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Carta a la generación que no estará aquí dentro de veinte años

Publicado originalmente en el European Green Journal el 11 de julio de 2016, y en ctxt.es el 20 de julio de 2016. English version here.

La Unión Europea ha llegado a una encrucijada de caminos. Los desafíos a los que se enfrenta están poniendo en tela de juicio su propio futuro de integración; y en este contexto, las y los jóvenes se han convertido en un factor fundamental. Están jugando un papel determinante en procesos que, en diferentes lugares y para sorpresa de quienes están a cargo del proyecto europeo, están definiendo nuestra sociedad. Y todo hace pensar que seguirán haciéndolo.

El menosprecio electoral histórico que ha padecido la juventud ha tenido como consecuencia una distribución desproporcionada de los costes de la crisis, que ha empujado a las y los jóvenes hacia los verdaderos extremos de la sociedad. Ese padecimiento ha llevado a la indignación, y la indignación a ser parte de procesos de transformación de enorme trascendencia en la Unión Europea. Los/as jóvenes se han convertido en actores esenciales en cambios políticos tanto de regeneración como de inversión democrática, y esto está ocurriendo sin que todavía la sociedad parezca haber tomado consciencia de ello. El horizonte de la Unión Europea no lo conocemos: puede ser de progreso y unidad, o de desintegración. Pero sea cual sea, la necesidad de incluir a la gente joven entre las soluciones a la encrucijada en la que estamos es incuestionable. Porque ya definen el horizonte de la UE; y porque serán ellos quienes, cuando llegue, seguirán aquí.

El derecho a vivir una vida independiente

Las palabras desempleo y juvenil se han repetido insistentemente la una junto a la otra en los últimos tiempos. Y palabras es, seguramente, la mejor manera de resumir la respuesta política que se ha dado a este problema en los últimos años: palabras, y poco más. Una carencia casi total de acción y de políticas sociales junto a unas cifras de presupuesto del todo insuficientes [1] han permitido que el desempleo juvenil a día de hoy alcance todavía un 45,3% en España y un 48,9% en Grecia [2], mientras que en la UE continúa en un 19,4%. Esto significa que, en ambos países, de cada dos personas menores de 25 años buscando activamente un puesto de trabajo solo una de las dos es capaz de encontrarlo. En relación al desempleo total, la tendencia no ha cambiado prácticamente en los últimos veinte años: el desempleo juvenil y el desempleo total se han mantenido prácticamente paralelos, siendo el primero algo más de dos veces el segundo, tanto en España como en la UE.

Para ser capaces de entender la gravedad de la situación a la que se ha llevado a las y los jóvenes en los últimos años, varios datos completan bien el retrato. A nivel laboral, la tasa de desempleo juvenil de larga duración es un buen ejemplo: en España llega al 39,2%, en Grecia o en Italia supera el 50% y alcanza un 33,6% en la Unión Europea [3]. Esto es: más de un tercio de los/as jóvenes de menos de 25 años que buscan un trabajo en la UE llevan más de 12 meses haciéndolo.

Otro dato significativo es el porcentaje de jóvenes trabajadores/as temporales (71,3% en España, 43,6% en la UE [4]), que refleja bien el tipo y la calidad del empleo al que están abocados los/as jóvenes que sí encuentran uno. Y significativo también es el porcentaje real de trabajadores/as jóvenes autónomos en la Unión Europea: solo un 4% de los 19,4 millones de jóvenes que están trabajando [5]. Este porcentaje, que se ha mantenido constante a lo largo de la crisis, transmite las posibilidades de una propuesta que se ha repetido como un mantra (¡emprended!, les dicen; como si de ánimo fuera su problema) y que responsabiliza al individuo de un problema del que las instituciones deberían asumir las responsabilidades.

El desempleo es una parte, la más visible; pero hay otras. La tasa de riesgo de pobreza y de exclusión social también supera largamente al del resto de grupos de edad: En España, un 38,6% de los/as jóvenes entre 18 y 24 años están en riesgo de exclusión o pobreza (un 31,9% en la UE), mientras la tasa total es del 29,2% (24,4% en la UE) [6]. Además, la evolución de estos datos en los últimos diez años ha sido desproporcionadamente negativa para los/as más jóvenes. En 2005 la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social de los jóvenes en España era incluso menor que la total (21,7% para el rango 18-24 años con respecto a 24,3% para el conjunto de grupos de edad). En la UE, mientras que ha disminuido la tasa total desde 2005 (entonces era de un 25,8%), ha aumentado entre las y los jóvenes.

En Europa, particularmente en el sur, se ha empujado a una parte importante de la sociedad a una situación de drama social sin precedentes. Se ha forzado a cientos de miles de jóvenes a dejar España desde 2011 [7], con el coste que prescindir de su talento, motivación y contribución a sostener el Estado de Bienestar va a suponer en el futuro. Se ha arrebatado las perspectivas de futuro a una parte importante de una generación a la que se califica como perdida, y para la que se da por sentado que cuando por fin la crisis haya terminado ya será demasiado tarde. Se les ha quitado el derecho a vivir una vida independiente y a tomar sus propias decisiones, obligándoles a aceptar cualquier empleo, a trabajar a cualquier precio, a estudiar lo que el mercado laboral dictara, a volver al hogar paterno [8]. Y las consecuencias de todo esto se sabe que perdurarán en el largo plazo afectando al desarrollo tanto personal como profesional.

Hombres blancos de 50 años y en corbata

¿Por qué?, nos preguntamos. ¿Por qué a los/as jóvenes? Para entenderlo, las palabras que mejor explican cómo hemos llegado hasta aquí son otras dos: participación y democracia.

Desde el punto de vista de la élite política, la cuestión ha sido clara. Por debajo de los 18 años los/as jóvenes no pueden votar y por encima generalmente no les interesa la política. A lo largo de la historia reciente han sido un sector electoralmente desmovilizado al que la clase política no ha prestado atención: a quienes tienen más de 60 años sí se les atiende. No han sido un grupo cohesionado de electores que se movilizara en torno a unos intereses concretos —a pesar de ser más de 65 millones de votantes de menos de 30 años en la Unión Europea— y a los que los partidos podían apelar con determinadas políticas. En Economía Política son un caso de libro.

De manera que los parlamentos siguen siendo, mayoritariamente, lugares de trabajo de hombres, blancos, de 50 años y en corbata. Concretamente en el Parlamento Europeo la edad media es de 53 años [9]. En el Congreso de los Diputados ha descendido en la XI legislatura gracias al cambio generacional que ha conllevado la entrada de nuevos partidos, situándose en los 47 años [10], siendo la media de edad en España 43 años. Pero la clase política no ha dejado de envejecer [11]. Los parlamentos no reflejan todavía la diversidad de la sociedad que representan —en términos de género, edad, etnia u otros—, y esa falta de voz y de representación tiene como consecuencia que las y los jóvenes hayan asumido una mayor proporción de los costes que ha tenido la crisis, en todas sus vertientes. Efectivamente, no les representaban, y parece que tampoco buscaban hacerlo.

Lo están cambiando todo

Pero inesperadamente se indignaron. De diferentes maneras, en diferentes sitios y con distintos objetivos, las y los jóvenes han reaccionado. A lo largo y ancho de la Unión Europea la gente joven está jugando un papel determinante en procesos que están definiendo el sentido hacia el que camina el proyecto europeo. En direcciones, además, muy desiguales. No tener esto en cuenta es un error de enorme envergadura que ya está teniendo importantes consecuencias.

Uno de esos procesos fue el que se desencadenó entre los meses de mayo y junio de 2011 en diferentes ciudades españolas. Las y los indignados no fueron un movimiento exclusivamente de gente joven sino un grupo diverso en el que se mezclaron personas de todas las edades. Una de sus señas de identidad era, de hecho, esa transversalidad: tanto social, como generacional o ideológica. Pero el papel central que jugaron los y las jóvenes en la conformación y organización del 15M fue de enorme importancia, más allá del cual sus ideas fueron después compartidas de una forma mucho más extensa.

La repercusión que ha tenido este movimiento ha sido de una envergadura que todavía no concebimos completamente. El empoderamiento de tantas y tantos ciudadanos y el descubrimiento de formas no convencionales de participación han tenido como consecuencia un cambio completo en el mapa político de nuestro país como en 2011 no era imaginable. Un cambio de marco discursivo, que confrontó la narrativa de “No hay alternativa” y la reemplazó por otra donde palabras como transparencia, regeneración, participación, bien común o primarias —que no existían en el vocabulario político más allá del de partidos como EQUO, todavía minoritarios— se volvieron imprescindibles. Un cambio total en la agenda política, que pasó a priorizar el rechazo a la corrupción, los desahucios y la austeridad; y que generó plataformas y proyectos políticos y periodísticos, nuevas corrientes en la arquitectura y transformaciones en nuestra forma de consumir y de comunicarnos. El 15M supuso en definitiva un cambio profundo de la realidad política, cuyas repercusiones llegaron a cruzar océanos y pueden seguirse percibiendo incluso 5 años después. En las plazas de París, mientras escribo estas líneas, las y los indignados de Nuit Debout se mantienen en pie ante una clase política que les teme, consciente de lo que protestas ciudadanas semejantes engendraron en España o en Italia hace muy poco tiempo. Les temen; y tienen razón en hacerlo.

Las consecuencias de ese estallido de movilización y participación en que miles de jóvenes se sumergieron transcendieron, por lo tanto, lo estrictamente electoral. Pero tanto en España como en otros países la implicación política de la gente joven está teniendo unas consecuencias extraordinarias, que deben igualmente analizarse.

En España, los partidos que han sabido movilizar a los/as votantes jóvenes han obtenido unos resultados que eran imprevisibles hace solos unos años. La coalición valenciana Compromís fue uno de los primeros en hacerlo: consiguió crecer entre las elecciones generales de 2011 y las de 2015 del 4,8% de los votos al 25,09%, y lo hizo convirtiéndose en la fuerza más votada en la franja de votantes menores de 34 años [12]. Desde 2015 gobierna también en la Comunidad Valenciana, junto al Partido Socialista.

Otro ejemplo es Podemos. Un partido que se crea en los meses previos a las elecciones Europeas de 2014 y cuya vinculación al movimiento de los/as indignados/as de 2011 es indiscutible, ha conseguido convertirse en una opción real de gobierno en España, para desconcierto de los dos partidos que se reparten el poder desde el fin de la dictadura de Franco. El Centro de Investigaciones Sociológicas estima que el 35% de los menores de 35 años votó a Podemos en las elecciones generales de 2015 [13], mientras que las otras tres fuerzas políticas principales obtuvieron en esa franja de edad alrededor del 15% de los votos. La ruptura generacional y su impacto en el cambio de escenario político en nuestro país se percibe incluso en el partido Ciudadanos, segunda opción entre los/as menores de 35 años y fuerza insignificante entre los sectores de más de 54 años.

La gente joven tiene la capacidad de generar verdaderas transformaciones en el mapa político de nuestros países si se moviliza para votar. Así está ocurriendo en España, pero también en muchos otros países. En direcciones muy diferentes.

En Grecia, en las elecciones de junio de 2012, Syriza (que acababa de conformarse como partido) y Aurora Dorada (partido de ideología fascista) alcanzaron un 26,9% y un 6,9% de los votos respectivamente, y lo hicieron convirtiéndose en las primeras fuerzas entre los menores de 35 años. Syriza obtuvo un 37% de los votos entre los menores de 25 años; mientras que Aurora Dorada, que entraba en el parlamento por primera vez, alcanzó un 13% en esa franja de edad y un 16% entre los/as votantes de 25 a 34 años [14]. El Partido Verde de Inglaterra y Gales, que en los últimos años ha experimentado un aumento extraordinario de porcentaje de voto y de influencia, lo ha hecho aumentando el número de afiliados jóvenes de 1.300 en 2013 a 14.000 en 2015 [15]. En Austria, único país de la UE donde se permite el voto a los mayores de 16 años a escala nacional y donde el ascenso del partido xenófobo FPÖ y del Partido Verde se ha percibido como un tsunami electoral, un 51% de los hombres de menos de 29 años votaron a FPÖ en la primera vuelta según las encuestas [16]. En Francia, el Front National de Marine Le Pen cosecha el 35% de los votos entre los/as votantes de 18 a 35 años. Y podríamos seguir: Holanda, Dinamarca, Polonia… países, todos, con realidades semejantes [17]. Mientras escribo esto, la relevancia que están adquiriendo las y los jóvenes en las semanas previas al referéndum de Reino Unido sobre su pertenencia a la Unión Europea puede resultar decisoria en el resultado de la votación [18].

La influencia de los jóvenes en los mayores desafíos a los que se enfrenta la Unión Europea va más allá, incluso, de lo estrictamente político o electoral. La radicalización de jóvenes europeos reclutados en las afueras de ciudades como Bruselas o París, y su participación en atentados terroristas, debe ser entendida responsabilizando no al Islam, sino a las políticas públicas en materia de juventud y de integración, como señalaba recientemente The New York Times [19]. Debe ser entendida desde una perspectiva mucho más amplia, que contemple la evolución de la exclusión social, laboral y educativa de muchos de esos jóvenes desde hace décadas; y que considere que se convierte en extremista lo que se ha abandonado en los extremos.

El futuro de la Unión Europea depende de ello

El abandono al que se ha sometido históricamente a la población más joven por motivos electorales ha tenido unas consecuencias desproporcionadas en la última década. La crisis económica, las políticas neoliberales que decían combatirla, la falta de integración y la falta de solidaridad de la Unión Europea han empujado a los jóvenes a los verdaderos bordes de la sociedad a nivel social, económico y laboral. Sin embargo, a su vez, la juventud de muchos países de la Unión Europea está reaccionando, de manera organizada o no, conformándose como una fuerza de profunda influencia tanto para la integración como para la desintegración de la UE.

La juventud no es una fuerza homogénea. Los problemas de la gente joven en Alemania no son los mismos de quienes vienen del Sur, por lo que no parece razonable intentar predecir un horizonte colectivo. Lo que sí parece importante es entender que los/as jóvenes son una fuerza catalizadora capaz de generar transformaciones que abarcan la totalidad del espectro político: tanto hacia regeneraciones progresistas basadas en los derechos humanos y en la higiene democrática; como hacia opciones nacionalistas, xenófobas o extremistas. Y esto merece que se le preste atención. La gente joven ya está jugando un papel fundamental en dibujar el horizonte de la Unión Europea. Es el momento de que quienes están a cargo del proyecto europeo lo tengan en cuenta. El futuro de la Unión Europea depende de ello.

 

[1]         http://www.euractiv.com/section/social-europe-jobs/opinion/youth-employment-together-we-can-make-a-change/

[2]         Eurostat, datos de febrero de 2016: http://ec.europa.eu/eurostat/documents/2995521/7225076/3-04042016-BP-EN.pdf/e04dadf1-8c8b-4d9b-af51-bfc2d5ab8c4a

[3]         Eurostat, datos del tercer trimestre de 2015: http://ec.europa.eu/eurostat/web/gdp-and-beyond/quality-of-life/long-term-unemployment-rate

[4]         Jóvenes entre 15 y 24 años. Eurostat, datos de 2015: http://goo.gl/vmgCvb

[5]         Eurofound 2012: http://www.eurofound.europa.eu/publications/report/2012/labour-market-social-policies/neets-young-people-not-in-employment-education-or-training-characteristics-costs-and-policy

[6]         Eurostat, datos de 2014: http://goo.gl/jHY1KQ

[7]         http://www.lasexta.com/noticias/sociedad/ine-cifra-medio-millon-numero-jovenes-que-han-emigrado-crisis-marea-granate-multiplica-cinco_20160103572407eb4beb28d446005f23.html

[8]         La edad media de emancipación de los/as jóvenes es 29,1 años en España (26,2 en la UE) y aumenta imperturbablemente. Eurostat, datos de 2014: http://appsso.eurostat.ec.europa.eu/nui/show.do?dataset=yth_demo_030&lang=en

[9]         http://www.europarl.europa.eu/EPRS/EPRS-Briefing-542150-European-Parliament-Facts-and-Figures-FINAL.pdf

[10]       http://www.elespanol.com/espana/20160118/95490513_0.html

[11]       Los datos señalan que la edad media de los diputados del Congreso en 1979 era de unos 42 años, mientras que en 2008 era de 49. Politikon: http://politikon.es/2013/07/08/cuando-la-politica-se-hizo-vieja/

[12]            El Mundo, 25/10/2015: http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2015/10/25/562bc3f7e2704ee15a8b463d.html

[13]            El Español, 07/05/2016: http://www.elespanol.com/espana/20160507/122987812_0.html

[14]            Golden Dawn and Its Appeal to Greek Youth, Alexandros Sakellariou, Friedrich Ebert Stiftung: http://library.fes.de/pdf-files/bueros/athen/11501.pdf

[15]            Huffington Post, 14/01/2015: http://www.huffingtonpost.co.uk/2015/01/14/why-is-the-green-party-successful-british-youths_n_6470326.html

[16]            Zeit, 25/04/2016: http://www.zeit.de/politik/ausland/2016-04/oesterreich-wahl-norbert-hofer-waehler

[17]            Deutsche Welle, 14/12/2015: http://www.dw.com/en/young-people-vote-far-right-in-europe/a-18917193

[18]            El País, 28/05/2016: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/05/28/actualidad/1464449020_948036.html

[19]            The New York Times, 08/04/2016: http://www.nytimes.com/2016/04/08/world/europe/belgium-brussels-islam-radicalization.html?_r=0

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El ISIS y el Oro Negro

Publicado en Público el 26/11/2015.

Rosa Martínez, coportavoz de EQUO (@RosaM_Equo)
Guillermo Rodríguez, miembro de EQUO (@willrodrob)

El ISIS tiene todo el dinero que necesita. Eso no era ningún secreto. Entre sus muchas fuentes de financiación —como la extorsión, las donaciones o el tráfico de seres humanos— hay una que sobresale hasta ahora sobre todas las demás: el petróleo. La explotación de campos petrolíferos en Irak y Siria y su exportación ilegal a través de países como Turquía han supuesto la principal fuente de financiación de esta organización terrorista: entre 1 y 3 millones de dólares de ingresos al día, todos los días. A esto hay que sumarle las donaciones particulares, mayoritariamente de hombres acaudalados de los países del Golfo. Otra vez, el petróleo.

El petróleo es una fuente de energía sucia, y no sólo por contaminante. El control de las reservas de petróleo, gas, uranio y otros recursos energéticos mediante la violencia hace mucho que domina la geopolítica del mundo en que vivimos. Conflictos como Afganistán, Irak, Libia o Siria, que generaron la creación y radicalización de grupos yihadistas como el ISIS, son algunos ejemplos de las injerencias occidentales por intereses vinculados a los recursos naturales. Otro ejemplo del precio que pagamos por el petróleo que consumimos: el silencio de la comunidad internacional ante las continuas violaciones de derechos humanos en Arabia Saudí.

Intervenciones militares de países como Francia en Libia o Irak, donde petroleras francesas se reparten beneficios; o en Mali, de donde Francia importa uranio para su producción nuclear, no justifican de ninguna forma matanzas como la del 13 de noviembre en París: responsables son solo los que matan. Sin embargo, cualquier explicación o análisis que las obvie errará en la búsqueda de soluciones.

 Que París sirva para que Europa reaccione. Nuestra excesiva dependencia del exterior de fuentes de energía como el petróleo, el gas o el uranio no es sólo una insensatez, por la inseguridad energética a la que nos exponen conflictos como el de Ucrania; sino también una hipocresía. Este modelo energético confronta el discurso de los valores europeos con las violaciones de derechos humanos a las que sometemos a millones de personas con nuestras guerras y nuestros contratos. Además, es también una gravísima imprudencia, ya que nos impide actuar con responsabilidad ante uno de los mayores retos de la humanidad en el siglo XXI: el cambio climático.

Y no deja de ser paradójico que la Cumbre del Clima, que empieza en París el próximo lunes, se vea mermada política y organizativamente por la misma causa que un acuerdo poderoso y vinculante en esta materia podría combatir. ¿Se imaginan todo lo que ganaríamos usando otras fuentes de energía que no fueran el petróleo? Es evidente, beneficios para la mayor parte de la humanidad, pérdidas para unos pocos.

La buena noticia es que existe una alternativa para reducir nuestra dependencia energética, limitar los conflictos geopolíticos vinculados a los recursos energéticos, dejar de financiar a grupos terroristas y además contribuir a la lucha contra el cambio climático: las energías limpias y renovables. Si conseguimos además que la producción de energía sea controlada por la ciudadanía conseguiremos, al mismo tiempo, redistribuir esta parcela de poder, hoy en manos de grandes multinacionales con muchos intereses y muy pocos escrúpulos. Energías limpias, sí: también en democracia y derechos humanos.

Hacerse rico es glorioso

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Esas fueron las palabras con las que en los años 80 el exlíder chino Deng Xiaoping marcó el inicio de un cambio que abrió la República Popular China al resto del mundo. Desde entonces, la carrera ha sido frenética, en un país donde los contrastes se perciben desde la calle hasta el Parlamento: el crecimiento colosal, que amenaza la hegemonía estadounidense y la influencia europea, del que es todavía uno de los países más desiguales del planeta; el aumento de las protestas y el activismo pro democracia y derechos humanos, de la mano de su persecución y del aumento del presupuesto de seguridad interior (policial, entre otros) por encima incluso del creciente presupuesto militar; y otros, como la corrupción y su ejemplar –tal vez aparente– limpieza, o la confirmación de que, efectivamente, “el límite de China se encuentra en el cielo”.

Lo que apenas encontré en China fue conciencia. Excepto de unos pocos mayores, a los que la única manera de acceder era en mandarín, la falta de interés y de compromiso era extensa, especialmente entre las y los jóvenes: su gobierno defendía sus intereses y cualquier crítica a sus funciones era seguramente falsa y susceptible de pretender desestabilizar a China y sus habitantes. Era difícil entender si se debía a los laxantes de ese particular libre mercado –en el que la dictadura no la ejercen los mercados, sino el propio gobierno, al que los ciudadanos ni votan ni, en gran número, desean votar–, a la aquiescencia del budismo, del que hablaremos pronto, o a la docilidad impuesta por un gobierno al que no le ha temblado la mano cuando ha visto peligrar su poder. Un ejemplo de ello fue la matanza de Tiananmén, que actuó sobre la población china como si de una violación se tratase, forzando su silencio y su amnesia hasta el día de hoy.

Hay una idea que escuché con insistencia, de jóvenes, mayores y extranjeros: la sociedad china no tiene la edad suficiente. Son inocentes, inmaduros, desconocen lo que les conviene, y necesitan de quienes sí lo saben para que decidan en su lugar. Como niños, me decían, en una metáfora que como tantas otras veces relega la democracia por detrás de la eficiencia, de los que mejor saben cómo hacerlo, de lo que se debe hacer. Pero quién decide a quienes mejor lo hacen, de qué manera se selecciona a los mejores, son preguntas para las que nadie parece tener respuesta, ni dentro ni fuera de China. Y ante eso, la cuestión deja de ser quién lo hará mejor, para convertirse en quién tiene la legitimidad de hacerlo. Como en Europa y en tantas otras partes del mundo, sin la participación de la gente, no hay crecimiento equitativo y sostenible posible.

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El Buen Vivir: La lucha y narrativa de EQUO

Leyendo la ponencia política que se discutirá este fin de semana en la Asamblea Federal de EQUO, me he dado cuenta de que las tres batallas de EQUO, la equidad, la sostenibilidad y la regeneración de la democracia, son hoy más actuales que nunca.

En estos cuatro años el sistema neoliberal ha continuado su descomposición, arrastrándonos con él en su decadencia. La sobreexplotación de personas y recursos para satisfacer los intereses de una minoría cada vez más despreciable ya no se soporta más. Sus estertores de corrupción, paro y pobreza empiezan a llegarnos roncos, delirantes, ante una calle que desafiante se despierta, preparada para recuperar lo que nos pertenece, lo público y la democracia; preparada para transformar un sistema que ya está a punto de romperse. Aquellas tres razones que nos reunieron una vez son hoy el objetivo de millones de personas, y no habíamos nunca hasta ahora estado tan cerca de alcanzarlas.

Ha llegado la hora de decir basta. Ha llegado el momento de dejar de sacrificar a la mayor parte de la población para el beneficio de unos pocos. Ha llegado el momento de que todas y todos tengamos las mismas oportunidades, de que nadie tenga que tener suerte para salir adelante: de que el objetivo último y primero de quienes nos gobiernan sea garantizar los derechos y necesidades de las personas, en una sociedad posible, que tenga en cuenta su entorno y que conozca sus límites; porque los suyos serán los nuestros. Ha llegado el momento de entender que es insensato pensar que podemos vivir ajenos a nuestro contexto; que esa es la peor de las utopías. Y de explicar que por lo que nosotros estamos luchando es una sociedad sostenible en lo social y en lo económico, sin hambre ni exclusión, sin discriminación, con estructuras financieras al servicio de la gente y no de sí mismas; y también en lo ambiental, porque en un país como España apostar por el sol, el viento y la gestión eficiente de la energía es apostar por la prosperidad económica, la creación de empleo y el bienestar social. Estamos luchando por una sociedad que se sostenga, y que lo haga con democracia: sólo siendo la ciudadanía quienes llevemos a cabo esta transformación recuperando nuestras instituciones podremos conseguirlo.

Estamos en una situación de emergencia, y también lo más cerca que hemos estado nunca de poder cambiarla. Es en este escenario de oportunidad donde EQUO tenemos que contribuir con esas alternativas poderosas, posibles y completas, esas alternativas que con rigor llevamos tanto tiempo trabajando, para llevar a cabo lo que en EQUO sabemos hacer: crear empleos, enfrentando el cambio global en el que nos encontramos con las oportunidades que tiene nuestro país; garantizar nuestras necesidades y derechos, conscientes de que esa es la responsabilidad de quienes llegan a las instituciones; asegurar el equilibrio de las cuentas públicas, a base de medidas de sostenibilidad económica y medioambiental y de justicia fiscal y social; y acabar con esa corrupción asquerosa, con ese abuso y perversión del poder, construyendo estructuras de gestión y participación radicalmente democráticas.

Garantizar el Buen Vivir, en definitiva. El interés de todas y todos, las necesidades básicas de todas las personas pero también su desarrollo personal, su elección individual. El Buen Vivir como valor universal, de inclusión, de equidad, de democracia.

Esta es nuestra lucha, por la que en EQUO seguiremos batallando. Y con la que seremos parte del cambio social que está a punto de cambiarlo todo.

Váyanse del poder, si no les molesta

stopVladimir Putin lleva sólo quince años gobernando. Lo digo, quitándole importancia, porque podría hacerlo todavía por otros diez, y todo apunta a que lo hará. No le priven de su mérito: lo hace en un país donde los gobernantes se eligen por sufragio universal y la Constitucion limita los mandatos a sólo dos legislaturas. Pero Vladimir Putin ha podido con estos y con muchos otros obstáculos. Cuando tuvo que abandonar la presidencia en 2008 colocó a su fiel colega Dmitry Medvedev en el puesto, se mudó a la oficina de primer ministro, para cuatro años después volver a intercambiarse el despacho con el bueno de Dmitry. Cuando vio que aún así las cuentas no salían, tampoco se preocupó: enmendó la constitución para prolongar un poquito más la duración de sus legislaturas y cumplir así en el poder el cuarto de siglo.

Cuando un o una gobernante está demasiado tiempo en el poder hay algo que se corrompe. Independientemente de que haya sido elegido en elecciones impecables, de que una mayoría de la población quiera que vuelva a ser ella o él. Tal vez sea porque llega un momento en que las personas necesariamente nos cansamos, y descuidamos el ejercicio de nuestras funciones. Tal vez sea porque tenía razón aquel filósofo griego, sobre el peligro de que las personas prevalezcan sobre las instituciones; porque aquellas pasan, pero estas permanecen. O tal vez sea debido a la dación y devolución de favores, que acaba por no poder sostenerse más. Pero lo indudable es que la limitación de mandatos nos habría evitado asistir al tan triste crepúsculo de algunos o a la longevidad en el poder de otros.

Longevidad que lleva al inevitable desbocamiento de la corrupción. Ya sea un -hasta hace poco- símbolo inderrocable del catalanismo, una ministra del Partido de los Trabajadores de Brasil o el líder de la corriente política denominada putinismo; el exceso de duración en el desempeño del cargo acaba trayendo siempre otros excesos. Lo que es verdad es que no todos la amparan con la misma soltura. Una estudiante de Irkutsk me contaba sobre los intentos del señor Putin de convencer a sus electores, argumentando, de que la corrupción es inherente a cualquier sistema político y que por tanto estos debían asumirla. “Si hay ejemplos como Singapur en que han conseguido erradicar la corrupción, entonces aquí también podemos hacerlo”, contraargumentaba ella.

Los favores se acumulan, el aire se vicia. Y la política necesita savia nueva, nuevas ideas. Nuevas políticas y políticos, no jóvenes o viejos: pero que vengan sin pasado al ejercicio de la política. Que no deban favores. Que puedan llegar a las instituciones con toda la libertad y la fuerza que les da no deberle nada a nadie.

Que vengan sin pasado en la política, pero sí con un sitio al que volver. Que comprendan que la política no es una forma de ganarse la vida, sino un período de contribución del que siempre se acaba saliendo. Que no se tomen nunca más decisiones que antepongan mantenerse en el poder o volver a él al interés general de la ciudadanía.

La mayor parte de las Constituciones del mundo contemplan la limitación de poderes entre sus artículos. En España no existe para la presidencia del Gobierno o de las Comunidades Autónomas, pero curiosamente sí, y me pregunto quién redactaría la magnísima Carta, para la gobernación del Banco de España o para la presidencia del Tribunal Constitucional o del Tribunal de Cuentas. Y debe existir para todos. Aunque el ejemplo de Rusia, como escribía hace muy poco, demuestra que además de artículos constitucionales se tienen que dar también alternativas políticas, creíbles y poderosas, para garantizar la limitación de mandatos y el ejercicio de la democracia. Y líderes con fuerza y valor para llegar a serlo, en este mundo, tenemos muy pocos. Que nos lo digan sino a las y los europeos.

Utopía o necesidad: una historia de democracia directa

Novgorod_torgOs voy a contar una historia. Una historia que a mí me contó una vendedora de Kazan en uno de esos trenes interminables que recorren la tundra siberiana. Es, más bien, lo que yo pude entender de aquella historia, contada entre arrebatos en ruso y susurros en inglés. Pero es sin duda una historia de movilización popular, de empoderamiento ciudadano: una historia sobre cómo la organización de nuestras sociedades no siempre nos ha sido impuesta, y sobre cómo nuestra participación en la gestión de lo común es no solo posible y eficiente, sino un imperativo para asegurar el reparto justo de lo que es de todas y todos.

Esta historia comienza en el reino de Novgorod, en el medievo eslavo. Una revolución no necesariamente violenta derroca a un despótico príncipe que durante su gobierno sólo había sembrado pobreza y desigualdad entre la población, mientras engordaba sanos a sus próximos, cortesanos y familiares de sangre real, con la riqueza de una región que tenía para todos; pero no para todos repartía.

Tras deponer a su príncipe en 1136, las y los revolucionarios se organizan en una asamblea ciudadana que se convierte en la autoridad suprema del Estado. Durante trescientos años ejerce como la más alta institución en materia legislativa y judicial del reino de Novgorod: discute de asuntos de gobierno y de armamento, redacta leyes, nombra y destituye a sus gobernantes. Oficiales, príncipes y arzobispos son elegidos por la ciudadanía en la asamblea popular, y se les exige firmar un contrato en que se detallan sus responsabilidades y se proteje los intereses de la población, que tiene potestad para revocar su mandato.

El procedimiento de la asamblea era bien sencillo: Independientemente de las reuniones ordinarias, cualquier persona podía convocar la asamblea haciendo repicar la campana de la torre de la ciudad. Acto seguido sus habitantes, conocedores de sus obligaciones, se reunían ante la catedral para discutir el eventual asunto de urgencia. Y esta fue la razón, sin duda, por la que una de las primeras cosas que hizo Iván III cuando consiguió invadir el reino en 1478 y someterlo a su control fue arrebatar la campana de la torre y llevársela a Moscú. Arrebató una herramienta, un símbolo de democracia; consciente de la fuerza imparable que tienen estos, en ocasiones, para fundar o arrasar imperios.

Este tipo de asambleas, que ejercían diferentes tipos de democracia directa, existieron en numerosas regiones de influencia eslava con el nombre de Veche y son similares a otros como los Thing escandinavos o los Landsgemeinde que todavía se practican en ciertos cantones suizos. Son ejemplos de que la estructuración de modelos de democracia participativa no sólo se puede acometer con enorme efectividad, sino que es una necesidad imperativa para el desarrollo justo de nuestras sociedades.

Porque la justicia social no es solamente una cuestión de distribución, sino que lo es también de igualdad en respeto, dignidad y reconocimiento. La justicia social implica ser iguales también como sujetos de derecho, capaces de participar, decidir y gestionar por igual: la justicia social implica la existencia de una estructura verdaderamente democrática. Y asegurar esta es condición necesaria para garantizar aquella.

Hoy, la región de Novgorod es un caso insólito de éxito económico, social y político en Rusia. Y esta podría ser nuestra historia.

Rusia, Putin y el poder

Vladimir Putin es un hombre extraordinario. Ha conseguido lo que muy pocos han podido: instaurar un sistema autárquico con elecciones convocadas periódicamente y generar un crecimiento económico colosal -del que la calidad de vida de sus compatriotas ha dado cuenta- solo comparable a una corrupción masiva, una política de ataques sistemáticos a los Derechos Humanos y un apoyo popular inédito en la historia reciente, que ha alcanzado cotas del 80%.

¿Cómo ha conseguido Putin semejante respaldo? Después de tres semanas cruzando Rusia desde San Petersburgo hasta la Siberia Oriental he tenido dificultades para responder a esta pregunta. El apoyo que recibe es profundo, arraigado, visceral; especialmente fuera de las grandes ciudades. Su defensa se hace casi de memoria, usando los titulares de una abundante propaganda mediática que no llega a hacer desconocida la imagen proyectada por el país -y su régimen- en el resto del planeta. El orgullo por las expresiones de fuerza de su gobierno se vocifera; la crítica se murmura sin vehemencia.

De manera fortuita conocí a una diputada de su Congreso -la Duma -, que apasionadamente me explicó -no sin parte de razón- que los medios de Occidente trabajan por los intereses norteamericanos y que lo que nos llega no es más que desinformación sobre su presidente. Un estudiante de San Petersburgo me dió una respuesta un poco más satisfactoria: “Si hubiera una alternativa votaría por ella, pero no la hay”.

Porque es verdad que las que hay, comparativamente, son residuales. Al partido de Vladimir Putin, Rusia Unida, que se define como partido de centro pero no tiene una ideología coherente y es en esencia una creación de Putin para sostenerle en las elecciones a la Duma y al Congreso Federal, le rodean principalmente otros dos partidos: por la izquierda el Partido Comunista de la Federación Rusa, heredero del que rigió la URSS durante tantos años, y por la derecha el Partido Democrático Liberal de Rusia, definido como ultranacionalista. En las últimas elecciones presidenciales de 2012, en las que Putin fue reelegido por tercera vez Presidente de la Federación y en las que se denunció un enorme número de irregularidades, el ahora Presidente consiguió solo un 63,64% de los votos, una severa caída con respecto al apoyo popular cosechado en años anteriores. El segundo candidato, del Partido Comunista, apenas pasó el umbral del 17%. El tercero no alcanzó el 8%.

Pero sería falso afirmar que el éxito de Putin se debe exclusivamente a la debilidad de sus oponentes. Me decía aquel mismo estudiante que “Putin es un líder fuerte, que no rehusa el enfrentamiento para defender los intereses de Rusia”. Y los suyos, añado yo. Es un estadista que sigue en definitiva una larga tradición de liderazgo poderoso y centralizado que se extiende de los Zares a la época de Stalin y que ha conseguido restaurar, de alguna manera, la imagen de un país humillado tras el colapso de la Unión Soviética.

Putin no tiene rival. Y es importante reflexionar cómo intentos poderosos y legítimos de oponerse al establishment pueden no ser suficientes, si no se crean además alternativas políticas potentes a él. Mientras tanto la democracia no será más que un mero decorado, o como decía en 2011 el antiguo presidente de la Unión Soviética, Mikhail Gorbachev: “We have everything [in Russia] – a parliament, courts, a president, a prime minister, and so on. But it’s more of an imitation”.

Se valiente. #VotaValiente.

Me he creído este proceso. Esa es la principal razón por la que me presenté, en su momento, a estas primarias. Me he creído que en Equo podemos hacer política de otra manera. Me he creído que aquí no tiene que haber candidatos naturales, que aquí no hay favores que devolver ni puestos decididos de antemano. En Equo nos creemos la democracia, y la ejercemos, de una vez por todas. Hasta el punto que alguien como yo, que un día salí a la calle y que desde la invisibilidad he trabajado por aportar a este proyecto, he podido exponer mis ideas, defenderlas, y llegar a una segunda vuelta y, tal vez, al Parlamento Europeo. Me he creído que la política tradicional, en Equo, se ha acabado. Que ya no valen políticos profesionales, que ya no valen decisiones tomadas anticipadamente. Que los votos no están decididos hasta que no han hablado todos los candidatos.

Y sé que puede sorprender. Sé que todavía nos cuesta. Pero yo ya me he creído que podemos hacerlo. Yo me he creído que estamos cambiando la historia, y que a partir de ahora nos enfrentaremos a unas elecciones con las que elegir a aquel o aquella que más nos convenza: primero a nosotros, después a la calle y por último al parlamento. Y me presento, con mis 25 años, con la experiencia que hasta ahora he ganado y con la fuerza que siento para luchar por el mundo en el que creo, para encabezar la lista de Equo a las elecciones europeas. Y estoy dispuesto a convenceros. Os pido, sólo, una cosa: que seáis valientes.

Valientes para poner la ecología política encima de la mesa, y para luchar por ella en cada enmienda, en cada resolución, en cada negociación parlamentaria. Valientes para salir a las calles a gritar y a convencer de que nos estamos ahogando, de que el planeta no puede esperar más y de que, juntos, podemos construir una alternativa que asegure nuestro medio y nuestras sociedades. Valientes para mostrar que ya sabemos cómo hacerlo, que hay un plan, y que si en la calle somos lo suficientemente numerosos no habrá nada, ni nadie, que pueda silenciarnos: desde las instituciones pondremos fin a la dictadura de mercados y mercaderes, y devolveremos la soberanía a sus verdaderos dueños, nosotros mismos; ejerceremos la democracia, no como un partido tradicional, sino como una red de ciudadanos, viva, en movimiento, y dispuesta a avanzar hasta que cedan los muros de un sistema demasiado viejo como para seguir respondiendo; y aseguraremos el reparto, aseguraremos que lo primero sean las personas y que, por encima de todo, nuestra obligación sea garantizar que todos y cada uno de nosotros tenemos los mínimos para vivir plena y dignamente. Para asegurar que nadie, nunca más, vuelve a quedar atrás.

Quiero dar las gracias a toda la gente que de una forma u otra me ha apoyado, y que ha creído que no había que tener miedo para cambiarlo todo, para pedirlo todo. Para votar valiente.

Por una Europa imaginada sin miedo.

#VotaValiente

Impacta Europa

Publicado en Infolibre, “Impacta Europa”, 28/01/2014

Ahora podemos reinventar Europa“, escribía hace algunas semanas Florent Marcellesi en el diario.es. “La podemos reinventar y construir desde la ecología política”, afirmaba, enumerando los retos a los que se enfrenta la Unión Europea y la alternativa por la que muchos creemos que hay que comprometerse: la de una Europa de la solidaridad y de los derechos humanos, centrada en garantizar el bien común a las generaciones presentes y futuras, liderando una transición ecológica capaz de responder simultáneamente tanto al drama social como a la crisis medioambiental en la que nos encontramos.

Sin embargo, me pregunto: ¿tenemos tiempo de reinventar Europa? Como izquierda verde del sur de Europa, con grandes expectativas de futuro pero minoritaria, todavía, ¿cuál es nuestra función, cuál debe ser nuestro mensaje para las próximas elecciones europeas?
Tenemos claras las causas que nos han traído hasta aquí. Y sabemos exactamente qué cambio de rumbo deben de tomar ahora nuestras sociedades, el necesario viraje hacia un modelo energético, productivo y democrático definitivamente justo y sostenible. Pero en la Europa cobarde y vendida en la que vivimos, adueñada por finanzas y mercados, ¿nos corresponden de verdad discursos vencedores? ¿Debemos centrar nuestro mensaje en un horizonte decrecionista, en ambiciosas asambleas constituyentes paneuropeas y en escenarios de bonanza económica en los que no nos encontramos, o debemos asumir lo inmediato de una crisis que apenas deja tiempo para ensoñaciones futuristas, sino para respuestas urgentes y completas, respuestas verdes, pero que contesten la realidad de miseria y entrampamiento en la que se encuentran hoy millones de personas en nuestro país y en el resto de Europa?

Porque lo que necesitamos ahora es crecimiento, no nos equivoquemos. Crecimiento en educación, sanidad y derechos sociales; crecimiento en la lucha contra la pobreza y la exclusión social, que curiosamente son competencias comunitarias; crecimiento en la devolución del Estado de Bienestar y en la inversión por parte de las instituciones en una transición ecológica que creará empleos y frenará nuestra marcha imparable hacia el suicidio medioambiental. La implementación de un Green New Deal, en definitiva, como la solución y salida definitivas de una espiral que ni siquiera los que la crearon parecen capaces de dominar, y que debe centrarse en tres ejes principales: la reducción de las desigualdades como primer reto fundamental, tanto en términos de ingresos (mínimos y máximos) como de participación (de grupos discriminados, por ejemplo, por edad o género); la recuperación democrática, que acerque las instituciones y la toma de decisiones a sus verdaderos dueños, la ciudadanía; y el renacimiento industrial y sostenible, basado en la justicia social y los límites climáticos.

No podemos confundir visiones de futuro, horizontes compartidos, con las acciones necesarias para salir de donde estamos, porque nos arriesgamos a no ser entendidos. No debemos confundir nuestro contexto, nuestro discurso de épocas mejores, con nuestra fuerza y capacidad reales, que no serán ni mucho menos despreciables: una o un representante de Equo tendrá la oportunidad de ejercer un impacto real en el Parlamento Europeo, tendrá la oportunidad de ejercer cambios concretos y cruciales que mejoren la vida de las personas de manera decisiva. Incluso un único representante, así es. No porque, evidentemente, éste vaya a conseguir en soledad instaurar una Renta Básica para cada ciudadano de la Unión Europea en los próximos años. Sino porque con su incansable trabajo luchará en cada enmienda, en cada negociación y en cada resolución parlamentaria; y vencerá, en la búsqueda de consensos, en la denuncia constante de la decisiones tomadas a espaldas de la ciudadanía, en la exposición de aquellos que venden Europa a los intereses de otros que no somos ni los ciudadanos ni las ciudadanas. Y convencerá, empujando a favor de una Renta Mínima Universal para los que más la necesitan en estos tiempos de urgencia, como llevan haciendo los Verdes en el Parlamento Europeo desde hace años. Y vencerá, al demostrar que la transición ecológica que los verdes exigimos es posible, y que el camino hacia una democracia más directa en la que se incluya a los ciudadanos en la toma de decisiones se recorre sencillamente con la voluntad política de hacerlo.

Es hora de salir de las reflexiones de despacho, y actuar. Es hora de bajar de la teoría de los cielos a la arena de la realidad política europea, y de ensuciarse, y de tomar decisiones valientes que cambien el rumbo que se está llevando hasta ahora, y que mejoren directamente las vidas de los que peor lo están pasando. Es hora de entrar en Europa, e impactar. Y de empujar hasta que cedan, hasta que salgan los que se aferran a un poder que no les pertenece. Es hora de ceñirnos al contexto, y de dar las respuestas que la gravedad del ahora nos requiere. Ya tendremos tiempo, cuando la tormenta amaine, de hablar de otros horizontes. Es hora de cambiarlo todo. Es hora de impactar Europa.

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Guillermo Rodríguez es consejero político de Juventud en el grupo Verdes/ALE del Parlamento Europeo y candidato en las primarias de Equo a las elecciones europeas

Voz y voto

Por más que levantemos la voz, nadie nos escucha. Por más que exijamos participar, somos ignorados. Los jóvenes estamos, en España y en la mayor parte del resto de Europa, subrepresentados en las instituciones. Nadie defiende nuestros intereses porque no interesamos electoralmente, y es esa la razón del impasse en que nos encontramos: El 57,7% de los jóvenes que buscan trabajo en España no pueden encontrarlo; la precariedad laboral entre los que trabajan viene de épocas muy anteriores a la crisis que vivimos; hablar de emancipación se ha convertido en una broma, y la imposibilidad de vivir una vida independiente en una realidad cotidiana.

Los principios democráticos nos cuentan que todos los sectores deben de estar representados en las instituciones, para garantizar que ninguno de ellos resulte discriminado. Y la evidencia nos muestra que los jóvenes, a día de hoy, no lo estamos. A comienzos de la presente legislatura, menos de 20 eurodiputados tenían menos de 30 años. Un 2,7%. En un Parlamento que pretende representar a una ciudadanía en la que el 33,8% no ha entrado en la treintena.

Y es en estas instituciones donde se toman decisiones que afectan directamente nuestras vidas, y que son las causantes de la angustia en la que se encuentra una generación, sin futuro ni presente. Si nosotros no participamos en la toma de decisiones, otros lo harán por nosotros. Otros, de hecho, ya lo están haciendo. Los mismos que llevan haciéndolo durante los últimos 40 años.

Exigimos un cambio generacional en los órganos de decisión, sea a nivel político, social, cultural o económico.

Y exigimos otros cambios para asegurar que la voz de la juventud es oída e impacta en la oscuridad de los despachos en los que nuestro futuro se dictamina. Las organizaciones juveniles deben tener un papel fundamental en el diseño, desarrollo, implementación y control de las políticas que nos afectan, tanto a nivel europeo como nacional. Y la imposibilidad de reducir la edad de voto por debajo de los dieciocho años, el privilegio de reservar a los más mayores el derecho a votar o a presentarse a unas elecciones, debe contemplarse desde la perspectiva de los derechos humanos. No es solamente una cuestión de hacer electoralmente interesante al sector de la juventud, politizarlo y empoderarlo; no es solamente cuestión de conseguir que la clase política se interese de una vez por todas por nosotros: de lo que estamos hablando es de la predisposición política a evitar la concienciación crítica de la juventud, hablamos de la incoherencia que supone que podamos asumir con solo diez años responsabilidad penal en Reino Unido, que podamos ser considerados aptos para trabajar a tiempo completo o para sostenernos económicamente en España, pero que no tengamos derecho a votar hasta los dieciocho años. Hablamos, en definitiva, de una cuestión similar a la que se debatía a comienzos del siglo pasado sobre el derecho de la mujer a ejercer el voto.

Los jóvenes tenemos la capacidad de cambiar el mundo. Lo podemos cambiar desde las calles, y lo podemos cambiar también desde las instituciones. Quien consiga movilizar nuestro voto, intencionadamente cimentado abstencionista, vencerá. Y tendrá, junto con todos nosotros, la oportunidad de cambiarlo todo.