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Siempre nos quedará París

Publicado en Ctxt el 3 de diciembre de 2016.

La Cumbre del Clima de este año ha tenido lugar en Marrakech, no en Casablanca. Aun así, las palabras de Humphrey Bogart parecieron escucharse por encima de los aplausos y las críticas en el cierre de la cumbre.

Igual que en la película, el protagonista de esta cumbre, llamada COP22, también ha sido estadounidense. El nombre de Donald Trump ha estado en todas las bocas desde que se conociera su victoria en las elecciones presidenciales en la mañana del tercer día de la cumbre, y desde antes también. Durante la campaña electoral había calificado el cambio climático de “conspiración china” y en repetidas ocasiones había prometido sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París en cuanto fuera posible.

Sin embargo, si hay un gran éxito que nombrar de la Cumbre de Marrakech, ese es la respuesta enérgica y unánime de la comunidad internacional al nuevo presidente electo de Estados Unidos: estás solo, Trump. Todo el planeta, incluyendo países nada sospechosos de activismo ecologista como China, Rusia o Arabia Saudí, ha respaldado el Acuerdo de París y la transición hacia un modelo que limite el calentamiento global y sus impactos más perniciosos para la economía y la vida de la gente. Desde las elecciones estadounidenses ni un solo país ha dado marcha atrás en sus compromisos, y doce más han ratificado el Acuerdo de París. Nada de esto podía darse por descontado la mañana del 9 de noviembre, y el trabajo coordinado de ciudadanos, organizaciones, empresas y gobiernos, demostrando que la transición en la que estamos es imparable, ha sido fundamental.

En una entrevista en The New York Times, Donald Trump ha rechazado repetir su promesa de abandonar el Acuerdo de París y ha asegurado que analizará “cuál será el coste” del cambio climático en las empresas estadounidenses, mientras afirmaba que hay “alguna conexión” entre el cambio climático y la actividad humana. Este es un cambio de dirección, tal vez, que puede tener mucho que ver con lo logrado en Marrakech la semana pasada.

Más allá de la respuesta a Trump, tal vez el único logro de Marrakech haya sido no retroceder con respecto a lo alcanzado en París, lo que no es poco. El nivel de ambición con respecto a la próxima revisión, en 2018, de los planes nacionales para combatir el cambio climático es reducido; e insuficientes son los compromisos de aumentar la financiación para que los países en desarrollo se adapten a los efectos adversos del cambio climático. Efectivamente, como dicen muchos, queda mucho por hacer. Pero Marrakech ha sabido mantener el empuje de París, y la ciudadanía, por medio de empresas e iniciativas en todo el mundo, ha seguido demostrando que la economía real avanza mucho más rápido que la política. La Proclamación de Marrakech firmada por 195 países, si bien no legalmente vinculante, recalca la necesidad de actuar con urgencia contra el cambio climático y destaca la velocidad a la que la transición en la que nos encontramos está teniendo lugar. Esto es una confirmación del apabullante apoyo global que mantiene la lucha contra el cambio climático.

Escuchar a las y los líderes mundiales confirmar su compromiso ha estado bien, pero solo como preludio de lo que vayan a hacer al volver a casa. La Unión Europea tiene ahora la oportunidad de llevar a cabo en Bruselas aquello a lo que se comprometió en Marrakech, con el paquete legislativo sobre renovables, eficiencia energética y gobernanza, de enorme importancia para la transición energética de la UE. La Unión Europea deberá asumir el liderazgo que Estados Unidos parece dispuesto a ceder. El reto es que la Cumbre de Marrakech sea recordada como el momento en que el Acuerdo de París resistió, y como el comienzo de una nueva etapa en la que la lucha contra el cambio climático no solo es unánime, sino el catalizador de una serie de cambios que pueden dar la vuelta al sistema económico y mejorar la vida de mucha gente. Parece que, como decía Bogart en aquel aeropuerto, siempre nos quedará París. Asegurémonos de que Marrakech sea solo el principio.

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Esto sí que lo cambia todo

Publicado con Florent Marcellesi en El País el 9 de noviembre de 2016.

La semana pasada entraba en vigor el Acuerdo climático de París en un tiempo récord. Aunque muy insuficiente en muchos aspectos, este acuerdo global es una oportunidad para transformar nuestro modelo económico que no podemos subestimar.

Como si se tratara de una pieza de dominó, el Acuerdo de París ha puesto en marcha una transición imparable. El Acuerdo de Kigali sobre la eliminación progresiva de los gases HFC, poderosamente nocivos para el clima, ha sucedido a iniciativas ciudadanas por todo el mundo. Todas muestran cómo puede combatirse el cambio climático al mismo tiempo que se crean cientos de miles de empleos, se estimula la economía y se refuerza nuestra independencia energética de países en conflicto o de regímenes autoritarios. Ciudades, universidades, grandes grupos empresariales, fondos como el Rockefeller Brothers Fund y compañías aseguradoras como AXA han empezado a desinvertir de fondos vinculados a combustibles fósiles. No lo hacen porque se les haya despertado espontáneamente una conciencia ecologista, sino porque han visto que la transformación de nuestras sociedades para hacer frente al cambio climático es inevitable y que lo económicamente inteligente es adecuarse a este horizonte lo antes posible.

Evidentemente, nos vamos a encontrar obstáculos y resistencias, como puede ser el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que durante la campaña se pronunció en contra del Acuerdo de París. Pese a sus proclamas, Estados Unidos no podrá retirarse del Acuerdo de París en los próximos cuatro años. Tampoco nos lo van a poner fácil las grandes corporaciones energéticas, cuyos beneficios privados e intereses comerciales dependen de un sistema fósil agotado. Pero a estos negacionistas climáticos, hace un año en París, les metimos un gol por toda la escuadra y les ganamos la batalla cultural y el relato. La pregunta dejó de ser si el cambio climático es una amenaza real. La pregunta es ahora qué debemos hacer para enfrentarlo definitivamente. Y en este camino, la alternativa debe ser creíble y en positivo.

Por tanto, en Marrakech, donde ha arrancado esta semana la 22ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (llamada COP22), está encima de la mesa el reto de pasar de las palabras a la acción. Tenemos que convertir en realidad la visión que se esbozó en París el año pasado: mantener el aumento de temperatura mundial por debajo de los 2°C y llevar a cabo esfuerzos para limitarlo a 1,5°C.

Para ello, lo primero es asegurar que 2018 sea el año en que todos los países aumenten la ambición de sus compromisos para combatir el cambio climático que a día de hoy no están en línea con lo acordado en París. Hacerlo en 2018 permitiría a los gobiernos tener en cuenta los resultados que presentará en ese momento el informe especial del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas sobre el objetivo de limitar el aumento de temperatura mundial a 1,5°C: hacerlo después sería hacerlo demasiado tarde. En segundo lugar, es fundamental concretar, con una hoja de ruta definida, cómo van a cumplir los países llamados “desarrollados” con su compromiso de movilizar 100.000 millones de dólares al año antes de 2020 para respaldar los esfuerzos de los países llamados en vías de desarrollo contra el cambio climático.

Esta hoja de ruta, cuyo primer borrador se ha presentado hace unas pocas semanas, es clave para asegurar predictibilidad en la financiación de la que disponen estos países, para permitirles proyectar bien sus planes de acción y para movilizar de esta manera también recursos nacionales. En tercer lugar, es el momento de abordar las demandas de los países más vulnerables (principalmente insulares) sobre la mejor manera de recibir apoyo de la comunidad internacional para afrontar los impactos irreversibles (llamados, en el lenguaje de la convención, “pérdidas y daños”) que el cambio climático ya está teniendo en sus países.

La COP22 es por tanto el primer peldaño para hacer concreto lo que en París solo podía imaginarse. Es la oportunidad de ponernos manos a la obra y de garantizar que la ambición, el compromiso, los tiempos y los recursos que estamos asignando a esta tarea están a la altura de los retos que tenemos por delante. Como dice Naomi Klein, el cambio climático es también una oportunidad para cambiar el sistema en su conjunto. Combatir el cambio climático pasa inevitablemente por la transformación de nuestro sistema económico, de producción y de consumo.

La transición en la que estamos hacia un mundo más justo, más seguro y más limpio es imparable. Dependerá de nuestra capacidad de presión y movilización en las calles y en las instituciones para que llegue de la forma más rápida, planificada y pacífica posible. Manos a la obra.

Florent Marcellesi es eurodiputado de EQUO y Guillermo Rodríguez Robles es coordinador de la campaña de cambio climático del grupo Verdes/ALE en el Parlamento Europeo.

El paraíso de la aviación

Publicado en eldiario.es el 1 de octubre de 2016.

No somos todos iguales. Sé que esta noticia cogerá, a estas alturas, a pocos por sorpresa. Pero créanme cuando les digo que el caso de las compañías aéreas es digno de admiración. Imagínense una empresa con beneficios multimillonarios que se dedica al transporte internacional. Ahora imagínense que lo hace sin pagar impuestos por el combustible que utiliza, con billetes a los que el IVA no es aplicable, que no tiene que cumplir requisitos legalmente vinculantes en materia de eficiencia energética y que no tiene que limitar la contaminación ambiental que genera su actividad. Imagínense una empresa así y se harán una idea de los privilegios de los que disfrutan hasta ahora las compañías aéreas. Eso sí: es posible que no por mucho tiempo.

Es digno de admiración, decía, sobre todo al tener en cuenta la responsabilidad que tiene la aviación internacional ante algunos de los mayores desafíos globales a los que nos enfrentamos. El cambio climático es un ejemplo. La aviación emite cada año tanto CO2 como los 129 países con menos emisiones, y los pronósticos no son alentadores: mientras que en 2010 la industria de la aviación contaba con 2.400 millones de pasajeros, para 2050 se espera alcanzar los 16.000 millones, lo que haría que las emisiones de este sector aumentaran un 300% si no se toman las medidas necesarias para evitarlo.

La aviación no se incluyó en el texto del Acuerdo de París alcanzado en la Cumbre del Clima el año pasado, a pesar de que contener las emisiones de este sector es absolutamente imprescindible para cumplir con el principal compromiso acordado en París: mantener el aumento de la temperatura mundial muy por debajo de los 2°C con respecto a niveles preindustriales y dedicar esfuerzos a limitarlo a 1,5°C. ¿El pretexto? Más allá de la poderosa influencia de la industria aeronáutica en la mayor parte de los gobiernos occidentales, se decidió atribuirle a otro organismo de Naciones Unidas, la Organización de la Aviación Civil Internacional (OACI), la responsabilidad de alcanzar un plan global para limitar las emisiones de la aviación internacional. Un plan en el que la OACI llevaba trabajando, sin mucho éxito, desde hacía casi dos décadas. Lo que en París sí quedó claro fue la fecha: la Asamblea de la OACI se reúne solo una vez cada tres años, y su próxima asamblea del 27 de septiembre al 7 de octubre de 2016 tenía que ser la fecha límite para llegar a un acuerdo. Hacerlo después sería, sencillamente, hacerlo demasiado tarde.

Esa es la razón por la que esta semana los ministros y ministras de transporte de todo el mundo se están reuniendo en Montreal, sede de la OACI, para acordar la puesta en marcha de un mecanismo global de mercado (GMBM, por sus siglas en inglés) que garantice un crecimiento neutro de CO2 en la aviación internacional a partir de 2020. Esto es: un mecanismo que asegure que en 2020 las emisiones de la aviación internacional llegan a un máximo, de manera que todas las emisiones que sobrepasen los niveles de 2020 a partir de ese momento tengan que ser compensadas con otros sectores.

Un mecanismo como este no sería suficiente para cumplir con el objetivo de 2°C acordado en París, y, aun así, el resultado de las negociaciones está dando a entender que el mecanismo acordado podría no cumplir ni siquiera con ese compromiso. Se esperan dos fases voluntarias que pospondrían la entrada en vigor obligada del mecanismo a 2027, lo que conllevaría el crecimiento de las emisiones de la aviación durante todavía la próxima década. Además, el gran número de exenciones que se recogen, la falta de garantías sobre la integridad medioambiental de las compensaciones de CO2 y los intentos de prohibir regulaciones de la aviación a nivel regional (como el Sistema Europeo de Comercio de Derechos de Emisión) son concesiones inaceptables que ponen en cuestión la efectividad del mecanismo que vaya a alcanzarse en Montreal. La tarea de nuestros y nuestras representantes es clara: garantizar la mayor participación posible en las fases voluntarias, si no pueden evitarse; evitar el recuento doble de compensaciones, asegurando que se dota de transparencia al uso de las mismas; y garantizar que la ambición del acuerdo puede revisarse con el paso del tiempo y que los países con más recursos asumen su responsabilidad histórica y son los primeros en dar un paso adelante.

Los excesos de las compañías aéreas les corresponde pagarlos a ellas, no a la ciudadanía. Los costes de la contaminación deben asumirlos sus responsables, y quienes nos representan tienen que entender que su prioridad es defender nuestra salud y nuestra calidad de vida. El compromiso declarado de la OACI es mucho más débil de lo que haría falta para cumplir los objetivos acordados en París, pero tiene el potencial de convertirse en un movimiento en la dirección correcta si ciertas cláusulas se refuerzan y se asegura el mayor compromiso político posible. Es el momento de que la industria de la aviación empiece a contribuir a los desafíos a los que nos enfrentamos. No hay excusas, ni tiempo que perder.

El cambio climático lo cambia todo, empezando por la política

Publicado junto con Florent Marcellesi, en eldiario.es el 14/07/2016.

El cambio climático es el mejor relato contra el capitalismo desregulado. El modelo social, económico y político actual lleva décadas llevándose por delante las leyes y los derechos de la gente, a nivel social, laboral y fiscal. Pero por primera vez se está encontrando con otras leyes, las de los ecosistemas, que están probando de manera definitiva su inviabilidad. El cambio climático recuerda a aquella previsión, vaticinada por Marx, de que el capitalismo se dirige hacia su propia extinción. Pero la diferencia con aquel entonces es que, finalmente, la necesidad de combatir esta amenaza está pasando a ser parte del propio sentido común.

Combatir el cambio climático ya es una narrativa que ocupa la totalidad del espectro político; incluso entre quienes no quieren que el sistema económico cambie. El Acuerdo sobre el clima de París ha jugado un papel fundamental en alcanzar esta hegemonía, consiguiendo que todos los actores políticos, sociales y empresariales (incluyendo multinacionales y fondos de inversión) reconozcan la necesidad de reajustar, en mayor o menor medida, nuestro modelo de producción y de consumo para poner límite al calentamiento global. Unos lo hacen porque quieren vivir una vida mejor y más justa; otros, porque son conscientes de los costes millonarios que conllevaría reaccionar demasiado tarde. Sea por lo que sea, el cambio climático se ha convertido en una nueva normalidad que ya marca la agenda política, social y económica. Y esto es una gran oportunidad.

Porque, como dice Naomi Klein, el cambio climático lo cambia todo. Nos concede la posibilidad de crear un nuevo proyecto de sociedad, transversal e innovador, respondiendo a la vez a los problemas del presente y a los retos del futuro. Cambia la forma en que pensamos, vivimos, producimos, consumimos, gestionamos lo común y hacemos política. Y de la misma forma, muy pronto, empezará a cambiar la manera en que votamos.

Si fuéramos valientes y transformáramos nuestro modelo de desarrollo a otro donde la producción de energía limpia y su gestión de forma descentralizada fueran la piedra angular, resolveríamos simultáneamente varios problemas, además de la cuestión climática: reactivaríamos nuestra economía reemplazando austeridad por inversión verde, crearíamos millones de empleos dignos y sostenibles, volveríamos a poner en mano de la ciudadanía el control de la energía, rechazando tratados de comercio e inversiones como el TTIP o el CETA que ponen en riesgo nuestros derechos, ahorrando miles de millones de euros en importar del exterior energías sucias, al mismo tiempo que dejaríamos de meternos en guerras por el petróleo y de financiar a Estados responsables de la violación sistemática de derechos humanos, mientras actuamos contra la primera causa de migración en el mundo, la climática. El sol y el viento no son solamente dos de los recursos que poseemos con abundancia en nuestro país: además son parte de nuestra identidad, y nuestros mejores aliados para liderar una transición energética donde la solidaridad y la democracia sean la pieza central del presente y el futuro.

Tenemos que aprovechar esta oportunidad. Primero por razones de justicia social: El cambio climático golpea de manera desproporcionada a las personas más vulnerables y a las clases populares y medias. Sus consecuencias afectan intensamente a quienes dependen laboralmente de un clima estable, como en el sector de la agricultura o el turismo; a quienes no tienen dinero para encender la calefacción cuando bajan de forma extrema las temperaturas; a quienes pierden la vida en olas de calor por no tener a nadie que les cuida; a quienes emigran porque sus tierras se han convertido en un desierto; y a quienes, en definitiva, ven mermados sus derechos laborales, sociales y humanos, y sus legítimas perspectivas de futuro.

Pero también por otra razón: porque podemos tener una vida mejor. Combatir las causas del cambio climático significa comer y estar más sanos, respirar aire limpio en nuestras ciudades, tener empleos decentes y estables, movernos con libertad en vez de atrapados en atascos o tener acceso a una energía más barata, menos contaminante, gestionada local y cooperativamente por la ciudadanía. Significa ir más allá de las élites políticas tradicionales y los oligopolios que privatizan los beneficios y socializan las deudas, y diseñar un sistema político y económico cuyo motor sea la igualdad, la calidad de vida y la sostenibilidad. Cuesta imaginar quién podría estar en contra de todo esto.

Ahora o nunca

Publicado en infoLibre el 30/11/2015.

Hoy, 30 de noviembre, los gobiernos de prácticamente todos los países del mundo se reúnen en París con el objetivo de pactar una solución global a uno de los mayores retos del siglo XXI: el cambio climático.

Llevan años preparando este encuentro, y no es para menos. Hambrunas, sequías, cultivos arruinados, fenómenos meteorológicos extremos… escenarios propios de la ciencia ficción que ya están teniendo lugar y que responden a una causa común: el calentamiento global y el cambio que conlleva en el sistema climático.

El clima ha cambiado siempre, y por muchas razones. Ya cambiaba intensamente antes de que los humanos poblásemos el planeta. Pero en los últimos miles de años se ha dado un período de extraordinaria estabilidad climática —el Holoceno— que ha permitido, entre otras causas, el desarrollo de nuestras sociedades. Esta estabilidad, de una enorme fragilidad, se está viendo afectada por el cambio climático. Esa es una de las conclusiones fundamentales del quinto informe de evaluación (AR5) del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), reunido por Naciones Unidas: “el calentamiento del sistema climático es inequívoco, y muchos de los cambios observados desde los años 50 no han tenido precedentes en los últimos milenios”. Otra conclusión clave del informe es que las actividades humanas son la causa principal del cambio climático observado desde mediados del siglo XX.

El clima está cambiando, lo que ya está impactando en nuestra forma de vida de manera significativa, y no estamos reaccionando. A pesar del trabajo de concienciación y de las movilizaciones de las últimas décadas, las emisiones de gases de efecto invernadero —responsables del calentamiento global— no sólo no se están reduciendo, sino que están aumentando a ritmos cada vez más rápidos. Y sus efectos, especialmente graves en las zonas más vulnerables del planeta, los estamos percibiendo también en Europa, con la contaminación de nuestras ciudades y patrones climáticos —como sequías en zonas áridas— que se intensifican.

El cambio climático ya no puede evitarse. La cantidad de gases de efecto invernadero vertida a la atmósfera ya hace irreversible el calentamiento. Lo que aún podemos hacer es limitarlo, si reaccionamos rápido, a un aumento máximo de 2ºC con respecto a tiempos preindustriales, como ha marcado la comunidad científica, y de eso depende la cumbre del COP21, en París. Nos jugamos mucho en muy poco tiempo. Y no debemos olvidar que si debemos reaccionar no es solo por el planeta, ni por la naturaleza, ni por el resto de seres vivos: la biosfera seguiría funcionando después de un cambio de los ecosistemas a gran escala, incluso habría especies que podrían beneficiarse de un calentamiento semejante. Es la vida humana, principalmente, la que se vería amenazada por ese cambio. No lo olvidemos: lo hacemos por nosotros mismos.

El ISIS y el Oro Negro

Publicado en Público el 26/11/2015.

Rosa Martínez, coportavoz de EQUO (@RosaM_Equo)
Guillermo Rodríguez, miembro de EQUO (@willrodrob)

El ISIS tiene todo el dinero que necesita. Eso no era ningún secreto. Entre sus muchas fuentes de financiación —como la extorsión, las donaciones o el tráfico de seres humanos— hay una que sobresale hasta ahora sobre todas las demás: el petróleo. La explotación de campos petrolíferos en Irak y Siria y su exportación ilegal a través de países como Turquía han supuesto la principal fuente de financiación de esta organización terrorista: entre 1 y 3 millones de dólares de ingresos al día, todos los días. A esto hay que sumarle las donaciones particulares, mayoritariamente de hombres acaudalados de los países del Golfo. Otra vez, el petróleo.

El petróleo es una fuente de energía sucia, y no sólo por contaminante. El control de las reservas de petróleo, gas, uranio y otros recursos energéticos mediante la violencia hace mucho que domina la geopolítica del mundo en que vivimos. Conflictos como Afganistán, Irak, Libia o Siria, que generaron la creación y radicalización de grupos yihadistas como el ISIS, son algunos ejemplos de las injerencias occidentales por intereses vinculados a los recursos naturales. Otro ejemplo del precio que pagamos por el petróleo que consumimos: el silencio de la comunidad internacional ante las continuas violaciones de derechos humanos en Arabia Saudí.

Intervenciones militares de países como Francia en Libia o Irak, donde petroleras francesas se reparten beneficios; o en Mali, de donde Francia importa uranio para su producción nuclear, no justifican de ninguna forma matanzas como la del 13 de noviembre en París: responsables son solo los que matan. Sin embargo, cualquier explicación o análisis que las obvie errará en la búsqueda de soluciones.

 Que París sirva para que Europa reaccione. Nuestra excesiva dependencia del exterior de fuentes de energía como el petróleo, el gas o el uranio no es sólo una insensatez, por la inseguridad energética a la que nos exponen conflictos como el de Ucrania; sino también una hipocresía. Este modelo energético confronta el discurso de los valores europeos con las violaciones de derechos humanos a las que sometemos a millones de personas con nuestras guerras y nuestros contratos. Además, es también una gravísima imprudencia, ya que nos impide actuar con responsabilidad ante uno de los mayores retos de la humanidad en el siglo XXI: el cambio climático.

Y no deja de ser paradójico que la Cumbre del Clima, que empieza en París el próximo lunes, se vea mermada política y organizativamente por la misma causa que un acuerdo poderoso y vinculante en esta materia podría combatir. ¿Se imaginan todo lo que ganaríamos usando otras fuentes de energía que no fueran el petróleo? Es evidente, beneficios para la mayor parte de la humanidad, pérdidas para unos pocos.

La buena noticia es que existe una alternativa para reducir nuestra dependencia energética, limitar los conflictos geopolíticos vinculados a los recursos energéticos, dejar de financiar a grupos terroristas y además contribuir a la lucha contra el cambio climático: las energías limpias y renovables. Si conseguimos además que la producción de energía sea controlada por la ciudadanía conseguiremos, al mismo tiempo, redistribuir esta parcela de poder, hoy en manos de grandes multinacionales con muchos intereses y muy pocos escrúpulos. Energías limpias, sí: también en democracia y derechos humanos.

Un país que se ahoga

La entrada en Pekín es pegajosa, gris, asfixiante. Una niebla densa envuelve la ciudad, te hace toser, esconde el sol y lo tamiza. Se mantiene durante días, a veces semanas, y solo desaparece cuando la lluvia o el viento se la llevan inesperadamente durante unas horas. Es entonces cuando se puede ver el cielo.

Este esmog, o niebla tóxica, que en medidas menos desproporcionadas tan bien conocemos en Madrid, cubre ya un tercio de la República Popular China y es un recordatorio lo suficientemente poderoso de lo lejos que está este país de alcanzar mínimos de calidad de vida para sus habitantes. Para todas y todos, quiero decir. Porque como advierte Ralph Litzinger, lo cierto es que diferentes clases y grupos sociales experimentan las consecuencias de estos niveles de contaminación de maneras diferentes.

La clases medias, cada vez más concienciadas, envían a sus hijos a colegios que cuentan con protección, los dejan en casa en días de asfixia o buscan formas de que estudien en el extranjero cuando llega el momento. Medidas que no están al alcance de las capas más vulnerables de la sociedad, que padecen sin embargo la crudeza de la contaminación del aire, el 60% de los ríos y el 20% de las tierras de cultivo de un país cuya amenaza ya no está solo en el crecimiento económico y la salud pública: lo está también en la estabilidad política.

Un buen ejemplo es la expansión de industrias tóxicas y refinerías químicas, que tiene lugar precisamente en las provincias más pobres del interior de país, donde se espera, parece, que la población que allí vive acepte cualquier empleo a cualquier precio, aunque el coste de este se pague con su salud y su medio ambiente -se calcula que cada año mueren prematuramente entre 350.000 y 500.000 chinos debido a la contaminación-. Y están diciendo que no piensan hacerlo.

Hay algo que sí está cambiando. Los pequineses están descubriendo que después de todo conseguir que su cielo sea azul es solo cuestión de voluntad: política, entre otras. Y que igual que para la ocasión de la cumbre Asia Pacífico fue posible, lo debe ser también de ahora en adelante.

Lo está descubriendo la ciudadanía, pero puede que lo esté intuyendo también su clase política. China se está convirtiendo en líder del mercado de nuevas tecnologías, y en los próximos 20 años hará la mayor parte de las inversiones globales en energía solar, eólica y en automóviles eléctricos. Está entendiendo dónde se juega el futuro. Está entendiendo, al igual que Estados Unidos, que los líderes de estas tecnologías serán capaces de bajar los costes de producción y de dominar industrias como la del automóvil, de gran importancia para la Unión Europea, por ejemplo. Las implicaciones que tiene apostar por la transición energética no son sólo medioambientales, sino también políticas, económicas y sociales. Solo los ciegos no están siendo capaces de verlo. Y entre ellos, los que nos gobiernan.

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Europa importa: Una victoria que contar

Os quiero hablar de una victoria. Una victoria conseguida gracias a Europa; pero una victoria conseguida, por encima de todo, por los ciudadanos y las ciudadanas madrileñas. Y una victoria conseguida por Equo, cuando muy en sus primeros momentos decidió denunciar a las autoridades europeas el incumplimiento de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid del derecho europeo y en concreto de la directiva 2008/50/CE, sobre la calidad del aire en la capital.

Los niveles de contaminación de Madrid, debidos principalmente al tráfico y en segundo lugar a la industria, son conocidos por todos. Su consecuencia es a veces olvidada: Un problema de salud pública de verdadera gravedad. Asma, problemas cardiovasculares, cáncer de pulmón e incluso muertes prematuras (cada año 16.000 en España y 1.700 solo en Madrid debido a la contaminación del aire, según la Comisión Europea) son la materialización más negra de esta realidad, en una ciudad cuyos gobernantes se niegan a elaborar planes ambiciosos para luchar contra esta situación y fomentan precisamente proyectos del todo insostenibles, como el ya fallido Eurovegas, o un crecimiento basado en la construcción que va exactamente en la dirección contraria a lo marcado por la legislación europea.

Y es que esta legislación, concretamente en materia de medio ambiente, es una de las razones por las que podemos estar agradecidos a la Unión Europea: Muchos pensamos que sin ella, y a pesar de sus últimos pasos hacia atrás, países como España nunca hubieran avanzado en medidas fundamentales para responder a la amenaza de cambio climático y a la contaminación en nuestro planeta.

Una de estas medidas es la directiva 2008/50/CE, que ensambló las diferentes normativas sobre la calidad del aire desarrolladas desde los años 90, y que recoge entre otras cosas los valores máximos tolerables (por hora, día, o año) de una serie de sustancias tóxicas como las partículas en suspensión (PM10 o PM2,5), el dióxido de nitrógeno (NO2) o el ozono troposférico. En este ámbito, son los Estados miembros los que tienen la obligación de incorporar (en unos plazos definidos) el derecho de la Unión a su ordenamiento jurídico, y es obligación de la Comisión Europea supervisar y ejecutar acción legal en caso de infracción por parte del Estado miembro.

¿Y quién puede denunciar una infracción? Lo puede hacer la propia Comisión, otro Estado miembro, o cualquier ciudadano de la Unión por medio del Comité de Peticiones de Parlamento Europeo.

Así lo hizo Alejandro Sánchez en nombre de la Fundación EQUO en marzo de 2011. Denunció que la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid estaban incumpliendo los límites máximos vigentes desde hacía años, que estaban recolocando las estaciones de medición de zonas más a otras menos contaminantes y que estaban implementando medidas, como el Plan de Carreteras 2007-2011, que suponían un empeoramiento de los niveles de contaminación en la Comunidad.

Y la Comisión contestó. Que con respecto a la recolocación de las estaciones de medición, no tenía suficiente información. Que con respecto a planes de carreteras, la directiva no tenía suficiente competencia. Que con respecto a algunas de las substancias señaladas, aun había lugar para posibles moratorias o a la recolección de otros datos más favorables al gobierno matritense.

Pero también que, con respecto a una de las substancias señaladas, el PM10, en una de las zonas señaladas, el Corredor del Henares, sí veía un incumplimiento claro por parte del gobierno de la Comunidad de Madrid. Y por la misma señaló que comenzaba un procedimiento de infracción, dirigido al Tribunal de Justicia de Luxemburgo, que exigiría al gobierno de la Comunidad de Madrid el cumplimiento de la legislación comunitaria bajo amenaza de multas millonarias, de los que su gobierno, entonces el de Esperanza Aguirre, debería ser el único responsable.

Y así acabo una victoria, en la que los ciudadanos, por medio de Equo, forzaron al gobierno de la Comunidad de Madrid a cambiar sus políticas por el bienestar y la salud de los madrileños. Y en la que, gracias entre otras cosas a la Unión Europea, vencimos.

Seguramente esta fuera la primera de muchas victorias.

Siempre nos quedará París: O ilusiones y desesperanzas en la Cumbre de Naciones Unidas de Cambio Climático

Un fracaso. Decepcionantes. Así definían muchos de los delegados la Conferencia sobre Cambio Climático en Varsovia tras las negociaciones que acabaron el sábado noche y que pusieron fin a dos semanas de conversaciones y 40 horas de frenético sprint final. Lo cierto es que las negociaciones del COP19, décimo novena Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, nunca despertaron grandes ilusiones. Las esperanzas estaban puestas en que sirviera para diseñar una hoja de ruta para unas negociaciones que sí pasarían, con suerte, a la historia: Las de París de diciembre 2015, en las que el objetivo es firmar el que sería el acuerdo final sobre Cambio Climático, global y vinculante para todos los países y que reemplazaría a Kyoto en los compromisos climáticos a partir de 2020.

El ambiente que emanaban las calles de Varsovia estas semanas pasaba, sentía yo, de gélido a hirviente a pasmosas velocidades. Grandes acciones e ideas brillantes de ONGs y movimientos sociales (como la manifestación por un acuerdo ambicioso, la campaña “WTF? – Where are The Finances?” o la gala de premios al Fósil del Día) convergían con actuaciones de la Presidencia Polaca (como la Cumbre sobre el Carbón organizada por el propio gobierno, o el hecho de que los patrocinadores de la conferencia fueran algunas de las empresas más contaminantes del planeta) que evidenciaban la falta de intención y de ambición de los organizadores de la Conferencia y generaban una frustración que a nadie pasaba desapercibida.

El acuerdo de Varsovia tardará poco en pasar al olvido. Se reduce a la palabra de los casi 200 estados participantes en definir un calendario con sus compromisos de reducción de emisiones antes de marzo de 2015, y mucho papel mojado con respecto a los otros dos principales objetivos: el de acordar una financiación para medidas contra el cambio climático (que implicaba un llamamiento a los países desarrollados para alcanzar la cifra de 100.000 millones de dólares para 2020 a partir de fondos públicos y privados) y el de un mecanismo de Perdidas y Daños, por el que se asistiría a los países que como recientemente Filipinas hayan padecido los estragos de las consecuencias del cambio climático en su propio territorio.

El camino ahora lo definirán la reunión Ministerial en Bonn de junio de 2014 y la Cumbre de Naciones Unidas de “Ban-Ki Moon” en septiembre del mismo año. Un largo camino a andar hasta la conferencia en París, en definitiva, en el que Europa tendrá que aprender a gestionar las reticencias y bloqueos, en ocasiones, de países como Japón, Australia y Canadá al mismo tiempo que a gestionar las peticiones, cada vez más desesperadas, de los países en vías de desarrollo del G-77 para llegar a un acuerdo global concreto, en formas y medios, a finales de 2015.

Europa tiene una responsabilidad. Como anfitriona del COP21 dentro de dos años en París, la Unión Europea debe empezar ya a dar ejemplo aumentando los objetivos de reducción de emisiones fijados para 2020, ahora al 20%, y marcando el 60% para 2030 y la eliminación de las emisiones procedentes de combustibles fósiles para 2050. La falta de compromiso motivado por la recesión económica no esconde más que falta de voluntad política, en países en los que los subsidios a los combustibles fósiles cada año se cuentan en miles de millones y en los que la inversión a fuentes de energías renovables o a programas de eficiencia energética son comparativamente inexistentes. El carbón, el gas de esquisto y los combustibles fósiles deben desaparecer de nuestros balances energéticos si queremos asegurar la seguridad energética, crear millones de empleos y trabajar en pro de una economía y una sociedad sostenibles. Tenemos dos años para haberlo comprendido.