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Mujeres de Mongolia

Por Rosa Martínez y Guillermo Rodríguez.

Foto de Rosa Martínez
Foto de Rosa Martínez

De la convivencia con familias nómadas mongolas puedes contar muchas cosas, revivir experiencias únicas e incluso sacar lecciones de vida. Sin embargo, elegimos compartir nuestras impresiones sobre el papel de la mujer en la sociedad de Mongolia. En los miles de kilómetros recorridos por estepas y desiertos, fuimos testigos de la invisibilidad y el silencio de muchas mujeres. Asumían la responsabilidad del hogar, del ganado, de la alimentación y del bienestar de los huéspedes, pero lo hacían desde la discreción, desde un segundo plano, que no era evidente, ni grosero, ni manifiestamente discriminatorio. Y sin embargo, para nosotros, viajeros occidentales con gafas violetas, la vida cotidiana de las mujeres en los ger no dejaba de sacudirnos una y otra vez en cada familia y en cualquier momento del día: no oíamos su voz, no compartían ni la conversación ni el momento de descanso que los hombres de la casa (maridos, padres, hermanos) disfrutaban con nosotros, los huéspedes, en el centro de la estancia, mientras ellas se movían en la sombra y el silencio de la periferia del hogar siempre ocupadas.

Y sin embargo, habíamos leído sobre el empoderamiento de la mujer en Mongolia. En los últimos años, las tasas universitarias de las mujeres han sido entre un 60% y un 70% mayores que las de los hombres. Quienes emprenden en Mongolia son ellas, en la medida en que los hombres se quedan con el ganado y abandonan la formación, y comprobamos que los negocios –tiendas, comercios o restaurantes– en núcleos urbanos como la capital o los polvorientos pueblos en medio del desierto eran gestionados mayoritariamente por mujeres.

Pensando en lo que vivimos en Europa, nos preguntábamos si esa liberación que percibíamos en las zonas urbanas tendría un impacto en el hogar y en la relación con sus parejas, si las familias de esas emprendedoras serían diferentes a las que habíamos conocido en la Mongolia rural: ¿sería la emancipación económica un primer paso hacia la emancipación real, como lo había supuesto en Occidente?

Foto de Rosa Martínez
Foto de Rosa Martínez

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Hemos de confesar que, en realidad, después de reflexionar sobre esa evidente invisibilidad de las mujeres, no éramos capaces de enumerar grandes diferencias con lo que hasta hace bien poco han vivido las mujeres españolas y siguen viviendo en muchos contextos: El desequilibrio en la carga de trabajo, la sumisión y el servicio a los demás (hombres, familia, huéspedes), el nulo valor o reconocimiento al trabajo de cuidados, la ausencia de voz… Es verdad que en nuestra sociedad se han producido cambios, y que en una gran parte de la sociedad la evidencia ha dejado paso a la sutileza en las formas de discriminación de la mujer. Pero la realidad es que la opresión y discriminación de la mujer hoy en Occidente viene dada precisamente por las aparentes conquistas de empoderamiento y libertad, que se han convertido en parte de los elementos sustentadores del patriarcado del siglo XXI: el trabajo remunerado fuera de casa que se convierte en doble jornada; la libertad para vestirse y mostrar el cuerpo que se ha convertido en la principal herramienta de objetivación sexual de la mujer; o la libertad sexual, que a menudo se ha subordinado a la sexualidad masculina.

El sometimiento de la mujer en las familias nómadas nos fue evidente. Y esto nos hizo por una parte darnos cuenta de que en realidad eran situaciones para nada extrañas o impensables en nuestra sociedad; y por otra recelar de la libertad y emancipación que la independencia económica puede traer a las mujeres mongolas, tal y como ha supuesto a las mujeres en Occidente. En realidad, lejos de hacernos sentir satisfechos por el camino recorrido, esta experiencia nos ha hecho pensar en la profundidad que todavía tiene la discriminación de la mujer en nuestra cultura. Y por supuesto, nos ha recordado la necesidad de continuar la lucha por la igualdad real de las mujeres, tanto allí como aquí.

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El Naadam

El Naadam es un festival tradicional mongol en el que contendientes miden sus habilidades en lucha, arco y caballo. Tiene lugar una vez al año y es un espectáculo extraordinario para los que son amantes de los juegos de guerra, y para los que no.

Las ropas de lucha exigen una explicación: Una leyenda mongola cuenta que una vez una mujer se hizo pasar por hombre, participó de la competición de lucha y barrió a todos sus oponentes masculinos. Desde entonces el chaleco se rediseñó dejando el pecho al descubierto: para identificar así a las mujeres que osasen intentarlo, dado que en habilidad no podían distinguirlas.

Hoy, las mujeres ya forman parte, en minoría, del resto de pruebas, arco y caballo. Pero todavía no de la de lucha.

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A galopar

Magullados, después de días cabalgando, una noticia nos golpea: el refugio nómada donde pensábamos pasar la noche se ha desplazado, y no podemos encontrarlo. En la estepa, la tarde está cayendo. El siguiente puede estar a muchos kilómetros de distancia, no sabemos a cuántos, pero tenemos que apresurarnos.

La noticia nos llega en palabras en mongol y gestos con las manos. Y sabemos sin embargo que la hemos entendido.DSC_0033 copy

Nos dirigimos hacia el Oeste, a galope, con nuestros cinco caballos. Los cantos de Hurlee nos envuelven, sus silbidos nos persiguen; el sol se esconde ante nosotros y la noche se asoma, amenazante: no sabemos, ni podemos saber, cuántas horas nos quedan de viaje. Pero seguimos, veloces, sintiendo el sudor de los caballos y el temor en la garganta. Fuerza, les susurramos. Corred; corred, valientes.

Oscurece. El cielo se cubre de estrellas. Pero nosotros continuamos la marcha, entre el frío y la angustia, despacio, muy juntos, pero muy solos. Viajando seguramente hacia lugares donde nunca habíamos viajado antes.

Cuando encontramos el refugio, nos acogió una familia como todas las que conocimos en las estepas de Mongolia. En sus gers, o yurtas, en los que la existencia de una sola estancia no deja espacio para la intimidad ni apenas para el individuo, descubrimos la hospitalidad de un pueblo que ha aprendido a combatir la intemperie utilizando la pertenencia al grupo, su sociedad. No estás solo. El grupo te acoge, lo acoges: lo necesitas para sobrevivir en la inmensidad deshabitada de esas llanuras.DSC_0714 copy

Juntos somos más fuertes, solos estamos perdidos. Es una forma de sobrevivir, sabia, que contrasta con el individualismo que se filtra poco a poco por las fronteras de Mongolia, y que ya la está invadiendo: la economía de mercado, en forma de libertad de circulación de capitales, y también de aumento de la pobreza, el desempleo, la desigualdad, el expolio de sus recursos naturales y el cambio climático.DSC_0771 copy

El individualismo, la fragmentación social, que como en Occidente en los años setenta llegan también a caballo, galopantes, y que son una cara fundamental, tal vez la más importante, para entender el mundo en que vivimos. Y cómo podemos cambiarlo.DSC_0791 copy

Tierras de Mongolia

Son muchos los días que hacen falta para atravesar Siberia, dejando Europa a las espaldas. Días en que el tren recorre pensamientos y llanuras, salvajes y olvidadas, sobre las que crees que tu mirada es la primera que se posa nunca. Son muchos los valles que se cruzan, los rasgos que cambian en los rostros de quienes se apean, los husos horarios que desfilan mientras el tren avanza sin parada. Y aun así, la llegada a Mongolia no pasa inadvertida.

Van Mongolia

Creo que nunca me he sentido tan apartado, tan lejos, como en las estepas de Mongolia. Hay una sensación de pureza, de libertad; de incursión hacia el pasado, hacia el origen, que se percibe al compartir sonrisas y bebidas con sus gentes; y de intemperie, de tierra fría en invierno y ocre en primavera, de dureza, que en la inmensidad de sus llanuras, en el vacío de su silencio cómplice, reservado, te hace sentir tan libre y tan pequeño.

La naturaleza en Mongolia no se ha tocado. Su pueblo, nómada, ha vivido desde que le alcanza la memoria de la cría del ganado, sin segar su tierra, sin cambiarla. Su creencia, que proviene del chamanismo de sus tierras, se basa en que el ser humano no está en la tierra para luchar contra la naturaleza, sino para convivir con ella. Ha vivido buscando la armonía con su entorno, sin edificar ni trabajar la tierra, yerma, consciente de que su supervivencia dependía de la de su ganado, y este de la tierra que pastaba. Cuando el budismo tibetano se extendió en Mongolia, lo hizo respetando y manteniendo esta forma de entender el mundo; que solo hoy, cuando la globalización se arrastra hacia las tierras de Mongolia, empieza a desaparecer, entre los asentamientos urbanos y los envases olvidados que se ven desde el camino.

Un guía mongol me contó que todas las religiones del mundo son caminos que suben por la ladera de una misma montaña. Cada camino es distinto, pero todos llegan al mismo sitio, la cima de la montaña. Seguramente sea así, pero creo que no todas esas sendas son igual de sabias, o de agradecidas de recorrer, para el que las camina.

 Mongolia Chamanismo