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De gulags, inocentes y convictos

GulagsLos gulags, campos de trabajo forzoso que operaron en la URSS durante varias décadas, permanecen silenciosos, como si no quisieran hacer ruido. Quise entrar en uno de ellos y no lo conseguí: hasta los abiertos al público los encontré cerrados. Son vergüenzas, una red numerosísima de razones por las que olvidar la peor creación, posiblemente, de toda la era soviética. Inocentes, convictos, prisioneras políticas, ciudadanos sospechosos de proferir ofensa o insulto; decenas de millones de seres humanos pasaron por estos campos, muchos de ellos tras haberse arriesgado a ocupar el camino de los que detentaban el poder, en un error que cambiaría sus vidas. Muchos de ellos lo hicieron sin la celebración de un juicio. Y muchos también fueron exculpados pocas décadas después, por obra de Boris Yelsin, si es que habían sobrevivido. Amarga disculpa, debió parecerles.

Red de gulags
La red de gulags en Siberia

No conseguí entrar en ellos, pero sí conseguí hablar con una anciana, huérfana de uno de esos campos, que hacía guardia en un pequeño museo de la capital. Sus padres, profesores, habían sido detenidos poco después de que ella naciera, responsabilizados de la formación de un grupo contrarrevolucionario troskista y por la divulgación de propaganda antisoviética. Ellos lo negaron. Su padre fue enviado a un campo de trabajo, sentenciado a muerte y ejecutado pocos años después. Su madre recuperaría la libertad cinco años más tarde. Ambos fueron rehabilitados, en 1992. Llevaban ya mucho tiempo muertos.

Fue Stalin el que convirtió este sistema de campos en lo que fue, y fue tras su muerte que estos campos empezaron a desaparecer. Es verdad que ya antes de él emperadores, zares y faraones habían utilizado la mano de obra más barata de todas, la convicta, para la construcción de sus grandes creaciones; pero fue este hombre el que aportó cierta componente de discrecionalidad, de utilización como herramienta. Haciendo coincidir el momento de mayor expansión de los gulags con el pico de industrialización, y por tanto de necesidad de fuerza de trabajo, de la Unión Soviética, imprimió lo que puede ser una de las coincidencias más sórdidas de la historia de este pueblo, a ambos lados de los Urales. Imprimió otra razón para no olvidar, para recordar la importancia de la memoria, para conocer la historia que nos gusta y también la que nos da miedo. E imprimió un aviso que ha quedado en el aire, como un grito silencioso, y que yo escuché de aquella misma anciana en ese museo de Moscú: Que en aras del cambio social los individuos nunca volvamos a ser prescindibles.

Váyanse del poder, si no les molesta

stopVladimir Putin lleva sólo quince años gobernando. Lo digo, quitándole importancia, porque podría hacerlo todavía por otros diez, y todo apunta a que lo hará. No le priven de su mérito: lo hace en un país donde los gobernantes se eligen por sufragio universal y la Constitucion limita los mandatos a sólo dos legislaturas. Pero Vladimir Putin ha podido con estos y con muchos otros obstáculos. Cuando tuvo que abandonar la presidencia en 2008 colocó a su fiel colega Dmitry Medvedev en el puesto, se mudó a la oficina de primer ministro, para cuatro años después volver a intercambiarse el despacho con el bueno de Dmitry. Cuando vio que aún así las cuentas no salían, tampoco se preocupó: enmendó la constitución para prolongar un poquito más la duración de sus legislaturas y cumplir así en el poder el cuarto de siglo.

Cuando un o una gobernante está demasiado tiempo en el poder hay algo que se corrompe. Independientemente de que haya sido elegido en elecciones impecables, de que una mayoría de la población quiera que vuelva a ser ella o él. Tal vez sea porque llega un momento en que las personas necesariamente nos cansamos, y descuidamos el ejercicio de nuestras funciones. Tal vez sea porque tenía razón aquel filósofo griego, sobre el peligro de que las personas prevalezcan sobre las instituciones; porque aquellas pasan, pero estas permanecen. O tal vez sea debido a la dación y devolución de favores, que acaba por no poder sostenerse más. Pero lo indudable es que la limitación de mandatos nos habría evitado asistir al tan triste crepúsculo de algunos o a la longevidad en el poder de otros.

Longevidad que lleva al inevitable desbocamiento de la corrupción. Ya sea un -hasta hace poco- símbolo inderrocable del catalanismo, una ministra del Partido de los Trabajadores de Brasil o el líder de la corriente política denominada putinismo; el exceso de duración en el desempeño del cargo acaba trayendo siempre otros excesos. Lo que es verdad es que no todos la amparan con la misma soltura. Una estudiante de Irkutsk me contaba sobre los intentos del señor Putin de convencer a sus electores, argumentando, de que la corrupción es inherente a cualquier sistema político y que por tanto estos debían asumirla. “Si hay ejemplos como Singapur en que han conseguido erradicar la corrupción, entonces aquí también podemos hacerlo”, contraargumentaba ella.

Los favores se acumulan, el aire se vicia. Y la política necesita savia nueva, nuevas ideas. Nuevas políticas y políticos, no jóvenes o viejos: pero que vengan sin pasado al ejercicio de la política. Que no deban favores. Que puedan llegar a las instituciones con toda la libertad y la fuerza que les da no deberle nada a nadie.

Que vengan sin pasado en la política, pero sí con un sitio al que volver. Que comprendan que la política no es una forma de ganarse la vida, sino un período de contribución del que siempre se acaba saliendo. Que no se tomen nunca más decisiones que antepongan mantenerse en el poder o volver a él al interés general de la ciudadanía.

La mayor parte de las Constituciones del mundo contemplan la limitación de poderes entre sus artículos. En España no existe para la presidencia del Gobierno o de las Comunidades Autónomas, pero curiosamente sí, y me pregunto quién redactaría la magnísima Carta, para la gobernación del Banco de España o para la presidencia del Tribunal Constitucional o del Tribunal de Cuentas. Y debe existir para todos. Aunque el ejemplo de Rusia, como escribía hace muy poco, demuestra que además de artículos constitucionales se tienen que dar también alternativas políticas, creíbles y poderosas, para garantizar la limitación de mandatos y el ejercicio de la democracia. Y líderes con fuerza y valor para llegar a serlo, en este mundo, tenemos muy pocos. Que nos lo digan sino a las y los europeos.

Utopía o necesidad: una historia de democracia directa

Novgorod_torgOs voy a contar una historia. Una historia que a mí me contó una vendedora de Kazan en uno de esos trenes interminables que recorren la tundra siberiana. Es, más bien, lo que yo pude entender de aquella historia, contada entre arrebatos en ruso y susurros en inglés. Pero es sin duda una historia de movilización popular, de empoderamiento ciudadano: una historia sobre cómo la organización de nuestras sociedades no siempre nos ha sido impuesta, y sobre cómo nuestra participación en la gestión de lo común es no solo posible y eficiente, sino un imperativo para asegurar el reparto justo de lo que es de todas y todos.

Esta historia comienza en el reino de Novgorod, en el medievo eslavo. Una revolución no necesariamente violenta derroca a un despótico príncipe que durante su gobierno sólo había sembrado pobreza y desigualdad entre la población, mientras engordaba sanos a sus próximos, cortesanos y familiares de sangre real, con la riqueza de una región que tenía para todos; pero no para todos repartía.

Tras deponer a su príncipe en 1136, las y los revolucionarios se organizan en una asamblea ciudadana que se convierte en la autoridad suprema del Estado. Durante trescientos años ejerce como la más alta institución en materia legislativa y judicial del reino de Novgorod: discute de asuntos de gobierno y de armamento, redacta leyes, nombra y destituye a sus gobernantes. Oficiales, príncipes y arzobispos son elegidos por la ciudadanía en la asamblea popular, y se les exige firmar un contrato en que se detallan sus responsabilidades y se proteje los intereses de la población, que tiene potestad para revocar su mandato.

El procedimiento de la asamblea era bien sencillo: Independientemente de las reuniones ordinarias, cualquier persona podía convocar la asamblea haciendo repicar la campana de la torre de la ciudad. Acto seguido sus habitantes, conocedores de sus obligaciones, se reunían ante la catedral para discutir el eventual asunto de urgencia. Y esta fue la razón, sin duda, por la que una de las primeras cosas que hizo Iván III cuando consiguió invadir el reino en 1478 y someterlo a su control fue arrebatar la campana de la torre y llevársela a Moscú. Arrebató una herramienta, un símbolo de democracia; consciente de la fuerza imparable que tienen estos, en ocasiones, para fundar o arrasar imperios.

Este tipo de asambleas, que ejercían diferentes tipos de democracia directa, existieron en numerosas regiones de influencia eslava con el nombre de Veche y son similares a otros como los Thing escandinavos o los Landsgemeinde que todavía se practican en ciertos cantones suizos. Son ejemplos de que la estructuración de modelos de democracia participativa no sólo se puede acometer con enorme efectividad, sino que es una necesidad imperativa para el desarrollo justo de nuestras sociedades.

Porque la justicia social no es solamente una cuestión de distribución, sino que lo es también de igualdad en respeto, dignidad y reconocimiento. La justicia social implica ser iguales también como sujetos de derecho, capaces de participar, decidir y gestionar por igual: la justicia social implica la existencia de una estructura verdaderamente democrática. Y asegurar esta es condición necesaria para garantizar aquella.

Hoy, la región de Novgorod es un caso insólito de éxito económico, social y político en Rusia. Y esta podría ser nuestra historia.

Sistemas binarios II

ComcapEl sistema comunista y el capitalista tienen una cosa en común: son ambos sistemas fracasados. Y mientras que del primero lo tenemos bastante claro, gracias a la propaganda del mundo en que vivimos, sobre el segundo uno todavía escucha contradicciones. No es difícil encontrarse con afirmaciones que aseguren que lo que mejor hace nuestro sistema y en lo que ningún otro puede igualársele es la defensa de la libertad; o que reconociendo las imperfecciones del mismo constaten que, sencillamente, hasta ahora no ha existido un sistema que haya funcionado mejor para las sociedades que ha organizado.

Me parecen ideas tan arraigadas como sorprendentes. En un planeta en el que existe la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades, la libertad no puede ser más que una mentirosa invención; porque no es libertad la que se sostiene sobre la sumisión de otros. Desgraciadamente nuestras libertades, así como el sistema en que vivimos, se sustentan precisamente sobre la falta de libertades y de derechos de otros muchos que nacieron demasiado lejos como para disfrutar de este sistema en vez de padecerlo. Sistema que ha sacrificado hasta ahora a cientos de millones de personas de la forma más cruel y violenta que se puede imaginar: abandonándolas hasta que mueren de hambre. Es verdad que podía decirse que el sistema capitalista había funcionado bien, hasta hace poco tiempo, para una pequeña minoría. Ahora ya no funciona para prácticamente nadie.

El sistema comunista, con su imperdonable represión de las libertades individuales y el ejercicio de la democracia, nos enseñó una lección de extraordinaria importancia: demostró que la pobreza material es una decisión política. Demostró que su erradicación es algo que se puede lograr responsabilizando a las instituciones y poniendo el peso de la sociedad a hombros de los que más tienen y no sobre los más vulnerables. Aunque solo esto no sea suficiente. Una profesora de Vladivostok me confesó en un tren: “En esos tiempos todo el mundo tenía comida, trabajo y un techo; y aun así, eramos pobres”. “La comida no lo es todo”, decía un antiguo estudiante del Berlín de la RDA, “que no nos paguen, pero que nos dejen decir lo que nos de la gana”. El fin de la miseria es solo el primero de los pasos -el más urgente- que deben acometer las instituciones en su defensa de los derechos de las y los ciudadanos: después deben venir todos los demás.

Los sistemas que han organizado nuestras sociedades hasta ahora no han sabido responder de forma completa a las cuestiones que, como la lucha de clases o la organización democrática, han acompañado al ser humano desde el principio. Pero hay otros problemas que estos sistemas no han tenido que enfrentar hasta ahora, y nosotros sí debemos hacerlo. La cuestión del acceso y propiedad de los recursos -especialmente los energéticos- es posiblemente la más importante y está rigiendo ya el juego de poderes del mundo en que vivimos. Necesitamos de nuevas apuestas completas y valientes, que haciendo de la justicia social uno de los motores principales del sistema y teniendo en cuenta lo inminente de los imperativos medioambientales, aprendan de los intentos fallidos de organización de nuestras sociedades hasta ahora para hacer frente a la crisis de civilización más grave en que de forma global nos hemos encontrado.

Necesitamos una alternativa. Y parece que estamos en el momento de crearla.

Sistemas binarios I

Miles de personas esperan en fila la abertura del primer McDonalds de la todavía Unión Soviética en la Plaza Pushkin de Moscú, en Enero de 1990.
Miles de personas esperan en fila la apertura del primer McDonalds de la todavía Unión Soviética en la Plaza Pushkin de Moscú, en enero de 1990.

Cuando uno pasea por los antiguos centros de poder de la Unión Soviética corre el riesgo de asustarse. Una capa de consumismo pegajoso, muy denso, parece cubrirlo todo y no ha dejado espacio para nada más que la sorpresa. Uno puede obedecer las señalizaciones que a escasos metros del cuerpo presente de Lenin le dirigen al McDonalds más cercano, o saludar a los mercaderes que profanan, con su abundante y colorido merchandising, la antaño gloriosa VDNKh -Exhibición de los Logros de la Economía Nacional-. Los restos del sistema perdedor se han dejado a la intemperie y contrastan con el frenesí devorador de los vencedores.

Porque el Capitalismo tiene en Rusia una fuerza y una jovialidad como no se le recuerda en Occidente. Su lozanía y sus promesas parecen generar fuertes ilusiones, su burbuja inmobiliaria crece fecunda en la capital y las bondades de un sistema que ya ha fracasado en nueve décimas partes del mundo se perfilan felices, llenas de oportunidades.

Sin embargo, quienes se dan a este nuevo sistema con entusiasmo parecen hacerlo manteniendo dulce y encendido el recuerdo del antiguo. A excepción de la figura de Stalin, convertida en una versión eslava de nuestro coco temible, el pasado se cuenta con cariño y se tinta con orgullo: hay cosas que el Comunismo sabía hacer bien y que el Capitalismo no hace.

Y lo curioso es que esto genera una narrativa rígida, binaria, sin alternativas: una dicotomía que todo lo posiciona en uno de esos dos polos. En San Petersburgo, un estudiante me explicaba que, a su entender, Comunismo era el Estado de Bienestar que había sido alcanzado en Noruega, y otro joven moscovita me proponía que “lo que Lenin de verdad quería era una combinación entre Economía Planificada y Economía de Mercado”, refiriéndose a la más liberal Nueva Política Económica llevada a cabo por Lenin en 1921 -que permitía la iniciativa privada, favorecía la inversión extranjera, etc.- y que Stalin enterró junto a su predecesor con el primero de sus planes quinquenales. Ideas que en definitiva mantienen el debate en una lógica horizontal, falsa, entre lo que hubo y lo que hay, entre lo derrotado y lo fracasado.

Porque caben alternativas que respondan a los nuevos problemas que encaramos hoy, tan distintos de los del pasado, pero que con instituciones fuertes defiendan también las luchas históricas que siguen presentes y que todavía no se han ganado. Alternativas, como la Economía del Bien Común, que antepongan por encima de todo los derechos de la ciudadanía sin limitar lo más mínimo sus libertades individuales ni tampoco el ejercicio completo de la democracia. Y que entiendan que de la mano de la justicia social, intocable, se encuentra la justicia ambiental. Y que solo con ambas afrontaremos los retos que tenemos por delante.

Rusia, Putin y el poder

Vladimir Putin es un hombre extraordinario. Ha conseguido lo que muy pocos han podido: instaurar un sistema autárquico con elecciones convocadas periódicamente y generar un crecimiento económico colosal -del que la calidad de vida de sus compatriotas ha dado cuenta- solo comparable a una corrupción masiva, una política de ataques sistemáticos a los Derechos Humanos y un apoyo popular inédito en la historia reciente, que ha alcanzado cotas del 80%.

¿Cómo ha conseguido Putin semejante respaldo? Después de tres semanas cruzando Rusia desde San Petersburgo hasta la Siberia Oriental he tenido dificultades para responder a esta pregunta. El apoyo que recibe es profundo, arraigado, visceral; especialmente fuera de las grandes ciudades. Su defensa se hace casi de memoria, usando los titulares de una abundante propaganda mediática que no llega a hacer desconocida la imagen proyectada por el país -y su régimen- en el resto del planeta. El orgullo por las expresiones de fuerza de su gobierno se vocifera; la crítica se murmura sin vehemencia.

De manera fortuita conocí a una diputada de su Congreso -la Duma -, que apasionadamente me explicó -no sin parte de razón- que los medios de Occidente trabajan por los intereses norteamericanos y que lo que nos llega no es más que desinformación sobre su presidente. Un estudiante de San Petersburgo me dió una respuesta un poco más satisfactoria: “Si hubiera una alternativa votaría por ella, pero no la hay”.

Porque es verdad que las que hay, comparativamente, son residuales. Al partido de Vladimir Putin, Rusia Unida, que se define como partido de centro pero no tiene una ideología coherente y es en esencia una creación de Putin para sostenerle en las elecciones a la Duma y al Congreso Federal, le rodean principalmente otros dos partidos: por la izquierda el Partido Comunista de la Federación Rusa, heredero del que rigió la URSS durante tantos años, y por la derecha el Partido Democrático Liberal de Rusia, definido como ultranacionalista. En las últimas elecciones presidenciales de 2012, en las que Putin fue reelegido por tercera vez Presidente de la Federación y en las que se denunció un enorme número de irregularidades, el ahora Presidente consiguió solo un 63,64% de los votos, una severa caída con respecto al apoyo popular cosechado en años anteriores. El segundo candidato, del Partido Comunista, apenas pasó el umbral del 17%. El tercero no alcanzó el 8%.

Pero sería falso afirmar que el éxito de Putin se debe exclusivamente a la debilidad de sus oponentes. Me decía aquel mismo estudiante que “Putin es un líder fuerte, que no rehusa el enfrentamiento para defender los intereses de Rusia”. Y los suyos, añado yo. Es un estadista que sigue en definitiva una larga tradición de liderazgo poderoso y centralizado que se extiende de los Zares a la época de Stalin y que ha conseguido restaurar, de alguna manera, la imagen de un país humillado tras el colapso de la Unión Soviética.

Putin no tiene rival. Y es importante reflexionar cómo intentos poderosos y legítimos de oponerse al establishment pueden no ser suficientes, si no se crean además alternativas políticas potentes a él. Mientras tanto la democracia no será más que un mero decorado, o como decía en 2011 el antiguo presidente de la Unión Soviética, Mikhail Gorbachev: “We have everything [in Russia] – a parliament, courts, a president, a prime minister, and so on. But it’s more of an imitation”.