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Siempre nos quedará París

Publicado en Ctxt el 3 de diciembre de 2016.

La Cumbre del Clima de este año ha tenido lugar en Marrakech, no en Casablanca. Aun así, las palabras de Humphrey Bogart parecieron escucharse por encima de los aplausos y las críticas en el cierre de la cumbre.

Igual que en la película, el protagonista de esta cumbre, llamada COP22, también ha sido estadounidense. El nombre de Donald Trump ha estado en todas las bocas desde que se conociera su victoria en las elecciones presidenciales en la mañana del tercer día de la cumbre, y desde antes también. Durante la campaña electoral había calificado el cambio climático de “conspiración china” y en repetidas ocasiones había prometido sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París en cuanto fuera posible.

Sin embargo, si hay un gran éxito que nombrar de la Cumbre de Marrakech, ese es la respuesta enérgica y unánime de la comunidad internacional al nuevo presidente electo de Estados Unidos: estás solo, Trump. Todo el planeta, incluyendo países nada sospechosos de activismo ecologista como China, Rusia o Arabia Saudí, ha respaldado el Acuerdo de París y la transición hacia un modelo que limite el calentamiento global y sus impactos más perniciosos para la economía y la vida de la gente. Desde las elecciones estadounidenses ni un solo país ha dado marcha atrás en sus compromisos, y doce más han ratificado el Acuerdo de París. Nada de esto podía darse por descontado la mañana del 9 de noviembre, y el trabajo coordinado de ciudadanos, organizaciones, empresas y gobiernos, demostrando que la transición en la que estamos es imparable, ha sido fundamental.

En una entrevista en The New York Times, Donald Trump ha rechazado repetir su promesa de abandonar el Acuerdo de París y ha asegurado que analizará “cuál será el coste” del cambio climático en las empresas estadounidenses, mientras afirmaba que hay “alguna conexión” entre el cambio climático y la actividad humana. Este es un cambio de dirección, tal vez, que puede tener mucho que ver con lo logrado en Marrakech la semana pasada.

Más allá de la respuesta a Trump, tal vez el único logro de Marrakech haya sido no retroceder con respecto a lo alcanzado en París, lo que no es poco. El nivel de ambición con respecto a la próxima revisión, en 2018, de los planes nacionales para combatir el cambio climático es reducido; e insuficientes son los compromisos de aumentar la financiación para que los países en desarrollo se adapten a los efectos adversos del cambio climático. Efectivamente, como dicen muchos, queda mucho por hacer. Pero Marrakech ha sabido mantener el empuje de París, y la ciudadanía, por medio de empresas e iniciativas en todo el mundo, ha seguido demostrando que la economía real avanza mucho más rápido que la política. La Proclamación de Marrakech firmada por 195 países, si bien no legalmente vinculante, recalca la necesidad de actuar con urgencia contra el cambio climático y destaca la velocidad a la que la transición en la que nos encontramos está teniendo lugar. Esto es una confirmación del apabullante apoyo global que mantiene la lucha contra el cambio climático.

Escuchar a las y los líderes mundiales confirmar su compromiso ha estado bien, pero solo como preludio de lo que vayan a hacer al volver a casa. La Unión Europea tiene ahora la oportunidad de llevar a cabo en Bruselas aquello a lo que se comprometió en Marrakech, con el paquete legislativo sobre renovables, eficiencia energética y gobernanza, de enorme importancia para la transición energética de la UE. La Unión Europea deberá asumir el liderazgo que Estados Unidos parece dispuesto a ceder. El reto es que la Cumbre de Marrakech sea recordada como el momento en que el Acuerdo de París resistió, y como el comienzo de una nueva etapa en la que la lucha contra el cambio climático no solo es unánime, sino el catalizador de una serie de cambios que pueden dar la vuelta al sistema económico y mejorar la vida de mucha gente. Parece que, como decía Bogart en aquel aeropuerto, siempre nos quedará París. Asegurémonos de que Marrakech sea solo el principio.

El cambio climático lo cambia todo, empezando por la política

Publicado junto con Florent Marcellesi, en eldiario.es el 14/07/2016.

El cambio climático es el mejor relato contra el capitalismo desregulado. El modelo social, económico y político actual lleva décadas llevándose por delante las leyes y los derechos de la gente, a nivel social, laboral y fiscal. Pero por primera vez se está encontrando con otras leyes, las de los ecosistemas, que están probando de manera definitiva su inviabilidad. El cambio climático recuerda a aquella previsión, vaticinada por Marx, de que el capitalismo se dirige hacia su propia extinción. Pero la diferencia con aquel entonces es que, finalmente, la necesidad de combatir esta amenaza está pasando a ser parte del propio sentido común.

Combatir el cambio climático ya es una narrativa que ocupa la totalidad del espectro político; incluso entre quienes no quieren que el sistema económico cambie. El Acuerdo sobre el clima de París ha jugado un papel fundamental en alcanzar esta hegemonía, consiguiendo que todos los actores políticos, sociales y empresariales (incluyendo multinacionales y fondos de inversión) reconozcan la necesidad de reajustar, en mayor o menor medida, nuestro modelo de producción y de consumo para poner límite al calentamiento global. Unos lo hacen porque quieren vivir una vida mejor y más justa; otros, porque son conscientes de los costes millonarios que conllevaría reaccionar demasiado tarde. Sea por lo que sea, el cambio climático se ha convertido en una nueva normalidad que ya marca la agenda política, social y económica. Y esto es una gran oportunidad.

Porque, como dice Naomi Klein, el cambio climático lo cambia todo. Nos concede la posibilidad de crear un nuevo proyecto de sociedad, transversal e innovador, respondiendo a la vez a los problemas del presente y a los retos del futuro. Cambia la forma en que pensamos, vivimos, producimos, consumimos, gestionamos lo común y hacemos política. Y de la misma forma, muy pronto, empezará a cambiar la manera en que votamos.

Si fuéramos valientes y transformáramos nuestro modelo de desarrollo a otro donde la producción de energía limpia y su gestión de forma descentralizada fueran la piedra angular, resolveríamos simultáneamente varios problemas, además de la cuestión climática: reactivaríamos nuestra economía reemplazando austeridad por inversión verde, crearíamos millones de empleos dignos y sostenibles, volveríamos a poner en mano de la ciudadanía el control de la energía, rechazando tratados de comercio e inversiones como el TTIP o el CETA que ponen en riesgo nuestros derechos, ahorrando miles de millones de euros en importar del exterior energías sucias, al mismo tiempo que dejaríamos de meternos en guerras por el petróleo y de financiar a Estados responsables de la violación sistemática de derechos humanos, mientras actuamos contra la primera causa de migración en el mundo, la climática. El sol y el viento no son solamente dos de los recursos que poseemos con abundancia en nuestro país: además son parte de nuestra identidad, y nuestros mejores aliados para liderar una transición energética donde la solidaridad y la democracia sean la pieza central del presente y el futuro.

Tenemos que aprovechar esta oportunidad. Primero por razones de justicia social: El cambio climático golpea de manera desproporcionada a las personas más vulnerables y a las clases populares y medias. Sus consecuencias afectan intensamente a quienes dependen laboralmente de un clima estable, como en el sector de la agricultura o el turismo; a quienes no tienen dinero para encender la calefacción cuando bajan de forma extrema las temperaturas; a quienes pierden la vida en olas de calor por no tener a nadie que les cuida; a quienes emigran porque sus tierras se han convertido en un desierto; y a quienes, en definitiva, ven mermados sus derechos laborales, sociales y humanos, y sus legítimas perspectivas de futuro.

Pero también por otra razón: porque podemos tener una vida mejor. Combatir las causas del cambio climático significa comer y estar más sanos, respirar aire limpio en nuestras ciudades, tener empleos decentes y estables, movernos con libertad en vez de atrapados en atascos o tener acceso a una energía más barata, menos contaminante, gestionada local y cooperativamente por la ciudadanía. Significa ir más allá de las élites políticas tradicionales y los oligopolios que privatizan los beneficios y socializan las deudas, y diseñar un sistema político y económico cuyo motor sea la igualdad, la calidad de vida y la sostenibilidad. Cuesta imaginar quién podría estar en contra de todo esto.

Ahora o nunca

Publicado en infoLibre el 30/11/2015.

Hoy, 30 de noviembre, los gobiernos de prácticamente todos los países del mundo se reúnen en París con el objetivo de pactar una solución global a uno de los mayores retos del siglo XXI: el cambio climático.

Llevan años preparando este encuentro, y no es para menos. Hambrunas, sequías, cultivos arruinados, fenómenos meteorológicos extremos… escenarios propios de la ciencia ficción que ya están teniendo lugar y que responden a una causa común: el calentamiento global y el cambio que conlleva en el sistema climático.

El clima ha cambiado siempre, y por muchas razones. Ya cambiaba intensamente antes de que los humanos poblásemos el planeta. Pero en los últimos miles de años se ha dado un período de extraordinaria estabilidad climática —el Holoceno— que ha permitido, entre otras causas, el desarrollo de nuestras sociedades. Esta estabilidad, de una enorme fragilidad, se está viendo afectada por el cambio climático. Esa es una de las conclusiones fundamentales del quinto informe de evaluación (AR5) del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), reunido por Naciones Unidas: “el calentamiento del sistema climático es inequívoco, y muchos de los cambios observados desde los años 50 no han tenido precedentes en los últimos milenios”. Otra conclusión clave del informe es que las actividades humanas son la causa principal del cambio climático observado desde mediados del siglo XX.

El clima está cambiando, lo que ya está impactando en nuestra forma de vida de manera significativa, y no estamos reaccionando. A pesar del trabajo de concienciación y de las movilizaciones de las últimas décadas, las emisiones de gases de efecto invernadero —responsables del calentamiento global— no sólo no se están reduciendo, sino que están aumentando a ritmos cada vez más rápidos. Y sus efectos, especialmente graves en las zonas más vulnerables del planeta, los estamos percibiendo también en Europa, con la contaminación de nuestras ciudades y patrones climáticos —como sequías en zonas áridas— que se intensifican.

El cambio climático ya no puede evitarse. La cantidad de gases de efecto invernadero vertida a la atmósfera ya hace irreversible el calentamiento. Lo que aún podemos hacer es limitarlo, si reaccionamos rápido, a un aumento máximo de 2ºC con respecto a tiempos preindustriales, como ha marcado la comunidad científica, y de eso depende la cumbre del COP21, en París. Nos jugamos mucho en muy poco tiempo. Y no debemos olvidar que si debemos reaccionar no es solo por el planeta, ni por la naturaleza, ni por el resto de seres vivos: la biosfera seguiría funcionando después de un cambio de los ecosistemas a gran escala, incluso habría especies que podrían beneficiarse de un calentamiento semejante. Es la vida humana, principalmente, la que se vería amenazada por ese cambio. No lo olvidemos: lo hacemos por nosotros mismos.

El ISIS y el Oro Negro

Publicado en Público el 26/11/2015.

Rosa Martínez, coportavoz de EQUO (@RosaM_Equo)
Guillermo Rodríguez, miembro de EQUO (@willrodrob)

El ISIS tiene todo el dinero que necesita. Eso no era ningún secreto. Entre sus muchas fuentes de financiación —como la extorsión, las donaciones o el tráfico de seres humanos— hay una que sobresale hasta ahora sobre todas las demás: el petróleo. La explotación de campos petrolíferos en Irak y Siria y su exportación ilegal a través de países como Turquía han supuesto la principal fuente de financiación de esta organización terrorista: entre 1 y 3 millones de dólares de ingresos al día, todos los días. A esto hay que sumarle las donaciones particulares, mayoritariamente de hombres acaudalados de los países del Golfo. Otra vez, el petróleo.

El petróleo es una fuente de energía sucia, y no sólo por contaminante. El control de las reservas de petróleo, gas, uranio y otros recursos energéticos mediante la violencia hace mucho que domina la geopolítica del mundo en que vivimos. Conflictos como Afganistán, Irak, Libia o Siria, que generaron la creación y radicalización de grupos yihadistas como el ISIS, son algunos ejemplos de las injerencias occidentales por intereses vinculados a los recursos naturales. Otro ejemplo del precio que pagamos por el petróleo que consumimos: el silencio de la comunidad internacional ante las continuas violaciones de derechos humanos en Arabia Saudí.

Intervenciones militares de países como Francia en Libia o Irak, donde petroleras francesas se reparten beneficios; o en Mali, de donde Francia importa uranio para su producción nuclear, no justifican de ninguna forma matanzas como la del 13 de noviembre en París: responsables son solo los que matan. Sin embargo, cualquier explicación o análisis que las obvie errará en la búsqueda de soluciones.

 Que París sirva para que Europa reaccione. Nuestra excesiva dependencia del exterior de fuentes de energía como el petróleo, el gas o el uranio no es sólo una insensatez, por la inseguridad energética a la que nos exponen conflictos como el de Ucrania; sino también una hipocresía. Este modelo energético confronta el discurso de los valores europeos con las violaciones de derechos humanos a las que sometemos a millones de personas con nuestras guerras y nuestros contratos. Además, es también una gravísima imprudencia, ya que nos impide actuar con responsabilidad ante uno de los mayores retos de la humanidad en el siglo XXI: el cambio climático.

Y no deja de ser paradójico que la Cumbre del Clima, que empieza en París el próximo lunes, se vea mermada política y organizativamente por la misma causa que un acuerdo poderoso y vinculante en esta materia podría combatir. ¿Se imaginan todo lo que ganaríamos usando otras fuentes de energía que no fueran el petróleo? Es evidente, beneficios para la mayor parte de la humanidad, pérdidas para unos pocos.

La buena noticia es que existe una alternativa para reducir nuestra dependencia energética, limitar los conflictos geopolíticos vinculados a los recursos energéticos, dejar de financiar a grupos terroristas y además contribuir a la lucha contra el cambio climático: las energías limpias y renovables. Si conseguimos además que la producción de energía sea controlada por la ciudadanía conseguiremos, al mismo tiempo, redistribuir esta parcela de poder, hoy en manos de grandes multinacionales con muchos intereses y muy pocos escrúpulos. Energías limpias, sí: también en democracia y derechos humanos.

Hacerse rico es glorioso

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Esas fueron las palabras con las que en los años 80 el exlíder chino Deng Xiaoping marcó el inicio de un cambio que abrió la República Popular China al resto del mundo. Desde entonces, la carrera ha sido frenética, en un país donde los contrastes se perciben desde la calle hasta el Parlamento: el crecimiento colosal, que amenaza la hegemonía estadounidense y la influencia europea, del que es todavía uno de los países más desiguales del planeta; el aumento de las protestas y el activismo pro democracia y derechos humanos, de la mano de su persecución y del aumento del presupuesto de seguridad interior (policial, entre otros) por encima incluso del creciente presupuesto militar; y otros, como la corrupción y su ejemplar –tal vez aparente– limpieza, o la confirmación de que, efectivamente, “el límite de China se encuentra en el cielo”.

Lo que apenas encontré en China fue conciencia. Excepto de unos pocos mayores, a los que la única manera de acceder era en mandarín, la falta de interés y de compromiso era extensa, especialmente entre las y los jóvenes: su gobierno defendía sus intereses y cualquier crítica a sus funciones era seguramente falsa y susceptible de pretender desestabilizar a China y sus habitantes. Era difícil entender si se debía a los laxantes de ese particular libre mercado –en el que la dictadura no la ejercen los mercados, sino el propio gobierno, al que los ciudadanos ni votan ni, en gran número, desean votar–, a la aquiescencia del budismo, del que hablaremos pronto, o a la docilidad impuesta por un gobierno al que no le ha temblado la mano cuando ha visto peligrar su poder. Un ejemplo de ello fue la matanza de Tiananmén, que actuó sobre la población china como si de una violación se tratase, forzando su silencio y su amnesia hasta el día de hoy.

Hay una idea que escuché con insistencia, de jóvenes, mayores y extranjeros: la sociedad china no tiene la edad suficiente. Son inocentes, inmaduros, desconocen lo que les conviene, y necesitan de quienes sí lo saben para que decidan en su lugar. Como niños, me decían, en una metáfora que como tantas otras veces relega la democracia por detrás de la eficiencia, de los que mejor saben cómo hacerlo, de lo que se debe hacer. Pero quién decide a quienes mejor lo hacen, de qué manera se selecciona a los mejores, son preguntas para las que nadie parece tener respuesta, ni dentro ni fuera de China. Y ante eso, la cuestión deja de ser quién lo hará mejor, para convertirse en quién tiene la legitimidad de hacerlo. Como en Europa y en tantas otras partes del mundo, sin la participación de la gente, no hay crecimiento equitativo y sostenible posible.

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El Buen Vivir: La lucha y narrativa de EQUO

Leyendo la ponencia política que se discutirá este fin de semana en la Asamblea Federal de EQUO, me he dado cuenta de que las tres batallas de EQUO, la equidad, la sostenibilidad y la regeneración de la democracia, son hoy más actuales que nunca.

En estos cuatro años el sistema neoliberal ha continuado su descomposición, arrastrándonos con él en su decadencia. La sobreexplotación de personas y recursos para satisfacer los intereses de una minoría cada vez más despreciable ya no se soporta más. Sus estertores de corrupción, paro y pobreza empiezan a llegarnos roncos, delirantes, ante una calle que desafiante se despierta, preparada para recuperar lo que nos pertenece, lo público y la democracia; preparada para transformar un sistema que ya está a punto de romperse. Aquellas tres razones que nos reunieron una vez son hoy el objetivo de millones de personas, y no habíamos nunca hasta ahora estado tan cerca de alcanzarlas.

Ha llegado la hora de decir basta. Ha llegado el momento de dejar de sacrificar a la mayor parte de la población para el beneficio de unos pocos. Ha llegado el momento de que todas y todos tengamos las mismas oportunidades, de que nadie tenga que tener suerte para salir adelante: de que el objetivo último y primero de quienes nos gobiernan sea garantizar los derechos y necesidades de las personas, en una sociedad posible, que tenga en cuenta su entorno y que conozca sus límites; porque los suyos serán los nuestros. Ha llegado el momento de entender que es insensato pensar que podemos vivir ajenos a nuestro contexto; que esa es la peor de las utopías. Y de explicar que por lo que nosotros estamos luchando es una sociedad sostenible en lo social y en lo económico, sin hambre ni exclusión, sin discriminación, con estructuras financieras al servicio de la gente y no de sí mismas; y también en lo ambiental, porque en un país como España apostar por el sol, el viento y la gestión eficiente de la energía es apostar por la prosperidad económica, la creación de empleo y el bienestar social. Estamos luchando por una sociedad que se sostenga, y que lo haga con democracia: sólo siendo la ciudadanía quienes llevemos a cabo esta transformación recuperando nuestras instituciones podremos conseguirlo.

Estamos en una situación de emergencia, y también lo más cerca que hemos estado nunca de poder cambiarla. Es en este escenario de oportunidad donde EQUO tenemos que contribuir con esas alternativas poderosas, posibles y completas, esas alternativas que con rigor llevamos tanto tiempo trabajando, para llevar a cabo lo que en EQUO sabemos hacer: crear empleos, enfrentando el cambio global en el que nos encontramos con las oportunidades que tiene nuestro país; garantizar nuestras necesidades y derechos, conscientes de que esa es la responsabilidad de quienes llegan a las instituciones; asegurar el equilibrio de las cuentas públicas, a base de medidas de sostenibilidad económica y medioambiental y de justicia fiscal y social; y acabar con esa corrupción asquerosa, con ese abuso y perversión del poder, construyendo estructuras de gestión y participación radicalmente democráticas.

Garantizar el Buen Vivir, en definitiva. El interés de todas y todos, las necesidades básicas de todas las personas pero también su desarrollo personal, su elección individual. El Buen Vivir como valor universal, de inclusión, de equidad, de democracia.

Esta es nuestra lucha, por la que en EQUO seguiremos batallando. Y con la que seremos parte del cambio social que está a punto de cambiarlo todo.

Sistemas binarios II

ComcapEl sistema comunista y el capitalista tienen una cosa en común: son ambos sistemas fracasados. Y mientras que del primero lo tenemos bastante claro, gracias a la propaganda del mundo en que vivimos, sobre el segundo uno todavía escucha contradicciones. No es difícil encontrarse con afirmaciones que aseguren que lo que mejor hace nuestro sistema y en lo que ningún otro puede igualársele es la defensa de la libertad; o que reconociendo las imperfecciones del mismo constaten que, sencillamente, hasta ahora no ha existido un sistema que haya funcionado mejor para las sociedades que ha organizado.

Me parecen ideas tan arraigadas como sorprendentes. En un planeta en el que existe la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades, la libertad no puede ser más que una mentirosa invención; porque no es libertad la que se sostiene sobre la sumisión de otros. Desgraciadamente nuestras libertades, así como el sistema en que vivimos, se sustentan precisamente sobre la falta de libertades y de derechos de otros muchos que nacieron demasiado lejos como para disfrutar de este sistema en vez de padecerlo. Sistema que ha sacrificado hasta ahora a cientos de millones de personas de la forma más cruel y violenta que se puede imaginar: abandonándolas hasta que mueren de hambre. Es verdad que podía decirse que el sistema capitalista había funcionado bien, hasta hace poco tiempo, para una pequeña minoría. Ahora ya no funciona para prácticamente nadie.

El sistema comunista, con su imperdonable represión de las libertades individuales y el ejercicio de la democracia, nos enseñó una lección de extraordinaria importancia: demostró que la pobreza material es una decisión política. Demostró que su erradicación es algo que se puede lograr responsabilizando a las instituciones y poniendo el peso de la sociedad a hombros de los que más tienen y no sobre los más vulnerables. Aunque solo esto no sea suficiente. Una profesora de Vladivostok me confesó en un tren: “En esos tiempos todo el mundo tenía comida, trabajo y un techo; y aun así, eramos pobres”. “La comida no lo es todo”, decía un antiguo estudiante del Berlín de la RDA, “que no nos paguen, pero que nos dejen decir lo que nos de la gana”. El fin de la miseria es solo el primero de los pasos -el más urgente- que deben acometer las instituciones en su defensa de los derechos de las y los ciudadanos: después deben venir todos los demás.

Los sistemas que han organizado nuestras sociedades hasta ahora no han sabido responder de forma completa a las cuestiones que, como la lucha de clases o la organización democrática, han acompañado al ser humano desde el principio. Pero hay otros problemas que estos sistemas no han tenido que enfrentar hasta ahora, y nosotros sí debemos hacerlo. La cuestión del acceso y propiedad de los recursos -especialmente los energéticos- es posiblemente la más importante y está rigiendo ya el juego de poderes del mundo en que vivimos. Necesitamos de nuevas apuestas completas y valientes, que haciendo de la justicia social uno de los motores principales del sistema y teniendo en cuenta lo inminente de los imperativos medioambientales, aprendan de los intentos fallidos de organización de nuestras sociedades hasta ahora para hacer frente a la crisis de civilización más grave en que de forma global nos hemos encontrado.

Necesitamos una alternativa. Y parece que estamos en el momento de crearla.

Sistemas binarios I

Miles de personas esperan en fila la abertura del primer McDonalds de la todavía Unión Soviética en la Plaza Pushkin de Moscú, en Enero de 1990.
Miles de personas esperan en fila la apertura del primer McDonalds de la todavía Unión Soviética en la Plaza Pushkin de Moscú, en enero de 1990.

Cuando uno pasea por los antiguos centros de poder de la Unión Soviética corre el riesgo de asustarse. Una capa de consumismo pegajoso, muy denso, parece cubrirlo todo y no ha dejado espacio para nada más que la sorpresa. Uno puede obedecer las señalizaciones que a escasos metros del cuerpo presente de Lenin le dirigen al McDonalds más cercano, o saludar a los mercaderes que profanan, con su abundante y colorido merchandising, la antaño gloriosa VDNKh -Exhibición de los Logros de la Economía Nacional-. Los restos del sistema perdedor se han dejado a la intemperie y contrastan con el frenesí devorador de los vencedores.

Porque el Capitalismo tiene en Rusia una fuerza y una jovialidad como no se le recuerda en Occidente. Su lozanía y sus promesas parecen generar fuertes ilusiones, su burbuja inmobiliaria crece fecunda en la capital y las bondades de un sistema que ya ha fracasado en nueve décimas partes del mundo se perfilan felices, llenas de oportunidades.

Sin embargo, quienes se dan a este nuevo sistema con entusiasmo parecen hacerlo manteniendo dulce y encendido el recuerdo del antiguo. A excepción de la figura de Stalin, convertida en una versión eslava de nuestro coco temible, el pasado se cuenta con cariño y se tinta con orgullo: hay cosas que el Comunismo sabía hacer bien y que el Capitalismo no hace.

Y lo curioso es que esto genera una narrativa rígida, binaria, sin alternativas: una dicotomía que todo lo posiciona en uno de esos dos polos. En San Petersburgo, un estudiante me explicaba que, a su entender, Comunismo era el Estado de Bienestar que había sido alcanzado en Noruega, y otro joven moscovita me proponía que “lo que Lenin de verdad quería era una combinación entre Economía Planificada y Economía de Mercado”, refiriéndose a la más liberal Nueva Política Económica llevada a cabo por Lenin en 1921 -que permitía la iniciativa privada, favorecía la inversión extranjera, etc.- y que Stalin enterró junto a su predecesor con el primero de sus planes quinquenales. Ideas que en definitiva mantienen el debate en una lógica horizontal, falsa, entre lo que hubo y lo que hay, entre lo derrotado y lo fracasado.

Porque caben alternativas que respondan a los nuevos problemas que encaramos hoy, tan distintos de los del pasado, pero que con instituciones fuertes defiendan también las luchas históricas que siguen presentes y que todavía no se han ganado. Alternativas, como la Economía del Bien Común, que antepongan por encima de todo los derechos de la ciudadanía sin limitar lo más mínimo sus libertades individuales ni tampoco el ejercicio completo de la democracia. Y que entiendan que de la mano de la justicia social, intocable, se encuentra la justicia ambiental. Y que solo con ambas afrontaremos los retos que tenemos por delante.