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Siempre nos quedará París

Publicado en Ctxt el 3 de diciembre de 2016.

La Cumbre del Clima de este año ha tenido lugar en Marrakech, no en Casablanca. Aun así, las palabras de Humphrey Bogart parecieron escucharse por encima de los aplausos y las críticas en el cierre de la cumbre.

Igual que en la película, el protagonista de esta cumbre, llamada COP22, también ha sido estadounidense. El nombre de Donald Trump ha estado en todas las bocas desde que se conociera su victoria en las elecciones presidenciales en la mañana del tercer día de la cumbre, y desde antes también. Durante la campaña electoral había calificado el cambio climático de “conspiración china” y en repetidas ocasiones había prometido sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París en cuanto fuera posible.

Sin embargo, si hay un gran éxito que nombrar de la Cumbre de Marrakech, ese es la respuesta enérgica y unánime de la comunidad internacional al nuevo presidente electo de Estados Unidos: estás solo, Trump. Todo el planeta, incluyendo países nada sospechosos de activismo ecologista como China, Rusia o Arabia Saudí, ha respaldado el Acuerdo de París y la transición hacia un modelo que limite el calentamiento global y sus impactos más perniciosos para la economía y la vida de la gente. Desde las elecciones estadounidenses ni un solo país ha dado marcha atrás en sus compromisos, y doce más han ratificado el Acuerdo de París. Nada de esto podía darse por descontado la mañana del 9 de noviembre, y el trabajo coordinado de ciudadanos, organizaciones, empresas y gobiernos, demostrando que la transición en la que estamos es imparable, ha sido fundamental.

En una entrevista en The New York Times, Donald Trump ha rechazado repetir su promesa de abandonar el Acuerdo de París y ha asegurado que analizará “cuál será el coste” del cambio climático en las empresas estadounidenses, mientras afirmaba que hay “alguna conexión” entre el cambio climático y la actividad humana. Este es un cambio de dirección, tal vez, que puede tener mucho que ver con lo logrado en Marrakech la semana pasada.

Más allá de la respuesta a Trump, tal vez el único logro de Marrakech haya sido no retroceder con respecto a lo alcanzado en París, lo que no es poco. El nivel de ambición con respecto a la próxima revisión, en 2018, de los planes nacionales para combatir el cambio climático es reducido; e insuficientes son los compromisos de aumentar la financiación para que los países en desarrollo se adapten a los efectos adversos del cambio climático. Efectivamente, como dicen muchos, queda mucho por hacer. Pero Marrakech ha sabido mantener el empuje de París, y la ciudadanía, por medio de empresas e iniciativas en todo el mundo, ha seguido demostrando que la economía real avanza mucho más rápido que la política. La Proclamación de Marrakech firmada por 195 países, si bien no legalmente vinculante, recalca la necesidad de actuar con urgencia contra el cambio climático y destaca la velocidad a la que la transición en la que nos encontramos está teniendo lugar. Esto es una confirmación del apabullante apoyo global que mantiene la lucha contra el cambio climático.

Escuchar a las y los líderes mundiales confirmar su compromiso ha estado bien, pero solo como preludio de lo que vayan a hacer al volver a casa. La Unión Europea tiene ahora la oportunidad de llevar a cabo en Bruselas aquello a lo que se comprometió en Marrakech, con el paquete legislativo sobre renovables, eficiencia energética y gobernanza, de enorme importancia para la transición energética de la UE. La Unión Europea deberá asumir el liderazgo que Estados Unidos parece dispuesto a ceder. El reto es que la Cumbre de Marrakech sea recordada como el momento en que el Acuerdo de París resistió, y como el comienzo de una nueva etapa en la que la lucha contra el cambio climático no solo es unánime, sino el catalizador de una serie de cambios que pueden dar la vuelta al sistema económico y mejorar la vida de mucha gente. Parece que, como decía Bogart en aquel aeropuerto, siempre nos quedará París. Asegurémonos de que Marrakech sea solo el principio.

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Esto sí que lo cambia todo

Publicado con Florent Marcellesi en El País el 9 de noviembre de 2016.

La semana pasada entraba en vigor el Acuerdo climático de París en un tiempo récord. Aunque muy insuficiente en muchos aspectos, este acuerdo global es una oportunidad para transformar nuestro modelo económico que no podemos subestimar.

Como si se tratara de una pieza de dominó, el Acuerdo de París ha puesto en marcha una transición imparable. El Acuerdo de Kigali sobre la eliminación progresiva de los gases HFC, poderosamente nocivos para el clima, ha sucedido a iniciativas ciudadanas por todo el mundo. Todas muestran cómo puede combatirse el cambio climático al mismo tiempo que se crean cientos de miles de empleos, se estimula la economía y se refuerza nuestra independencia energética de países en conflicto o de regímenes autoritarios. Ciudades, universidades, grandes grupos empresariales, fondos como el Rockefeller Brothers Fund y compañías aseguradoras como AXA han empezado a desinvertir de fondos vinculados a combustibles fósiles. No lo hacen porque se les haya despertado espontáneamente una conciencia ecologista, sino porque han visto que la transformación de nuestras sociedades para hacer frente al cambio climático es inevitable y que lo económicamente inteligente es adecuarse a este horizonte lo antes posible.

Evidentemente, nos vamos a encontrar obstáculos y resistencias, como puede ser el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que durante la campaña se pronunció en contra del Acuerdo de París. Pese a sus proclamas, Estados Unidos no podrá retirarse del Acuerdo de París en los próximos cuatro años. Tampoco nos lo van a poner fácil las grandes corporaciones energéticas, cuyos beneficios privados e intereses comerciales dependen de un sistema fósil agotado. Pero a estos negacionistas climáticos, hace un año en París, les metimos un gol por toda la escuadra y les ganamos la batalla cultural y el relato. La pregunta dejó de ser si el cambio climático es una amenaza real. La pregunta es ahora qué debemos hacer para enfrentarlo definitivamente. Y en este camino, la alternativa debe ser creíble y en positivo.

Por tanto, en Marrakech, donde ha arrancado esta semana la 22ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (llamada COP22), está encima de la mesa el reto de pasar de las palabras a la acción. Tenemos que convertir en realidad la visión que se esbozó en París el año pasado: mantener el aumento de temperatura mundial por debajo de los 2°C y llevar a cabo esfuerzos para limitarlo a 1,5°C.

Para ello, lo primero es asegurar que 2018 sea el año en que todos los países aumenten la ambición de sus compromisos para combatir el cambio climático que a día de hoy no están en línea con lo acordado en París. Hacerlo en 2018 permitiría a los gobiernos tener en cuenta los resultados que presentará en ese momento el informe especial del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas sobre el objetivo de limitar el aumento de temperatura mundial a 1,5°C: hacerlo después sería hacerlo demasiado tarde. En segundo lugar, es fundamental concretar, con una hoja de ruta definida, cómo van a cumplir los países llamados “desarrollados” con su compromiso de movilizar 100.000 millones de dólares al año antes de 2020 para respaldar los esfuerzos de los países llamados en vías de desarrollo contra el cambio climático.

Esta hoja de ruta, cuyo primer borrador se ha presentado hace unas pocas semanas, es clave para asegurar predictibilidad en la financiación de la que disponen estos países, para permitirles proyectar bien sus planes de acción y para movilizar de esta manera también recursos nacionales. En tercer lugar, es el momento de abordar las demandas de los países más vulnerables (principalmente insulares) sobre la mejor manera de recibir apoyo de la comunidad internacional para afrontar los impactos irreversibles (llamados, en el lenguaje de la convención, “pérdidas y daños”) que el cambio climático ya está teniendo en sus países.

La COP22 es por tanto el primer peldaño para hacer concreto lo que en París solo podía imaginarse. Es la oportunidad de ponernos manos a la obra y de garantizar que la ambición, el compromiso, los tiempos y los recursos que estamos asignando a esta tarea están a la altura de los retos que tenemos por delante. Como dice Naomi Klein, el cambio climático es también una oportunidad para cambiar el sistema en su conjunto. Combatir el cambio climático pasa inevitablemente por la transformación de nuestro sistema económico, de producción y de consumo.

La transición en la que estamos hacia un mundo más justo, más seguro y más limpio es imparable. Dependerá de nuestra capacidad de presión y movilización en las calles y en las instituciones para que llegue de la forma más rápida, planificada y pacífica posible. Manos a la obra.

Florent Marcellesi es eurodiputado de EQUO y Guillermo Rodríguez Robles es coordinador de la campaña de cambio climático del grupo Verdes/ALE en el Parlamento Europeo.

El paraíso de la aviación

Publicado en eldiario.es el 1 de octubre de 2016.

No somos todos iguales. Sé que esta noticia cogerá, a estas alturas, a pocos por sorpresa. Pero créanme cuando les digo que el caso de las compañías aéreas es digno de admiración. Imagínense una empresa con beneficios multimillonarios que se dedica al transporte internacional. Ahora imagínense que lo hace sin pagar impuestos por el combustible que utiliza, con billetes a los que el IVA no es aplicable, que no tiene que cumplir requisitos legalmente vinculantes en materia de eficiencia energética y que no tiene que limitar la contaminación ambiental que genera su actividad. Imagínense una empresa así y se harán una idea de los privilegios de los que disfrutan hasta ahora las compañías aéreas. Eso sí: es posible que no por mucho tiempo.

Es digno de admiración, decía, sobre todo al tener en cuenta la responsabilidad que tiene la aviación internacional ante algunos de los mayores desafíos globales a los que nos enfrentamos. El cambio climático es un ejemplo. La aviación emite cada año tanto CO2 como los 129 países con menos emisiones, y los pronósticos no son alentadores: mientras que en 2010 la industria de la aviación contaba con 2.400 millones de pasajeros, para 2050 se espera alcanzar los 16.000 millones, lo que haría que las emisiones de este sector aumentaran un 300% si no se toman las medidas necesarias para evitarlo.

La aviación no se incluyó en el texto del Acuerdo de París alcanzado en la Cumbre del Clima el año pasado, a pesar de que contener las emisiones de este sector es absolutamente imprescindible para cumplir con el principal compromiso acordado en París: mantener el aumento de la temperatura mundial muy por debajo de los 2°C con respecto a niveles preindustriales y dedicar esfuerzos a limitarlo a 1,5°C. ¿El pretexto? Más allá de la poderosa influencia de la industria aeronáutica en la mayor parte de los gobiernos occidentales, se decidió atribuirle a otro organismo de Naciones Unidas, la Organización de la Aviación Civil Internacional (OACI), la responsabilidad de alcanzar un plan global para limitar las emisiones de la aviación internacional. Un plan en el que la OACI llevaba trabajando, sin mucho éxito, desde hacía casi dos décadas. Lo que en París sí quedó claro fue la fecha: la Asamblea de la OACI se reúne solo una vez cada tres años, y su próxima asamblea del 27 de septiembre al 7 de octubre de 2016 tenía que ser la fecha límite para llegar a un acuerdo. Hacerlo después sería, sencillamente, hacerlo demasiado tarde.

Esa es la razón por la que esta semana los ministros y ministras de transporte de todo el mundo se están reuniendo en Montreal, sede de la OACI, para acordar la puesta en marcha de un mecanismo global de mercado (GMBM, por sus siglas en inglés) que garantice un crecimiento neutro de CO2 en la aviación internacional a partir de 2020. Esto es: un mecanismo que asegure que en 2020 las emisiones de la aviación internacional llegan a un máximo, de manera que todas las emisiones que sobrepasen los niveles de 2020 a partir de ese momento tengan que ser compensadas con otros sectores.

Un mecanismo como este no sería suficiente para cumplir con el objetivo de 2°C acordado en París, y, aun así, el resultado de las negociaciones está dando a entender que el mecanismo acordado podría no cumplir ni siquiera con ese compromiso. Se esperan dos fases voluntarias que pospondrían la entrada en vigor obligada del mecanismo a 2027, lo que conllevaría el crecimiento de las emisiones de la aviación durante todavía la próxima década. Además, el gran número de exenciones que se recogen, la falta de garantías sobre la integridad medioambiental de las compensaciones de CO2 y los intentos de prohibir regulaciones de la aviación a nivel regional (como el Sistema Europeo de Comercio de Derechos de Emisión) son concesiones inaceptables que ponen en cuestión la efectividad del mecanismo que vaya a alcanzarse en Montreal. La tarea de nuestros y nuestras representantes es clara: garantizar la mayor participación posible en las fases voluntarias, si no pueden evitarse; evitar el recuento doble de compensaciones, asegurando que se dota de transparencia al uso de las mismas; y garantizar que la ambición del acuerdo puede revisarse con el paso del tiempo y que los países con más recursos asumen su responsabilidad histórica y son los primeros en dar un paso adelante.

Los excesos de las compañías aéreas les corresponde pagarlos a ellas, no a la ciudadanía. Los costes de la contaminación deben asumirlos sus responsables, y quienes nos representan tienen que entender que su prioridad es defender nuestra salud y nuestra calidad de vida. El compromiso declarado de la OACI es mucho más débil de lo que haría falta para cumplir los objetivos acordados en París, pero tiene el potencial de convertirse en un movimiento en la dirección correcta si ciertas cláusulas se refuerzan y se asegura el mayor compromiso político posible. Es el momento de que la industria de la aviación empiece a contribuir a los desafíos a los que nos enfrentamos. No hay excusas, ni tiempo que perder.

Hacerse rico es glorioso

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Esas fueron las palabras con las que en los años 80 el exlíder chino Deng Xiaoping marcó el inicio de un cambio que abrió la República Popular China al resto del mundo. Desde entonces, la carrera ha sido frenética, en un país donde los contrastes se perciben desde la calle hasta el Parlamento: el crecimiento colosal, que amenaza la hegemonía estadounidense y la influencia europea, del que es todavía uno de los países más desiguales del planeta; el aumento de las protestas y el activismo pro democracia y derechos humanos, de la mano de su persecución y del aumento del presupuesto de seguridad interior (policial, entre otros) por encima incluso del creciente presupuesto militar; y otros, como la corrupción y su ejemplar –tal vez aparente– limpieza, o la confirmación de que, efectivamente, “el límite de China se encuentra en el cielo”.

Lo que apenas encontré en China fue conciencia. Excepto de unos pocos mayores, a los que la única manera de acceder era en mandarín, la falta de interés y de compromiso era extensa, especialmente entre las y los jóvenes: su gobierno defendía sus intereses y cualquier crítica a sus funciones era seguramente falsa y susceptible de pretender desestabilizar a China y sus habitantes. Era difícil entender si se debía a los laxantes de ese particular libre mercado –en el que la dictadura no la ejercen los mercados, sino el propio gobierno, al que los ciudadanos ni votan ni, en gran número, desean votar–, a la aquiescencia del budismo, del que hablaremos pronto, o a la docilidad impuesta por un gobierno al que no le ha temblado la mano cuando ha visto peligrar su poder. Un ejemplo de ello fue la matanza de Tiananmén, que actuó sobre la población china como si de una violación se tratase, forzando su silencio y su amnesia hasta el día de hoy.

Hay una idea que escuché con insistencia, de jóvenes, mayores y extranjeros: la sociedad china no tiene la edad suficiente. Son inocentes, inmaduros, desconocen lo que les conviene, y necesitan de quienes sí lo saben para que decidan en su lugar. Como niños, me decían, en una metáfora que como tantas otras veces relega la democracia por detrás de la eficiencia, de los que mejor saben cómo hacerlo, de lo que se debe hacer. Pero quién decide a quienes mejor lo hacen, de qué manera se selecciona a los mejores, son preguntas para las que nadie parece tener respuesta, ni dentro ni fuera de China. Y ante eso, la cuestión deja de ser quién lo hará mejor, para convertirse en quién tiene la legitimidad de hacerlo. Como en Europa y en tantas otras partes del mundo, sin la participación de la gente, no hay crecimiento equitativo y sostenible posible.

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Un país que se ahoga

La entrada en Pekín es pegajosa, gris, asfixiante. Una niebla densa envuelve la ciudad, te hace toser, esconde el sol y lo tamiza. Se mantiene durante días, a veces semanas, y solo desaparece cuando la lluvia o el viento se la llevan inesperadamente durante unas horas. Es entonces cuando se puede ver el cielo.

Este esmog, o niebla tóxica, que en medidas menos desproporcionadas tan bien conocemos en Madrid, cubre ya un tercio de la República Popular China y es un recordatorio lo suficientemente poderoso de lo lejos que está este país de alcanzar mínimos de calidad de vida para sus habitantes. Para todas y todos, quiero decir. Porque como advierte Ralph Litzinger, lo cierto es que diferentes clases y grupos sociales experimentan las consecuencias de estos niveles de contaminación de maneras diferentes.

La clases medias, cada vez más concienciadas, envían a sus hijos a colegios que cuentan con protección, los dejan en casa en días de asfixia o buscan formas de que estudien en el extranjero cuando llega el momento. Medidas que no están al alcance de las capas más vulnerables de la sociedad, que padecen sin embargo la crudeza de la contaminación del aire, el 60% de los ríos y el 20% de las tierras de cultivo de un país cuya amenaza ya no está solo en el crecimiento económico y la salud pública: lo está también en la estabilidad política.

Un buen ejemplo es la expansión de industrias tóxicas y refinerías químicas, que tiene lugar precisamente en las provincias más pobres del interior de país, donde se espera, parece, que la población que allí vive acepte cualquier empleo a cualquier precio, aunque el coste de este se pague con su salud y su medio ambiente -se calcula que cada año mueren prematuramente entre 350.000 y 500.000 chinos debido a la contaminación-. Y están diciendo que no piensan hacerlo.

Hay algo que sí está cambiando. Los pequineses están descubriendo que después de todo conseguir que su cielo sea azul es solo cuestión de voluntad: política, entre otras. Y que igual que para la ocasión de la cumbre Asia Pacífico fue posible, lo debe ser también de ahora en adelante.

Lo está descubriendo la ciudadanía, pero puede que lo esté intuyendo también su clase política. China se está convirtiendo en líder del mercado de nuevas tecnologías, y en los próximos 20 años hará la mayor parte de las inversiones globales en energía solar, eólica y en automóviles eléctricos. Está entendiendo dónde se juega el futuro. Está entendiendo, al igual que Estados Unidos, que los líderes de estas tecnologías serán capaces de bajar los costes de producción y de dominar industrias como la del automóvil, de gran importancia para la Unión Europea, por ejemplo. Las implicaciones que tiene apostar por la transición energética no son sólo medioambientales, sino también políticas, económicas y sociales. Solo los ciegos no están siendo capaces de verlo. Y entre ellos, los que nos gobiernan.

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El Buen Vivir: La lucha y narrativa de EQUO

Leyendo la ponencia política que se discutirá este fin de semana en la Asamblea Federal de EQUO, me he dado cuenta de que las tres batallas de EQUO, la equidad, la sostenibilidad y la regeneración de la democracia, son hoy más actuales que nunca.

En estos cuatro años el sistema neoliberal ha continuado su descomposición, arrastrándonos con él en su decadencia. La sobreexplotación de personas y recursos para satisfacer los intereses de una minoría cada vez más despreciable ya no se soporta más. Sus estertores de corrupción, paro y pobreza empiezan a llegarnos roncos, delirantes, ante una calle que desafiante se despierta, preparada para recuperar lo que nos pertenece, lo público y la democracia; preparada para transformar un sistema que ya está a punto de romperse. Aquellas tres razones que nos reunieron una vez son hoy el objetivo de millones de personas, y no habíamos nunca hasta ahora estado tan cerca de alcanzarlas.

Ha llegado la hora de decir basta. Ha llegado el momento de dejar de sacrificar a la mayor parte de la población para el beneficio de unos pocos. Ha llegado el momento de que todas y todos tengamos las mismas oportunidades, de que nadie tenga que tener suerte para salir adelante: de que el objetivo último y primero de quienes nos gobiernan sea garantizar los derechos y necesidades de las personas, en una sociedad posible, que tenga en cuenta su entorno y que conozca sus límites; porque los suyos serán los nuestros. Ha llegado el momento de entender que es insensato pensar que podemos vivir ajenos a nuestro contexto; que esa es la peor de las utopías. Y de explicar que por lo que nosotros estamos luchando es una sociedad sostenible en lo social y en lo económico, sin hambre ni exclusión, sin discriminación, con estructuras financieras al servicio de la gente y no de sí mismas; y también en lo ambiental, porque en un país como España apostar por el sol, el viento y la gestión eficiente de la energía es apostar por la prosperidad económica, la creación de empleo y el bienestar social. Estamos luchando por una sociedad que se sostenga, y que lo haga con democracia: sólo siendo la ciudadanía quienes llevemos a cabo esta transformación recuperando nuestras instituciones podremos conseguirlo.

Estamos en una situación de emergencia, y también lo más cerca que hemos estado nunca de poder cambiarla. Es en este escenario de oportunidad donde EQUO tenemos que contribuir con esas alternativas poderosas, posibles y completas, esas alternativas que con rigor llevamos tanto tiempo trabajando, para llevar a cabo lo que en EQUO sabemos hacer: crear empleos, enfrentando el cambio global en el que nos encontramos con las oportunidades que tiene nuestro país; garantizar nuestras necesidades y derechos, conscientes de que esa es la responsabilidad de quienes llegan a las instituciones; asegurar el equilibrio de las cuentas públicas, a base de medidas de sostenibilidad económica y medioambiental y de justicia fiscal y social; y acabar con esa corrupción asquerosa, con ese abuso y perversión del poder, construyendo estructuras de gestión y participación radicalmente democráticas.

Garantizar el Buen Vivir, en definitiva. El interés de todas y todos, las necesidades básicas de todas las personas pero también su desarrollo personal, su elección individual. El Buen Vivir como valor universal, de inclusión, de equidad, de democracia.

Esta es nuestra lucha, por la que en EQUO seguiremos batallando. Y con la que seremos parte del cambio social que está a punto de cambiarlo todo.

Se valiente. #VotaValiente.

Me he creído este proceso. Esa es la principal razón por la que me presenté, en su momento, a estas primarias. Me he creído que en Equo podemos hacer política de otra manera. Me he creído que aquí no tiene que haber candidatos naturales, que aquí no hay favores que devolver ni puestos decididos de antemano. En Equo nos creemos la democracia, y la ejercemos, de una vez por todas. Hasta el punto que alguien como yo, que un día salí a la calle y que desde la invisibilidad he trabajado por aportar a este proyecto, he podido exponer mis ideas, defenderlas, y llegar a una segunda vuelta y, tal vez, al Parlamento Europeo. Me he creído que la política tradicional, en Equo, se ha acabado. Que ya no valen políticos profesionales, que ya no valen decisiones tomadas anticipadamente. Que los votos no están decididos hasta que no han hablado todos los candidatos.

Y sé que puede sorprender. Sé que todavía nos cuesta. Pero yo ya me he creído que podemos hacerlo. Yo me he creído que estamos cambiando la historia, y que a partir de ahora nos enfrentaremos a unas elecciones con las que elegir a aquel o aquella que más nos convenza: primero a nosotros, después a la calle y por último al parlamento. Y me presento, con mis 25 años, con la experiencia que hasta ahora he ganado y con la fuerza que siento para luchar por el mundo en el que creo, para encabezar la lista de Equo a las elecciones europeas. Y estoy dispuesto a convenceros. Os pido, sólo, una cosa: que seáis valientes.

Valientes para poner la ecología política encima de la mesa, y para luchar por ella en cada enmienda, en cada resolución, en cada negociación parlamentaria. Valientes para salir a las calles a gritar y a convencer de que nos estamos ahogando, de que el planeta no puede esperar más y de que, juntos, podemos construir una alternativa que asegure nuestro medio y nuestras sociedades. Valientes para mostrar que ya sabemos cómo hacerlo, que hay un plan, y que si en la calle somos lo suficientemente numerosos no habrá nada, ni nadie, que pueda silenciarnos: desde las instituciones pondremos fin a la dictadura de mercados y mercaderes, y devolveremos la soberanía a sus verdaderos dueños, nosotros mismos; ejerceremos la democracia, no como un partido tradicional, sino como una red de ciudadanos, viva, en movimiento, y dispuesta a avanzar hasta que cedan los muros de un sistema demasiado viejo como para seguir respondiendo; y aseguraremos el reparto, aseguraremos que lo primero sean las personas y que, por encima de todo, nuestra obligación sea garantizar que todos y cada uno de nosotros tenemos los mínimos para vivir plena y dignamente. Para asegurar que nadie, nunca más, vuelve a quedar atrás.

Quiero dar las gracias a toda la gente que de una forma u otra me ha apoyado, y que ha creído que no había que tener miedo para cambiarlo todo, para pedirlo todo. Para votar valiente.

Por una Europa imaginada sin miedo.

#VotaValiente

Impacta Europa

Publicado en Infolibre, “Impacta Europa”, 28/01/2014

Ahora podemos reinventar Europa“, escribía hace algunas semanas Florent Marcellesi en el diario.es. “La podemos reinventar y construir desde la ecología política”, afirmaba, enumerando los retos a los que se enfrenta la Unión Europea y la alternativa por la que muchos creemos que hay que comprometerse: la de una Europa de la solidaridad y de los derechos humanos, centrada en garantizar el bien común a las generaciones presentes y futuras, liderando una transición ecológica capaz de responder simultáneamente tanto al drama social como a la crisis medioambiental en la que nos encontramos.

Sin embargo, me pregunto: ¿tenemos tiempo de reinventar Europa? Como izquierda verde del sur de Europa, con grandes expectativas de futuro pero minoritaria, todavía, ¿cuál es nuestra función, cuál debe ser nuestro mensaje para las próximas elecciones europeas?
Tenemos claras las causas que nos han traído hasta aquí. Y sabemos exactamente qué cambio de rumbo deben de tomar ahora nuestras sociedades, el necesario viraje hacia un modelo energético, productivo y democrático definitivamente justo y sostenible. Pero en la Europa cobarde y vendida en la que vivimos, adueñada por finanzas y mercados, ¿nos corresponden de verdad discursos vencedores? ¿Debemos centrar nuestro mensaje en un horizonte decrecionista, en ambiciosas asambleas constituyentes paneuropeas y en escenarios de bonanza económica en los que no nos encontramos, o debemos asumir lo inmediato de una crisis que apenas deja tiempo para ensoñaciones futuristas, sino para respuestas urgentes y completas, respuestas verdes, pero que contesten la realidad de miseria y entrampamiento en la que se encuentran hoy millones de personas en nuestro país y en el resto de Europa?

Porque lo que necesitamos ahora es crecimiento, no nos equivoquemos. Crecimiento en educación, sanidad y derechos sociales; crecimiento en la lucha contra la pobreza y la exclusión social, que curiosamente son competencias comunitarias; crecimiento en la devolución del Estado de Bienestar y en la inversión por parte de las instituciones en una transición ecológica que creará empleos y frenará nuestra marcha imparable hacia el suicidio medioambiental. La implementación de un Green New Deal, en definitiva, como la solución y salida definitivas de una espiral que ni siquiera los que la crearon parecen capaces de dominar, y que debe centrarse en tres ejes principales: la reducción de las desigualdades como primer reto fundamental, tanto en términos de ingresos (mínimos y máximos) como de participación (de grupos discriminados, por ejemplo, por edad o género); la recuperación democrática, que acerque las instituciones y la toma de decisiones a sus verdaderos dueños, la ciudadanía; y el renacimiento industrial y sostenible, basado en la justicia social y los límites climáticos.

No podemos confundir visiones de futuro, horizontes compartidos, con las acciones necesarias para salir de donde estamos, porque nos arriesgamos a no ser entendidos. No debemos confundir nuestro contexto, nuestro discurso de épocas mejores, con nuestra fuerza y capacidad reales, que no serán ni mucho menos despreciables: una o un representante de Equo tendrá la oportunidad de ejercer un impacto real en el Parlamento Europeo, tendrá la oportunidad de ejercer cambios concretos y cruciales que mejoren la vida de las personas de manera decisiva. Incluso un único representante, así es. No porque, evidentemente, éste vaya a conseguir en soledad instaurar una Renta Básica para cada ciudadano de la Unión Europea en los próximos años. Sino porque con su incansable trabajo luchará en cada enmienda, en cada negociación y en cada resolución parlamentaria; y vencerá, en la búsqueda de consensos, en la denuncia constante de la decisiones tomadas a espaldas de la ciudadanía, en la exposición de aquellos que venden Europa a los intereses de otros que no somos ni los ciudadanos ni las ciudadanas. Y convencerá, empujando a favor de una Renta Mínima Universal para los que más la necesitan en estos tiempos de urgencia, como llevan haciendo los Verdes en el Parlamento Europeo desde hace años. Y vencerá, al demostrar que la transición ecológica que los verdes exigimos es posible, y que el camino hacia una democracia más directa en la que se incluya a los ciudadanos en la toma de decisiones se recorre sencillamente con la voluntad política de hacerlo.

Es hora de salir de las reflexiones de despacho, y actuar. Es hora de bajar de la teoría de los cielos a la arena de la realidad política europea, y de ensuciarse, y de tomar decisiones valientes que cambien el rumbo que se está llevando hasta ahora, y que mejoren directamente las vidas de los que peor lo están pasando. Es hora de entrar en Europa, e impactar. Y de empujar hasta que cedan, hasta que salgan los que se aferran a un poder que no les pertenece. Es hora de ceñirnos al contexto, y de dar las respuestas que la gravedad del ahora nos requiere. Ya tendremos tiempo, cuando la tormenta amaine, de hablar de otros horizontes. Es hora de cambiarlo todo. Es hora de impactar Europa.

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Guillermo Rodríguez es consejero político de Juventud en el grupo Verdes/ALE del Parlamento Europeo y candidato en las primarias de Equo a las elecciones europeas

Europa importa: Una victoria que contar

Os quiero hablar de una victoria. Una victoria conseguida gracias a Europa; pero una victoria conseguida, por encima de todo, por los ciudadanos y las ciudadanas madrileñas. Y una victoria conseguida por Equo, cuando muy en sus primeros momentos decidió denunciar a las autoridades europeas el incumplimiento de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid del derecho europeo y en concreto de la directiva 2008/50/CE, sobre la calidad del aire en la capital.

Los niveles de contaminación de Madrid, debidos principalmente al tráfico y en segundo lugar a la industria, son conocidos por todos. Su consecuencia es a veces olvidada: Un problema de salud pública de verdadera gravedad. Asma, problemas cardiovasculares, cáncer de pulmón e incluso muertes prematuras (cada año 16.000 en España y 1.700 solo en Madrid debido a la contaminación del aire, según la Comisión Europea) son la materialización más negra de esta realidad, en una ciudad cuyos gobernantes se niegan a elaborar planes ambiciosos para luchar contra esta situación y fomentan precisamente proyectos del todo insostenibles, como el ya fallido Eurovegas, o un crecimiento basado en la construcción que va exactamente en la dirección contraria a lo marcado por la legislación europea.

Y es que esta legislación, concretamente en materia de medio ambiente, es una de las razones por las que podemos estar agradecidos a la Unión Europea: Muchos pensamos que sin ella, y a pesar de sus últimos pasos hacia atrás, países como España nunca hubieran avanzado en medidas fundamentales para responder a la amenaza de cambio climático y a la contaminación en nuestro planeta.

Una de estas medidas es la directiva 2008/50/CE, que ensambló las diferentes normativas sobre la calidad del aire desarrolladas desde los años 90, y que recoge entre otras cosas los valores máximos tolerables (por hora, día, o año) de una serie de sustancias tóxicas como las partículas en suspensión (PM10 o PM2,5), el dióxido de nitrógeno (NO2) o el ozono troposférico. En este ámbito, son los Estados miembros los que tienen la obligación de incorporar (en unos plazos definidos) el derecho de la Unión a su ordenamiento jurídico, y es obligación de la Comisión Europea supervisar y ejecutar acción legal en caso de infracción por parte del Estado miembro.

¿Y quién puede denunciar una infracción? Lo puede hacer la propia Comisión, otro Estado miembro, o cualquier ciudadano de la Unión por medio del Comité de Peticiones de Parlamento Europeo.

Así lo hizo Alejandro Sánchez en nombre de la Fundación EQUO en marzo de 2011. Denunció que la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid estaban incumpliendo los límites máximos vigentes desde hacía años, que estaban recolocando las estaciones de medición de zonas más a otras menos contaminantes y que estaban implementando medidas, como el Plan de Carreteras 2007-2011, que suponían un empeoramiento de los niveles de contaminación en la Comunidad.

Y la Comisión contestó. Que con respecto a la recolocación de las estaciones de medición, no tenía suficiente información. Que con respecto a planes de carreteras, la directiva no tenía suficiente competencia. Que con respecto a algunas de las substancias señaladas, aun había lugar para posibles moratorias o a la recolección de otros datos más favorables al gobierno matritense.

Pero también que, con respecto a una de las substancias señaladas, el PM10, en una de las zonas señaladas, el Corredor del Henares, sí veía un incumplimiento claro por parte del gobierno de la Comunidad de Madrid. Y por la misma señaló que comenzaba un procedimiento de infracción, dirigido al Tribunal de Justicia de Luxemburgo, que exigiría al gobierno de la Comunidad de Madrid el cumplimiento de la legislación comunitaria bajo amenaza de multas millonarias, de los que su gobierno, entonces el de Esperanza Aguirre, debería ser el único responsable.

Y así acabo una victoria, en la que los ciudadanos, por medio de Equo, forzaron al gobierno de la Comunidad de Madrid a cambiar sus políticas por el bienestar y la salud de los madrileños. Y en la que, gracias entre otras cosas a la Unión Europea, vencimos.

Seguramente esta fuera la primera de muchas victorias.

¿Qué Europa?

En las últimas décadas, Europa ha construido un proyecto de unión, que si originalmente se irguió como garante de la paz y los derechos humanos, con el paso del tiempo se ha convertido en una pesada estructura, principalmente financiera, cuyo pilar, la ciudadanía, se ha visto incapaz de soportar el peso. El resultado ha sido un proyecto construido religiosamente al contrario, en el que después de cimentar una unión económica y monetaria se ha entendido que sin la base, la unión social, fiscal y política, el conjunto no podría sostenerse.

Pero todavía hay tiempo. Todavía son muchas las voces que reclaman otra Europa, que reclaman un cambio profundo de base y de dirección, y que están dispuestas a trabajar para levantarla. Estos son los cimientos, las raíces, sobre las que debemos construirla:

Una Europa social. Porque una Unión Europea cuyo pilar no sean las personas, es una Unión Europea mortalmente herida. Porque la obligación de las instituciones es garantizar, por encima de todo, los derechos de sus ciudadanos, y asegurar que nadie quede atrás. Las instituciones deben asegurar que el peso de la depresión económica no recae sobre las mayorías más débiles, sino sobre los responsables que nos han traído hasta aquí. El reto prioritario de la Unión Europea debe ser acabar para siempre con las desigualdades. Primero, en los ingresos, limitando los máximos y garantizando los mínimos; y segundo, en la participación, acabando con la vulnerabilidad de grupos discriminados por edad, género u otros motivos.

Una Europa democrática. Porque en una Unión Europea en la que la ciudadanía es la base, es la propia ciudadanía la que debe ejercer la toma de decisiones. Queremos entrar, para sacar al poder financiero. Queremos entrar, para descubrir las cortinas de las salas en las que se toman decisiones a espaldas de la ciudadanía y a favor de los intereses de unos pocos. Y queremos entrar, para exigir la democratización de la Unión Europea, para enfrentarnos a la tecnocratización de la Comisión y el Banco Central Europeo, y para continuar trabajando sin descanso en acercar las instituciones a los ciudadanos, en emplear herramientas de democracia directa, como el Congreso Transparente, y en esforzarnos por que la política europea se convierta en el escenario de participación e intervención ciudadana que estaba destinada a ser. Nuestro cometido es empezar una revolución: La de la regeneración democrática, la de la renovación de sus estructuras. Y así me comprometo a hacerlo.

Una Europa de la sostenibilidad, en todos sus sentidos. Sostenibilidad ambiental, porque seremos sino los jóvenes y las futuras generaciones los que nos enfrentaremos a las consecuencias de la destrucción de nuestro planeta; sostenibilidad económica, que regule y limite la economía financiera para que sirva a los intereses de la economía real, y a nada más; y sostenibilidad social, porque una Europa en la que se equilibra la economía aumentando las desigualdades es una Europa derrumbable, porque una Europa en que la pobreza se hace cada vez más desesperada y la riqueza se acumula cada vez más es una Europa que debería golpear nuestras conciencias, y porque una Europa que no protege nuestros derechos es una Europa, ya del todo, fracasada.

Y es esa la Europa verde, la Europa sostenible: La Europa de la respuesta, la Europa que entiende que todas las crisis son en realidad piezas desencajadas de un mismo sistema que depreda; y que todas deben y pueden ser respondidas conjuntamente. Es esta la Europa por la que quiero trabajar, una Europa de la urgencia que piense en nosotros y en nuestro futuro. La Europa, en definitiva, del Green New Deal.

Como candidato a representar a Equo en el Parlamento Europeo reivindico el valor. El valor para enfrentarnos a un montaje cruento, y vencer; el valor para entrar en unas estructuras corrompidas, y abrir las ventanas; el valor para empujar por el cambio de un sistema que sacrifica a muchos por el interés de muy pocos.

Reivindico una Europa valiente.

Y lo hago porque hay alternativas. Lo hago porque se ha hecho antes. Lo hago porque lo que nos ha traído hasta aquí no es una crisis, es una ideología. Reivindico una Europa valiente porque podemos cambiarlo todo.

Esta es la Europa en la que creo. Esta es la Europa por la que lucharé si confías en mí y en las primarias de EQUO me das tu confianza.

Guillermo Rodríguez

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