostar por el sol, el viento y la gestión eficiente de la energía es apostar por la prosperidad económica, la creación de empleo y el bienestar social. Estamos luchando por una sociedad que se sostenga, y que lo haga con democracia: sólo siendo la ciudadanía quienes llevemos a cabo esta transformación recuperando nuestras instituciones podremos conseguirlo.

Estamos en una situación de emergencia, y también lo más cerca que hemos estado nunca de poder cambiarla. Es en este escenario de oportunidad donde EQUO tenemos que contribuir con esas alternativas poderosas, posibles y completas, esas alternativas que con rigor llevamos tanto tiempo trabajando, para llevar a cabo lo que en EQUO sabemos hacer: crear empleos, enfrentando el cambio global en el que nos encontramos con las oportunidades que tiene nuestro país; garantizar nuestras necesidades y derechos, conscientes de que esa es la responsabilidad de quienes llegan a las instituciones; asegurar el equilibrio de las cuentas públicas, a base de medidas de sostenibilidad económica y medioambiental y de justicia fiscal y social; y acabar con esa corrupción asquerosa, con ese abuso y perversión del poder, construyendo estructuras de gestión y participación radicalmente democráticas.

Garantizar el Buen Vivir, en definitiva. El interés de todas y todos, las necesidades básicas de todas las personas pero también su desarrollo personal, su elección individual. El Buen Vivir como valor universal, de inclusión, de equidad, de democracia.

Esta es nuestra lucha, por la que en EQUO seguiremos batallando. Y con la que seremos parte del cambio social que está a punto de cambiarlo todo.

Una CEF como el partido en que creemos y el país por que luchamos

En EQUO estamos eligiendo estas semanas a quienes serán las y los miembros de nuestra próxima CEF, la Comisión Ejecutiva Federal: a quienes asumirán una buena parte del trabajo y el liderazgo para avanzar por los meses cruciales e inciertos que tenemos por delante.

Yo a esta nueva CEF le quiero pedir osadía, antes de nada. Quiero una CEF de valientes. Una CEF de personas que sean capaces de dejar sus zonas de confort para conseguir catapultar este proyecto todo lo alto que puede llegar a estar. Quiero no volver a escuchar la denuncia quejumbrosa de que es que los medios no nos sacan, es que los medios son injustos, es que a ellos sí y a nosotros no: que no se quejen y se metan, nos metan; porque esa es antes que nada su responsabilidad.

Una CEF que se ciña al contexto. Que entienda el momento en el que estamos y sus oportunidades de cambio, que persiga que seamos precisamente aquel partido que prometimos ser cuando empezamosAhora es el momento, decíamos. Que caiga en la cuenta de que no somos los únicos seres humanos en el planeta que estamos luchando por una sociedad más justa, sostenible y democrática. Que se entere de qué queremos ser la mayoría de simpatizantes y votantes de este partido: una herramienta de cambio de nuestra sociedad; lo que pasa por conectar con la calle, recibir su confianza -también en forma de voto-, llegar a las instituciones y cambiar las cosas. Que sea capaz de elaborar mensajes y estrategias que conecten con la ciudadanía, que sepa explicar nuestro mensaje: tenemos una solución, un plan que puede arreglar este país desde cada una de sus vertientes. ¿Por qué no lo estamos contando? ¿Por qué no nos hacemos entender? Pediría que quienes no tengan interés en contestar a estas preguntas se abstengan de presentar candidatura.

Una CEF como el partido en el que creo y el país por el que lucho: inflexiblemente feminista, donde el liderazgo femenino sea completo, sin amputaciones, donde no haya floreros. Un liderazgo femenino al que se le den los medios para serlo. Una CEF radicalmente democrática, donde todas y todos veamos lo que se hace y entendamos por qué, donde se rindan cuentas y por tanto haya responsabilidades concretadas. Y sostenible, sí, también económicamente. Si no queremos caer en la profunda vergüenza de no haber podido aplicar nuestros principios ni siquiera a nuestra propia estructura.

Tenemos un objetivo muy claro: ser parte del cambio social que posiblemente esté a punto de darse, luchar por que éste tenga lugar y convertirlo en verde cuando llegue el momento. Que quienes presenten sus candidaturas presenten también su compromiso.

Váyanse del poder, si no les molesta

stopVladimir Putin lleva sólo quince años gobernando. Lo digo, quitándole importancia, porque podría hacerlo todavía por otros diez, y todo apunta a que lo hará. No le priven de su mérito: lo hace en un país donde los gobernantes se eligen por sufragio universal y la Constitucion limita los mandatos a sólo dos legislaturas. Pero Vladimir Putin ha podido con estos y con muchos otros obstáculos. Cuando tuvo que abandonar la presidencia en 2008 colocó a su fiel colega Dmitry Medvedev en el puesto, se mudó a la oficina de primer ministro, para cuatro años después volver a intercambiarse el despacho con el bueno de Dmitry. Cuando vio que aún así las cuentas no salían, tampoco se preocupó: enmendó la constitución para prolongar un poquito más la duración de sus legislaturas y cumplir así en el poder el cuarto de siglo.

Cuando un o una gobernante está demasiado tiempo en el poder hay algo que se corrompe. Independientemente de que haya sido elegido en elecciones impecables, de que una mayoría de la población quiera que vuelva a ser ella o él. Tal vez sea porque llega un momento en que las personas necesariamente nos cansamos, y descuidamos el ejercicio de nuestras funciones. Tal vez sea porque tenía razón aquel filósofo griego, sobre el peligro de que las personas prevalezcan sobre las instituciones; porque aquellas pasan, pero estas permanecen. O tal vez sea debido a la dación y devolución de favores, que acaba por no poder sostenerse más. Pero lo indudable es que la limitación de mandatos nos habría evitado asistir al tan triste crepúsculo de algunos o a la longevidad en el poder de otros.

Longevidad que lleva al inevitable desbocamiento de la corrupción. Ya sea un -hasta hace poco- símbolo inderrocable del catalanismo, una ministra del Partido de los Trabajadores de Brasil o el líder de la corriente política denominada putinismo; el exceso de duración en el desempeño del cargo acaba trayendo siempre otros excesos. Lo que es verdad es que no todos la amparan con la misma soltura. Una estudiante de Irkutsk me contaba sobre los intentos del señor Putin de convencer a sus electores, argumentando, de que la corrupción es inherente a cualquier sistema político y que por tanto estos debían asumirla. “Si hay ejemplos como Singapur en que han conseguido erradicar la corrupción, entonces aquí también podemos hacerlo”, contraargumentaba ella.

Los favores se acumulan, el aire se vicia. Y la política necesita savia nueva, nuevas ideas. Nuevas políticas y políticos, no jóvenes o viejos: pero que vengan sin pasado al ejercicio de la política. Que no deban favores. Que puedan llegar a las instituciones con toda la libertad y la fuerza que les da no deberle nada a nadie.

Que vengan sin pasado en la política, pero sí con un sitio al que volver. Que comprendan que la política no es una forma de ganarse la vida, sino un período de contribución del que siempre se acaba saliendo. Que no se tomen nunca más decisiones que antepongan mantenerse en el poder o volver a él al interés general de la ciudadanía.

La mayor parte de las Constituciones del mundo contemplan la limitación de poderes entre sus artículos. En España no existe para la presidencia del Gobierno o de las Comunidades Autónomas, pero curiosamente sí, y me pregunto quién redactaría la magnísima Carta, para la gobernación del Banco de España o para la presidencia del Tribunal Constitucional o del Tribunal de Cuentas. Y debe existir para todos. Aunque el ejemplo de Rusia, como escribía hace muy poco, demuestra que además de artículos constitucionales se tienen que dar también alternativas políticas, creíbles y poderosas, para garantizar la limitación de mandatos y el ejercicio de la democracia. Y líderes con fuerza y valor para llegar a serlo, en este mundo, tenemos muy pocos. Que nos lo digan sino a las y los europeos.